SOCIEDAD › LOS QUE PARA PODER VERANEAR DEBIERON RESIGNAR COMODIDADES

A la playa, cueste lo que cueste

Mar del Plata tiene una ocupación del 80 por ciento. Pero por los precios, muchos debieron alojarse en lugares más alejados.

 Por Alejandra Dandan

Juan Guerrero hace service de televisores en San Vicente, una de las localidades del sur del conurbano bonaerense. Con la caída de los importados, este año mantuvo el negocio con más movimiento que otras veces, sin embargo, desde hace seis meses ahorra para tomarse vacaciones. El es uno de los recién llegados. Conoce la costa, es parte del público habitual, pero su lugar dentro de la ciudad se fue achicando en los últimos años al compás de la onda recesiva. Antes llegaba con un contrato de alquiler cerrado en Buenos Aires, departamento frente al mar, ubicación centro, preferentemente Playa Bristol. “Ahora –dice–, ahora gracias que llegamos.” Juan, su mujer, su suegra y los dos nenes están parando en la casa de un conocido del barrio, a cuatro kilómetros del mar, en Batán, partido de la Costa, casi casi dentro de Mar del Plata.
Desde septiembre, los operadores turísticos de Mar del Plata vienen trabajando en lo que, sospechaban, iba a ser una de las mejores temporadas. Como en el resto de la costa atlántica y de los distintos puntos turísticos del país, hasta aquí han llegado las suficientes visitas como para colapsar todas las previsiones.
Para el Entur, el órgano oficial de Turismo, en Mar del Plata existe una ocupación que llega al 80 por ciento. La capacidad hotelera en los hoteles de cuatro y cinco estrellas estuvo al ciento por ciento el último fin de semana. En los 280 mil lugares disponibles en casas, chalets y departamentos, la ocupación es importante pero aún no está completa. Para Miguel Angel Donsini, de la comisión directiva de la Cámara Inmobiliaria, la ocupación real es del 70 por ciento, un promedio elevado para principios de enero. “Pero no es como dicen –aclara–: todavía no está todo lleno, y justamente por eso algunos propietarios están bajando los precios.” Del año pasado a éste, los precios de la costa subieron entre 30 y 40 por ciento. Aumentaron los alquileres de casas, los alojamientos en los hoteles, las estadías en los balnearios y también la gastronomía.
Sobre esos precios, algunos sectores como las inmobiliarias están reajustando tarifas sólo para conseguir clientes que cierren con éxito la primera quincena de enero. De ahí en adelante, dicen por aquí, todo seguirá tal como estaba previsto, con los precios más altos que en otras temporadas.
“Después se quejan porque la gente se va a Brasil”, dice Leticia, una de las mujeres corridas por el viento norte que rechifla en la playa. “¿Pero cómo no se van a ir? –repite–, si cuando venís acá, te comen.” La señora está enojada con los guardavidas de la Bristol sólo porque este año le pidieron seis pesos por una sombrilla por la que el año pasado pagaba cuatro. Leticia a secas, tal como se presenta, ronda los setenta años, viene de Lanús y viene también de unas pequeñas vacaciones en Las Termas. “Allá te tratan de otra manera –dice–: mamita de acá, qué quiere mamita... Saben tratarlo a uno como la gente.” Los guardavidas ahora están en el centro de la Bristol. Entre avistaje y avistaje, pasan el tiempo administrando un pequeño negocio. Alquilan sombrillas como las de Leticia, sillas, mesas y hasta ofrecen una porción de arena exclusiva para clientes. “Hace dos meses que no nos pagan –dice uno de ellos–: pusimos este negocio como medida de fuerza.”
Silvia Jordan pagó doce pesos por el kit de playa de la protesta. Con la cuota logró unos milímetros de arena despejada entre las miles de personas que se desperezan arena abajo. Ella está aquí hace dos días, acomodada en la casa de una amiga. Es de Ituzaingó, profesora de educación física y madre de uno de los argentinos autoexiliados por trabajo en Estados Unidos. Como parte de aquella nueva clase turística acorralada, Silvia terminó en Mar del Plata después de contar, recontar y dar por terminadas las especulaciones de volverse a subir a un avión para verlo. En esa especie de periferia construida por los que están pero casi se pierden el viaje, hay dos novios: Diego Torrales, de 28, recolector de Ecohabitat en período obligado de vacaciones, y Natalia Evangelista, de 22, ex empleada del Círculo de Lectores, desocupada. Los dos –y esto es lo bueno para las vacaciones– tienen una tía millonaria en Mar del Plata. La tía tiene veinte departamentos, no tiene hijos y Diego es uno de los únicos sobrinos. “Ganó la lotería y la grande como dos o tres veces –dice él–, ahora nos traen de vacaciones.”
A eso apuesta, a unos metros de ahí, el grupo de ocho rosarinos que está llegando. El grandote es Nicolás Cerrato, de apenas veinte años y peligrosamente aficionado al casino. La de al lado es Verónica García, de 25, y celosa protectora del dinero que él lleva gastado. “Nosotros queremos quedarnos veinte días y él –protesta ella– se juega la vida.” De eso discuten mientras se acercan por la rambla camino al mar, arena adentro, después de abandonar el auto y caminar varias cuadras desde la casa alquilada. “¿Dónde? –pregunta Verónica sorprendida– A diez cuadras de la casa nos dieron el estacionamiento para el auto, ¡a diez cuadras!.”
Ellos hoy están en la Bristol sólo porque recién llegaron. Mañana, dicen, van a Mogotes, donde aún existe un 30 por ciento de sombras deshabitadas. “Las carpas más alquiladas son las del sur”, dice ahora Luis García, de la Cámara de balnearios local. Las playas del sur y las de Playa Grande a esta altura del mes tienen una ocupación del 90 por ciento. En esos sectores están aquellas sombras destinadas al público ABC1, dice García. “En Punta Mogotes –explica–, vos tenés el 50 por ciento de las sombras que tiene todo Mar del Plata y ahí todavía hay espacio de sombra.” Las carpas y las sombrillas, como el resto de los alquileres, este año tienen un tipo de ocupación distinto al de otras épocas. La gente no suele cortar las vacaciones y mantiene la tendencia del resto de los puntos costeros. El promedio de ocupación de enero previsto por el Entur ya no será de diez días sino de doce o trece por persona.
Ahora, debajo de un iglú está escondido el hijo más chico de Juan Guerrero, el técnico de San Vicente. La carpa resiste el viento norte que sigue soplando arena, tira sombrillas y cada tanto levanta alguna mesa. Este año, Juan, su hijo, la suegra, su mujer, su nena y el iglú estarán veinte días en la playa, 18 días más que el año pasado.

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El fin de semana pasado, la capacidad hotelera en Mar del Plata estuvo al ciento por ciento.
 
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