SOCIEDAD › LA CRECIENTE TENDENCIA DE JUNTARSE A MEDITAR

Momento de meditación

Ya no son sólo las clásicas escuelas de yoga. Ahora hay chacras para ir varios días a meditar. Hay cursos para empresas y hasta en cárceles. Y también crecen los turistas que llegan al país a hacer meditación. Hay distintos grupos que siguen escuelas diferentes. Algunas se muestran en público en reuniones masivas como las de Palermo, el mes pasado.

 Por Soledad Vallejos

Una revolución silenciosa recorre los barrios. Sucede todo el año, pero suele notarse más en primavera, cuando algunos de los responsables toman una que otra plaza por asalto. Cinco, diez, veinte, miles: se sientan sobre el césped, respiran, entonan mantras; pueden cerrar los ojos. A su manera, dicen, se alejan, aunque a los profanos pueda parecerles que siguen ahí. Los meditantes son legión.

¿Quién les da forma, los guía, les revela los secretos? Preguntando a las apuradas y pronto: ¿cómo llegan ahí? La pregunta abre muchas respuestas, ninguna igual a la otra. Para no meditantes, es el umbral desde el que se relojea la dimensión desconocida: pequeñas y grandes multitudes, instructores, maestros, sahumerios, energías; fiestas libres de alcohol y drogas de las que los invitados salen más descansados de lo que llegaron; música caribeña basada en letras de mantras, un templo budista en el medio de la pampa húmeda...

A meditar que renace el mundo

No se sabe cuántos son pero sí que se acercan de a uno. A veces dicen que quieren cambiar su vida; otras no dicen nada y van viendo. Eso cuentan los maestros de escuelas tan diferentes como las cosas que van ofreciendo a quienes se acercan porque alguien les dijo, porque vieron, porque creen, porque quién sabe. La curiosidad puede aparecer un día cualquiera. El primer día de octubre, por ejemplo, miles de personas en distintas ciudades del país se terminaron sumando a un evento convocado por una de las escuelas de yoga y meditación más conocidas con dos objetivos poco modestos: “Lograr mayor bienestar social y contribuir a la paz social”. Pasó un mes. Todavía hoy, contó a este diario uno de los organizadores, la Fundación El Arte de Vivir y sus voluntarios no podrían precisar cuántas personas lograron reunir. “Pero eran muchas”, eso sí, aclara Ramiro Mora y Araujo.

Pero aunque sea difícil arribar a números, hay otros datos: no hay barrio sin escuela de yoga, no hay escuela de yoga sin espacio de meditación; se medita, también, en espacios de artes marciales. Con sus diferencias, que son muchas, todas las variedades terminan por adscribir a la manera oriental de entender el proceso de aprendizaje y enseñanza: la relación con un maestro que puede tener injerencia más allá del ámbito donde se hace la práctica.

“Si me elegís como tu maestro, yo te voy a decir si me parece mal que fumes, o que estás comiendo de modo poco sano, o si creo que deberías no tomar alcohol”, explica Edgardo Caramella, presidente de la filial argentina de la Unión Internacional de Yoga, entre aroma a vainilla y un rincón lleno de dvds con técnicas e historias de meditación. Director de la “Sede Decana” en Argentina del Método DeRose, Caramella dice que los practicantes, devenidos discípulos con el correr de los encuentros, que son muchos, “porque nadie puede meditar de un día para el otro”, no se quejan. Pueden no conocer textos sagrados de India u otras regiones. Pueden practicar la religión que quieran, e incluso no practicar ninguna. Pero en el proceso de aprender a respirar, de cerrar los ojos, de reconocer la propia tensión en el cuerpo y dejarla ir, sus discípulos también aprenden algo más. Dice Caramella sin dejar de sonreír: “Estas son escuelas donde se cultiva el de-sarrollo personal a través de técnicas, conceptos, éticas, buenos modales”.

–¿Buenos modales?

–Claro. La práctica de yoga y meditación es individual. Pero los conceptos son para relacionarse mejor, para dar más valor a la persona, van generando algo diferente, van adoctrinando en el buen sentido. Entonces hay mejoramiento individual y social.

Somos nuestro cerebro

¿Qué otra cosa podían tener en común personajes como David Lynch, Nacha Guevara, el celebérrimo muerto reciente Steve Jobs, sino la práctica de meditación? De un tiempo a esta parte, aun la ciencia se tomó el tiempo de estudiar si algo tan poco espiritual como esa evidencia que es el cuerpo volvía patentes las bondades de concentrar la mente en nada y suspender todo pensamiento.

Hace unos meses, el Hospital General de Massachusetts concluyó que meditar con frecuencia modifica el cerebro. La práctica “está asociada a una sensación de tranquilidad y relajación física”, recordó entonces la psiquiatra Sara Lazar, directora del estudio que publicó Psichiatry Research, y además “los médicos han afirmado durante mucho tiempo que la meditación también proporciona beneficios cognitivos y psicológicos que persisten durante todo el día”. La resonancia magnética realizada a 16 personas que, durante dos meses, meditaron media hora cada día, señaló que la materia gris se había vuelto más densa en el hipocampo, la zona del cerebro importante para el aprendizaje y la memoria. Pasó lo mismo con estructuras que se saben asociadas a la introspección, la compasión y la autoconciencia. En cambio, había disminuido la materia gris de la amígdala cerebral, núcleos de neuronas vinculadas con el estrés.

Sin haberse sometido a estudios similares, tres maestros e instructores, cada uno con su técnica, su escuela, su historia a cual más disímil, dijeron lo mismo estos días. A Thakur Das, por ejemplo, responsable de la aldea Eco Yoga Park, los años de meditación le fueron dando tanta más energía que despierta feliz y con ganas de meditar cada día a las 4.30 de la mañana. Vive en medio del campo, enseñando a meditar a otros, velando por el bienestar de una huerta, y yendo, de tanto en tanto, a buscar alguna cosa “al pueblo”, General Rodríguez. Los ruidos son el viento, las aves que pasan y se quedan, el gallo que pasea por entre las plantas de lechuga, la música caribeña que recoge letras de mantras, el tecleo en unas notebooks conectadas a Internet.

–Pero se va a dormir tempranísimo.

–No, a las 11, 11 y algo de la noche. Me despierto de madrugada porque no quiero dormir más. Y es la hora más armoniosa. Pero no me cuesta levantarme, creo que si durmiera más me sentiría abombado, como después de una siesta demasiado larga. Es por la meditación, eh. Da energía.

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Imagen: Pablo Piovano
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