SOCIEDAD › UN LUGAR EN VILLA GESELL PARA SER PIRATA, COWBOY, BATACLANA O TANGUERO EN LO QUE DURA UN CLICK

Retratos de época en plena temporada

Lucio Tonelli hace fotos en Villa Gesell. Pero no de las comunes sino de las de época. Un souvenir diferente de las dunas y los bosques rodeados de arena. Página/12 asistió a varias sesiones de fotografías disfrazadas, para descubrir que la puesta en escena es más difícil que una ruda macho.

 Por Soledad Vallejos

Desde Villa Gesell

“¿Vos qué preferís? ¿Un rifle o una copa?” La pregunta no sólo es formulada con dulzura y sin gritar sino a plena luz del día, en la tarde soleadísima que irrumpió repentinamente tras una mañana y un mediodía bajo cielos gris plomo. El treintañero que pregunta (alto, de brazos tatuados, remera negra y bermudas con escudo de club de fútbol) se dirige a una adolescente. Quince, diecisiete años a lo más, sentada sobre una barra forrada en cuero colorado y ataviada como bataclana. La chica acota: “Y si está llena, mejor”. A un lado, su madre, indumentariamente preparada para la misma faena, estalla en carcajadas; detrás hacen lo propio su padre y un amigo. Sólo Candela, la beba, se disgusta con la escena de perdición en que la ha sumido su familia, desternillada de la risa ante la ocurrencia de venir a disfrazarse para llevarse de las vacaciones un recuerdo sepia, nada playero, y reñido con la virtud. El hombre de bermudas alcanza la copa. Vacía.

Sonríe con afabilidad ante la ocurrencia, pero no se ríe Lucio Tonelli, 32, el ojo detrás de los souvenirs de “La foto antigua” y “de Villa Gesell nativo”. El dato, que puede parecer menor, señala con sutileza un resquicio abierto hace unos años: los nacidos y criados todavía recelan de los recién llegados, que, en rigor, llevan cerca de una década aquí. De todos modos, Lucio lo dice al descuido, más como una excusa para comentar que esto de pasar una tarde de verano entre trapos de fantasía lo hizo “desde siempre”. Su padre, laboratorista en la tienda cuando la foto digital parecía ciencia ficción y él ya había nacido, se hizo con todo el negocio a mediados de los ’90. “Pero él ya trabajaba acá cuando yo nací, así que sí, vi siempre a la gente hacer esto.”

“Esto” puede ser también el revuelo de trapos y trapitos –todos pensados, cortados y cosidos por la madre de Tonelli–, joyas de cotillón, sombreros, rifles, armas blancas, narguiles, anche alguna Biblia de tamaño misal. Las prendas pueden ser puro frente y apenas unas piolitas en la espalda, porque lo que importa en el disfraz del recuerdo es todo menos lo real. Los accesorios pueden parecer tan reales como esos rifles que uno de los muchachos animosos que posan en patota de once apunta, sin notarlo, en dirección a esta cronista. Botones dorados relucen sobre sacos azul profundo de militar de otro tiempo, de otra tierra. Sombreros de fieltro remedan vestuarios de películas de Enrique Serrano, pero también de gangsters. Con facilidad pasmosa, cualquier referencia se amontona ante la cámara, bajo los pequeños reflectores que primero encandilan y después aflojan a las familias.

–Ahora, ustedes ahí atrás son malos, malísimos –ordena Lucio como si estuviera por indicar “luz, cámara, acción”–. Y ustedes, chicas, bueno... serias, pero divertidas.

Ellas, absorbidas de lleno por sus papeles de chicas ligeras en cuanto se calzaron a media pierna una liga y dejaron caer las ojotas al piso, si sonríen un poco más no caben en el cuadro. Jazmín, la asistente de Lucio, acomoda algún cuadrito, alguna botella del fondo. Entre mohínes, la beba amenaza con un llanto.

–Al tres voy a sacar la foto, eh. Uno, dos –y antes del click, con la mano que no aprieta el obturador, Lucio levanta y enciende un sable luz– ¡Candela, mirá!

Click. Pasa algo notable. Del stock de once “temas” que pueden recrearse combinando vestuarios, accesorios y actitudes, el público nunca jamás, en los años que recuerda Lucio, eligió dos clásicos argentinos: “Nunca pidieron el de gaucho. El de tanguero tampoco. Y eso que mi vieja los hizo, eh”. Quizás en breve, cuando el permiso municipal así lo avale, ese record cambie. “Esos dos faroles en la vereda, ¿ves? –y señala dos farolitos negros, bellísimos, antiguos y claramente no usuales en las calles geselinas–, los traje de Santiago del Estero. Son para hacer las fotos de tanguero. Yo creo que la gente se va a enganchar.”

Lejos de lo telúrico, el gusto de turistas y pobladores de la Villa tiene un ranking liderado por la imaginación novelesca y del mal para el retrato fantástico: primero, quieren ser “caballeros y damas”, después “como de la familia Ingalls, pero también de salón del Lejano Oeste”; ya tercero, “árabes y odaliscas”, seguidos de “bañistas” de cuando el traje de baño cubría más de lo que exhibía, y “hippies”.

Aunque enero es “el mes de los amigos” y febrero el “meta familia”, que implica “otro trabajo”, en veinte minutos por lo menos dos familias y una pareja se han sentado a esperar ante la vidriera. No sólo los distrae “mi compañera, Negra”, la cuzquita negra como la noche y mansa a más no poder: desde ese punto estratégico, antes de serlo ellos mismos, el show lo hacen los que van preparándose y aprenden a posar sin tentarse.

Hace un rato, pasó un vendaval: once chicos de entre veinte y treinta. Monaguillos, cowboys, compañeros de Pancho Villa, gangsters, militares, árabes de narguile en mano, presos munidos de botella de whisky y cigarro. Son todos de Merlo, están todos de vacaciones. Todos gritaban, por decir poco.

–Quiero un arma, loco, yo –gritó un militar.

–A ver, ¿qué tenés vos? ¡Un matagatos es! –evaluó el gangster.

–Mirá que te quemo.

Lucio, que hasta ese momento había ido y venido con sacos, sombreros, armas, gorros, se ubicó detrás de la cámara, detrás del trípode, y sin decir agua va advirtió:

–Digo tres y disparo. Uno, dos...

Silencio.

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Once chicos de entre veinte y treinta. Eran monaguillos, cowboys, compañeros de Pancho Villa.
 
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