SOCIEDAD › LA LUCHA DE UNA MUJER POR CONOCER SU ORIGEN

Identidad en blanco y negro

Rosa Pallone supo por un análisis de sangre que era adoptada y que su madre seguramente era negra. Desde entonces no dejó de buscar a su familia biológica. Y formó una ONG de gente que busca recuperar su identidad. Al mismo tiempo se sumergió en la historia de la población negra en la Argentina.

 Por Andrea Ferrari

La historia de María Rosa Pallone hace pensar inevitablemente en aquella película de Mike Leigh, Secretos y mentiras, donde una mujer negra se entera de que su madre biológica era blanca. Para Rosa, la vida dio un vuelco similar el día en que a través de un análisis de sangre supo que había sido adoptada y que probablemente su madre era negra. Los últimos años los pasó desmontando los secretos y mentiras tejidos por su propia familia: tocó puertas de vecinos que podían saber algo, hizo presentaciones judiciales y hasta participó en la formación de una ONG que reúne a quienes intentan recuperar su identidad biológica. Al mismo tiempo, esta maestra de 56 años criada en un hogar de clase media de Palermo empezó a adentrarse en un mundo que ahora siente propio: el de los negros y sus descendientes en Argentina.
Todo empezó en 1998 en el Hospital Alemán. Allí había ido María Rosa a hacerse un análisis de sangre porque tenía las plaquetas bajas. El médico llegó con los resultados de la electroforesis y se lo dijo: era portadora de Hemoglobina S, un tipo de anemia proveniente del norte de Africa que afecta principalmente a personas de raza negra.
–Entonces soy adoptada –dice que dijo.
Sus padres, Bautista Pallone y Petrona Cinqualdre, habían muerto sin decirle una palabra de su historia real. Aunque ella nació cuando su madre tenía ya 48 años, nunca sospechó. Rosa llamó a una prima y le preguntó si conocía la verdad, pero no encontró más que evasivas. Días después concretó una reunión con su tía, ya anciana, y sus primas.
–Ese día mi tía dijo “acá hubo un pacto de silencio y yo no lo voy a romper”.
–¿Y no le contó nada?
–Terminó admitiendo que mi madre era una jovencita y que yo había nacido en el Hospital Fernández y no en mi casa de la calle Seguí, como dice el certificado de nacimiento. Pero nunca quiso confesarme quién era mi mamá. Una de mis primas llegó a decir: “Lo que hay que entender es que acá hay gente que tira y gente que recoge”.
Después otros familiares aportaron algunos datos más. Rosa fue dándose cuenta de que sus padres le habían confesado el secreto a mucha gente, incluso a varios amigos, pero nunca a ella. Y fue enojándose, cada día un poco más.
–Un primo me contó que un día, cuando era chico, iba en el auto con mi tío Luis y le preguntó: “¿Por qué nosotros somos tan rubios y Rosita es tan morocha?”. Y el tío le contestó: “No digas nada, pero ella es adoptiva. La madre vivía en el palacio de los Ortiz Basualdo”.
Se refería a un señorial edificio en Avenida del Libertador y Ugarteche, que en aquellos años albergaba a unas pocas familias de alcurnia y donde aún hoy siguen viviendo algunos Ortiz Basualdo. Al parecer, todo había sucedido en el mismo barrio: ese edificio está a la vuelta de la casa de la calle Seguí que habitaba Rosa y a pocas cuadras del Hospital Fernández, donde habría nacido.
Con el tiempo fueron llegando otras versiones. Un vecino que la llamó dijo haberse enterado de que su joven madre era una empleada doméstica de esa mansión y su padre, un miembro de la familia Ortiz Basualdo. Nunca supo si la versión es cierta.
Para Rosa, las puertas de la familia se cerraron y no volvieron a abrirse. Siente que la engañaron demasiado tiempo para mantener el contacto o para seguir intentando que le confiesen los detalles de su origen. Por eso hace varios años eligió otro camino: el del reclamo.
Tocando puertas
El primer paso tras conocer la verdad fue solicitar al Departamento de Derechos Humanos del Registro Civil que se investigara si en agosto de 1946 habían nacido niñas NN en el Hospital Fernández. Le confirmaron que hubo dos, en días distintos, anotadas bajo los nombres de Norma Irma y Rosa Inés. El espacio dedicado a los nombres de los padres está en blanco.
Entonces presentó una carta en la Cámara de Crimen. Su caso fue a parar a la fiscalía a cargo de Alejandro Esmoris. Allí citaron a declarar a su tía María Angélica, pero no se presentó con el pretexto de tener problemas de salud. La causa finalmente nunca avanzó: la derivaron a los tribunales de Comodoro Py, donde consideraron que se trataba de una acción contra dos personas muertas –los padres–, por lo cual terminó archivada.
María Rosa no se dio por vencida. Su siguiente destino fue la Defensoría del Pueblo de la Nación. A esa altura se había encontrado con otra mujer, que también buscaba a su familia. Y supieron que había muchos en la misma situación que ellas. La campaña lanzada por Abuelas de Plaza de Mayo en busca de los hijos de desaparecidos había provocado una enorme cantidad de llamados: muchos de esos casos nada tenían que ver con la represión de la dictadura. Así fue como terminó formándose Quiénes somos. En busca de la verdadera identidad, una organización que funciona en la defensoría y por la que ya han pasado
unas 300 personas (ver aparte).
Al mismo tiempo, para Rosa seguía otra búsqueda, que va por dentro: la de sus raíces, que ahora siente muy lejanas de esa familia que la crió en Palermo. Sorprende escuchar a esta mujer, a la que muchos describirían como blanca, definirse negra sin atisbo de duda.
–¿Qué significó saber que tenía orígenes negros?
–Muchas cosas. Empecé a soñar con un vecindario lleno de chicos negritos jugando, con esos pelos de motita. Yo cuando era chica tenía bien ondulado el pelo, aunque no tipo mota, y al cortármelo se me hacían unos rulitos que no me gustaban. Yo debo ser producto de la unión de una negra con un blanco. Gente negra que conocí me dijo que tengo algunos rasgos característicos. Me pregunto cuántos negros tapados como yo habrá.
–Es decir que se siente negra.
–Sí, me siento negra. Acabo de participar de una reunión de los afrodescendientes con el Banco Mundial, por un estudio que se está realizando en la región. Allí dije que soy descendiente, aunque no sé quiénes eran mis padres. Algunos, claro, me miraron sorprendidos.
Su primer contacto con habitantes negros del país fue por medio de la Cátedra de Estudios Americanistas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. A través de ellos llegó después al grupo de afrodescendientes y a una investigadora de la población negra en el Río de la Plata con la que formaron un instituto y organizaron charlas y jornadas en la Manzana de las Luces.
En este tiempo también supo que su hijo de 23 años heredó la Hemoglobina S, aunque como ella es un portador sano. El sabe que es importante conocer esa condición, porque el gran riesgo para la descendencia es la unión de dos personas con esa afección. También es consciente de que sus hijos podrían tener rasgos negros.
–En materia de salud es fundamental saber de dónde viene uno –dice Rosa.
Hubo otro personaje en el curso de esa extraña búsqueda: Luis, un hombre que quería saber quién era su padre y al que durante un tiempo creyó un posible hermano: nació como ella en el Hospital Fernández, de una madre portadora de Hemoglobina S.
–Nos hicimos un ADN y dio que no tenemos nada que ver –cuenta y sonríe–. Pero nos quedó la hermandad en el afecto. Es igualito a Rubén Rada.
Y Rosa hasta se interesó por el candombe.
El después
Pese al tiempo pasado y a los muros que encontró en su camino, Rosa Pallone mantiene aún la expectativa de encontrar a algún miembro de su familia biológica. El año pasado junto con la gente de Quiénes somos acudió a la Procuración General de la Nación, donde se creó una comisión por el derecho a la identidad biológica. Algunos fiscales están ahora trabajando para presentar los casos.
–Los que tienen datos avanzan más rápido que los casos como el mío, que son apropiaciones –explica–. Yo tengo que demostrar que lo que dice en mi partida no es verdad.
Uno de los recursos a los que está abocada en la actualidad a través de la procuración es que se le solicite a un administrador del edificio de los Ortiz Basualdo que informe si hay registro de las empleadas domésticas en aquella época. También piensa explorar un dato que le acercó un vecino: que su madre podría ser oriunda de Villa Angela, en el Chaco.
Y está el hospital, que informó que no posee archivos de esa época.
–En todo esto hay un tema ideológico –opina Rosa–: la sociedad no tiene mucho interés de que se destapen estas cacerolas. Yo pido que el gobierno se comprometa a que se abran los archivos y se busque en los hospitales, que den una pista. El Durán perdió casi todo, el Fernández dice que no tiene absolutamente nada. ¿Por qué se perdió? Este es un país donde no se quiere la memoria. El tema del tráfico de niños no se controla porque hay mucho dinero de por medio. Nosotros sostenemos que, si el Estado nos dejó, nos abandonó a nuestra suerte, tiene que ayudarnos a buscar.
Pallone no descarta que su familia sea citada otra vez para aportar información. En estos últimos años los contactos fueron mínimos y en general en un duro tono de reproche. Le han echado en cara su actitud hacia los que la criaron. Una amiga de su tía le preguntó una vez si hubiera preferido ser abandonada en un orfanato.
–No sé qué contestarte –cuenta que le dijo–; mi infancia fue buena, pero en un orfanato hubiera tenido la posibilidad de que mis datos figuraran. Así no pude traspasar nunca el portón que me pusieron.

Compartir: 

Twitter
 

Pese al tiempo pasado, María Rosa Pallone mantiene aún la esperanza de encontrar a su familia de sangre.
 
SOCIEDAD
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2017 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

Logo de Gigared