SOCIEDAD › CARLOS MONTEMAYOR, NOVELISTA Y ENSAYISTA MEXICANO

Sobre el México insurgente

Cuando todos se quedaron sorprendidos por la súbita aparición del zapatismo, Montemayor fue el que comenzó a explicarlo. Veterano de la movida política mexicana, era también un conocedor de Chiapas, sus etnias y tragedias, y un historiador, en sus novelas, de las sucesivas rebeliones indígenas y políticas. Un diálogo donde desfilan los más altos momentos de una tradición.

 Por Miguel Bonasso

El dos de enero de 1994, cuando irrumpió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hubo un intelectual mexicano que desde las páginas del diario La Jornada supo explicar como nadie la rebelión indígena que acababa de estallar en Chiapas. En verdad, a Carlos Montemayor (57 años) le sobraban credenciales para interpretar el fenómeno que dejaba descolocados a la mayoría de sus colegas. No sólo conocía Chiapas y sus etnias a la perfección, también había unido a su formación humanística clásica (dominio del latín, el griego y el hebreo clásico) una tarea como promotor literario de trabajos escritos en distintas lenguas primigenias de México. Una de las múltiples facetas de este erudito y políglota, que escribe extraordinarias novelas políticas como “Guerra en el Paraíso”, “Los informes secretos” o la última “Las armas del alba”, sobre el asalto al cuartel de Madera (en Chihuahua) que inauguró la guerrilla mexicana de los años sesenta. Poeta, ensayista, traductor, profesor universitario y excelente cantante de ópera, Montemayor parece uno de esos personajes renacentistas que dominaban varias disciplinas a la vez sin perder por eso la flema, la ironía, ni la capacidad para las conversaciones largas, matizadas con un buen tequila reposado, como la que sostuvo con el enviado de Página/12 hace pocos días, cuando terminaba la Feria del Libro del Zócalo, donde su novela sobre la guerrilla inaugural de Chihuahua se convirtió rápidamente en una de las mayores atracciones.
–Es curioso, con “Las armas del alba”, usted retrocede cronológicamente en su propia obra novelística y ensayística y se remonta a los orígenes de la guerrilla mexicana moderna. Regresa a 1965 y a su tierra natal, Chihuahua. ¿La idea es construir una saga sobre la guerrilla mexicana en el último tercio del siglo veinte?
–Algo así, vienen en camino otras dos novelas sobre el tema, además de las que ya tengo escritas que corresponden a épocas posteriores. “Las armas del alba” narra el comienzo de la guerrilla en el México moderno. Porque guerrilla en México ha existido en todo momento. En el siglo XIX, por ejemplo, hubo un levantamiento de indios mayas en Yucatán que se llamó “la guerra de castas” y se prolongó desde 1840 hasta los primeros años del siglo XX. En el norte, “la guerra del Yaqui” comienza allá por 1839 y se extiende hasta 1905. Después de la Revolución, que fue en realidad una serie sucesiva de insurrecciones a lo largo de veinte años, tuvimos el levantamiento rural de los Cristeros, y luego ese otro movimiento guerrillero que fue como una faceta final de la revolución y del cardenismo, con Rubén Jaramillo, en el Estado de Morelos. Pero el grupo autodenominado Grupo Popular Guerrillero, encabezado por el profesor Arturo Gámiz y el doctor Pablo Gómez Ramírez, en realidad constituye el origen de la nueva guerrilla mexicana, que parte desde los inicios del año 1964, pero cuyo hecho más conocido es el ataque a la guarnición militar de Ciudad Madera el 23 de septiembre de 1965.
–Antes que irrumpiera Lucio Cabañas, ¿no?
–Antes que Lucio Cabañas, sí. En “Guerra en el Paraíso” yo tengo un episodio en el que una compañera de los caídos en Madera, va a buscarlo a Atoyac y le refiere de manera sucinta lo ocurrido, en un momento en que Lucio Cabañas no tiene planeado ni remotamente levantarse en armas... Bueno, este movimiento original se inicia en la zona de Chihuahua, con un grupo de jóvenes campesinos y normalistas rurales. Los normalistas rurales han sido una pieza fundamental en la vida política de México porque estas “Escuelas Normales Rurales” se fundan en la época de Lázaro Cárdenas, y constituyen un proyecto de educación socialista, con el propósito de reivindicar derechos, desarrollo, educación, cultura... en zonas rurales e indígenas del país. De manera que los profesores normalistas rurales han sido un punto clave en el desarrollo político de la zona rural. Y laFederación de Estudiantes Normalistas Socialistas, que alguna vez encabezó Lucio Cabañas, constituía una especie de caja de resonancia de todo el pensamiento político de los normalistas en el país. Entonces un buen número de maestros rurales se integraron en este grupo guerrillero de Chihuahua. Y su decisión fue asumida como parte de la historia propia por todos los otros grupos guerrilleros de México. Por ejemplo, ocho años después de ese ataque al cuartel militar surge, en (Nuevo León), la guerrilla urbana que se autodenomina Liga Comunista 23 de Septiembre. Aunque en ese caso se trataba de jóvenes intelectuales urbanos, sin relación personal ni orgánica con los de Chihuahua. Pero al levantar la fecha del ataque al cuartel –23 de septiembre– reivindican a esos campesinos y estudiantes de Chihuahua como sus antecesores directos...
–Qué otros grupos los reivindican?
–El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, por ejemplo. En una casa-museo sobre las fuerzas de liberación nacional, los zapatistas guardan los documentos que Arturo Gámiz preparó en el segundo encuentro de estudiantes normales de la sierra, que fueron publicados en el ‘64 y constituyen la exposición de motivos y de principios del levantamiento armado de Chihuahua. Por eso yo digo a menudo que el amanecer del 1º de enero de 1994 en las montañas de Chiapas, empezó en el amanecer del 23 de septiembre de 1965 en las montañas de Chihuahua...
–Ideológicamente ¿qué eran? ¿Tenían influencia de la Revolución Cubana?
–Sí, por supuesto...
–Guevaristas, digamos...
–Sí, claro. A tal punto que en México se creía que el Che andaba por la Sierra de Chihuahua, cuando estaba en el Congo.
–El ataque al cuartel de Madera fue un desastre. ¿Qué pasó con los sobrevivientes?
–Se reorganizaron en dos grupos principales. Uno se rearmó y volvió al ataque en la Sierra de Chihuahua. Fue aniquilado en los primeros meses de 1968, al pie de la Sierra. El otro grupo, siguió un derrotero más complejo: una parte se integró con Lucio Cabañas en la sierra de Guerrero y otra parte con Genaro Vázquez. Es curioso, yo esto lo llegué a saber muchos años después. Hacia finales de 1985. Y me propuse escribir esta novela que acabo de publicar, que en realidad será una saga de tres novelas. Pero en el ‘85 y el ‘86 era muy difícil todavía para mí el acceso a los sobrevivientes, el acceso a una información fidedigna, porque algunos de los protagonistas estaban todavía inseguros, escondidos.
–¿No hubo amnistía o algo así?
–Hubo amnistía, claro, pero no todos habían caído presos. No era fácil la cosa. El tema tenía para mí muchas resonancias: regionales (yo soy de Chihuahua), afectivas, había amigos míos ahí...
–¿Usted militó con ellos en aquella época?
–Sí, en una cierta forma. Yo militaba en las juventudes socialistas y ahí nos juntábamos con las juventudes comunistas, con el movimiento campesino, con el movimiento normalista. Eramos prácticamente lo mismo. Pero cuando empieza el movimiento campesino hay una bifurcación en las tareas, y yo me quedo ayudando en la organización de lo que, supongo, fue la primera ONG en nuestro país, que le llamamos “Liga Ciudadana para la Defensa de las Garantías Individuales y Sociales”. Mis otros amigos se integraron más en la lucha campesina, que era poderosísima y comenzaron un proceso de radicalización del cual yo no participé, porque no tuve noticias de que estaba ocurriendo. Cuando yo vine a México a iniciar mis estudios profesionales, varios amigos de la preparatoria, ya en ese momento también en la Facultad de Derecho, se integran al movimiento armado.
–Cuándo se enteró del ataque al cuartel?
–Me enteré aquí, en un periódico mural de la Universidad. Y me sorprendió mucho, porque eran mis amigos. Me sorprendió esa decisión que habían tomado vaya a saber cuántos meses atrás. Me sorprendió su radicalización y la decisión de alzarse en armas, pero lo que más me sorprendió es que el periódico los tratara de “criminales”, “roba vacas”, “gatilleros”. Yo los conocía, a mí me constaba su dignidad, su honestidad, su generosidad, su inteligencia. Y la posibilidad de que la versión oficial fuera a desvirtuar de un brochazo la verdad humana, me conmocionó y me marcó para siempre. Toda mi tarea como investigador, como profesor cuando lo he sido, como escritor, como novelista, se deriva de esa necesidad de ir deslindando las verdades oficiales de las verdades humanas. Como ve, cuando decido escribir “Las armas del alba” había muchas cosas acumuladas a lo largo de los años que yo quería soltar y el tema estaba demasiado cercano.
–Dejó pasar 37 años.
–Di un rodeo por Guerrero en la caída de Lucio Cabañas (“Guerra en el paraíso”), que luego se extendió al mundo indígena en Chiapas.
–¿La Chiapas anterior al movimiento zapatista?
–Yo entré en Chiapas en 1983... Igual que el subcomandante Marcos, nada más que entramos por caminos distintos, ¿no? No lo sabía entonces, pero estaba emprendiendo la misma ruta que tomaron mis amigos de Chihuahua después del asalto al cuartel militar. Pero esto lo supe hace muy poco tiempo. Es extraño, pero yo seguí en el terreno literario el mismo rodeo que dieron ellos.
–¿Cuándo recuperó el tema? ¿Cómo lo investigó?
–Empecé a investigar, a establecer contactos y a reconocer las rutas que habían seguido los sobrevivientes a partir de 1994, mientras tomaba notas para mi libro sobre los Taraumaras. Aproveché el financiamiento de ese libro para permanecer largas temporadas en la sierra, en el Estado de Chihuahua y establecer contacto con los sobrevivientes. Comencé la investigación y terminé la novela en diciembre del año pasado. Entonces me llamó una colaboradora y me dijo: “Oye, ya se asomó Matías Fernández y aceptó hablar contigo”. Matías es un personaje clave de la historia. Así que marché a Chihuahua a entrevistarlo. Naturalmente, tuve que rehacer el manuscrito. Con la información que me dio Matías me fui a Italia a revisar el original. Pero al regresar a México, en mayo, me esperaba otro llamado de Alma (la colaboradora) que me dice: “Ya localizamos al que te faltaba, Florencio Lugo, cuando quieras hablas con él”. Hablo con él y vuelvo a modificar la novela. Fíjese lo que es esto: 38 años después del asalto al cuartel recién se animan a testimoniar dos sobrevivientes.
–¿Y eso, por qué?
–Terror. Simplemente terror. Este hombre, Matías, que es un tipo formidable, se cambió de nombre cuatro veces. El cuarto es el que usa hoy. Pero su nombre original es el que pusimos en la novela. Tanto en “Guerra en el paraíso”, como en “Informes secretos” o en “Las armas del alba” todos los personajes políticos, campesinos o no, aparecen con sus nombres reales.
–Podríamos decir que son novelas de “no ficción”, como “A sangre fría” de Capote o “Operación Masacre” de Rodolfo Walsh...
–Sí, todo está basado en hechos reales. Bueno, he estado tratando de explicarlo mucho tiempo y ya más o menos tengo claro qué es: al historiador le importa la demostración fidedigna o el soporte fidedigno de los hechos históricos que refiere, para mí la literatura se ocupa de la fuerza de la vida o de la experiencia de la vida humana que hizo posible a esos hechos históricos. Pero esos hechos históricos no han sido tratados antes por historiadores profesionales. La única investigación es la mía. Entonces, al mismo tiempo que una recuperación histórica, yo creo que es una recuperación de nuestra memoria política reciente.
–¿Cuál fue la reacción de los sobrevivientes?
–Presentamos la novela en Chihuahua el 23 de septiembre pasado. Hubo una reunión el día anterior, en la casa de uno de los hijos de Pablo Gómez, Eduardo, en la que se reunieron todos los sobrevivientes. Muchos no se habían visto desde hacía 38 años. Estaba Alvaro Ríos que era un gran dirigente campesino. Estaba Salvador (Gaitán), que no logró llegar a la concentración el día del ataque. Estaba Paco Ornellas). Fue un encuentro muy emotivo. En algún momento Alvaro Ríos dijo: “Ahora que nos hemos vuelto a reunir, no nos soltemos ya, tenemos que seguir reunidos y discutir, analizar, porque el camino es largo, nos falta mucho de organización, muchas metas que cumplir, necesitamos seguir trabajando”. Esto es algo notable, porque estamos hablando de un líder de más de 70 años de edad, campesino, honesto toda su vida, que aún sigue activo en los días de hoy. Como podemos decir que la guerrilla que se inició en Chihuahua aún sigue activa en México, en Chiapas, en (Guerrero), en Oaxaca.
–Aunque no tenga un nexo específico...
–Aunque no tenga un nexo específico. El antecedente del 23 de septiembre fue reconocido por todos: las Fuerzas de Liberación Nacional, los contingentes de Lucio Cabañas, que es la raíz del EPR actual y en otras guerrillas rurales.
–En el zapatismo confluyen dos grandes pasiones suyas: la guerrilla y la cuestión indígena. Esa cuestión que usted se resiste a ver desde el punto de vista antropológico.
–También lo veo, aunque desde un punto de vista heterodoxo. Entro por el lado lingüístico, entro por el lado histórico... no solamente es lo lógico, no solamente desde el ángulo etnográfico, porque me parece que la etnografía ha empobrecido el conocimiento profundo acerca de la riqueza cultural de estos pueblos.
–Hay incluso un cierto paternalismo ¿no?, como si dijeran: ¡qué interesantes son los indios!
–Sí, exactamente, en lugar de entender esas culturas como variedades de las distintas culturas humanas.
–¿Qué pasó entonces en enero del ‘94: lo sorprendió la irrupción del zapatismo o ya la veía venir?
–Le contesto con otra anécdota: en el final de mi novela “Guerra en el paraíso” (que yo termino en el ‘91), Lucio Cabañas está desplomándose sobre la roca donde muere y dice: “Negándose a caer con el mismo ardor, negándose a caer con el mismo ojo incólume de soles que trataban de brotar desde sus manos apoyadas en la tierra, en la roca, gritando por hacerlo, gritando que falta mucho por hacer, por hacer, por hacer...” Aquí no hay punto final. Porque en el momento que yo estaba terminando esto, yo decía, esto no puede terminar, entonces lo dejo sin punto final. En la primera edición un editor samaritano me lo pone, pensando que se me había olvidado. La segunda edición la hicieron tan inmediatamente que no me dieron tiempo de corregir la errata. Pero desde la tercera salió sin punto final. Había una continuidad. En ésta (“Las armas”...) hay otro símbolo, ya cuando la concluya verá. Que es la idea de la recurrencia. En enero del ‘94 escribí un artículo que apareció en la primera página de La Jornada el día 2. y que a mi juicio conserva validez. En ese momento muchos intelectuales mexicanos no habían leído nunca la palabra tzotzil y tzeltal y tardaron varios meses en aprender a conocerlas. Mi primera reacción fue pensar “los obligaron”... Es decir, por fin llegaron al colmo. No pararon hasta conseguir que se levantaran los pueblos indígenas. Para mí fue como llegar a la hora cero. No sabía a qué hora se había empezado la cuenta regresiva, pero sabía que en Chiapas todo el mundo había hecho todo lo posible para preparar, acelerar, fortalecer esa insurrección... Entoncesde primer momento creo que yo soy de los intelectuales mexicanos que puede dar cuenta de qué es lo que está ocurriendo y por qué...
–¿Y qué hizo? ¿Se fue para allá rápido?
–Sí, bueno, había ido yo muchas veces allí.
–Pero todavía no estaba el EZLN. Por lo menos no formalmente...
–No formalmente pero ya estaba perfectamente organizado. Pero lo que yo hago son conferencias, artículos. O sea, desarrollo más bien una labor periodística, muy intensa, de explicación, como conferencista tanto para la prensa nacional como para la internacional. En ese momento no había muchos especialistas, digamos, ni en el tema guerrillero ni mucho menos en el tema de las culturas indígenas y las insurrecciones indígenas. Fue un trabajo muy intenso para mí en esa época. Y yo siempre he tenido contacto muy cercano con comunidades indígenas de varias regiones del país y pude ver cómo los lazos zapatistas estaban muy sólidamente, muy cuidadosamente tendidos en una amplia zona del país. He participado en todo lo que se ha podido a favor del zapatismo para explicar el mundo cultural indígena, para explicar las necesidades de los cambios constitucionales en materia de derechos indígenas. Y creo que gran parte de mi actividad ha sido muy intensa desde el ‘94 para acá en esa área política.
–¿Y cómo ve la situación actual del EZLN?
–Lo veo muy bien, sólidamente organizado, avanzando en más campos de los que nos imaginamos. Porque tanto dentro del país como fuera no nos dimos cuenta de la magnitud de la negativa que recibieron los zapatistas como respuesta de Estado. Fue un “no” del Poder Ejecutivo, del Legislativo, del Judicial. El Congreso dijo “no”, la Suprema Corte de Justicia dijo “no”, el Ejecutivo dijo “no”. Después de la gran marcha zapatista, la negativa de Estado marca un hito fundamental...
–Explíquelo para los lectores argentinos... ¿la negativa a qué planteo?
–Al planteo de las reformas constitucionales para iniciar o reemprender el diálogo entre la EZLN y el gobierno. El zapatismo propone tres señales para reanudar el diálogo con el gobierno, interrumpido porque después de la firma del tratado de San Andrés el gobierno mexicano traiciona los acuerdos. Propone tres cosas, liberación de los presos políticos del EZLN; movilización de siete puntos del Ejército, de más de 300 enclaves de ocupación del Ejército y, finalmente, la reforma constitucional de los derechos indígenas de acuerdo con el proyecto de la CoCoPa, derivado de los acuerdos de San Andrés.
–¿Qué significa CoCoPa?
–Comisión para la Concordia y Pacificación de Chiapas.
–¿Y ahí se planteaba un proyecto de autonomía?
–Sí, autonomía, pero el término autonomía hay que entenderlo en varios sentidos. Nosotros sabemos que pueden coexistir en un mismo territorio ordenanzas municipales con el fuero común y con el fuero federal. De lo que se trataría ahora es de ampliar nuestros conceptos de estructuración política al territorio autónomo indígena, donde tendrían vigencia todos los ordenamientos tradicionales, legales, culturales, laborales, económicos del mundo indígena, sin que esto implique una exclusión de las estructuras municipales, ni de las estaduales, ni de las federativas.
–¿Y esto no lo ha cumplido el gobierno?
–No, no lo ha cumplido, ni lo han entendido ni lo quieren entender. Porque hay una gran ignorancia respecto del mundo indígena en México, pero también hay un gran racismo. Si mezclamos las dos, entonces tenemos un país reacio, cerrado, intolerante. Por eso se organizó la marcha zapatista (en febrero del 2001) y Marcos habló en el Congreso de la Unión. Frente a esto la administración de Vicente Fox empieza a mandar señales de absoluta falsedad, hipocresía y perversión. En la liberación de los presos había presos del fuero común y del federal. Conforme se liberaban presos del fuero común, Fox decía “Ya cumplimos”. Este era un mensaje mediático parael país y encerraba un mensaje muy claro para los zapatistas: “Te estoy engañando, te quiero joder”. Luego, cuando se mueven los dos enclaves de las guarniciones militares, esas guarniciones militares se reintegran en otras zonas de Chiapas. Cada vez que se mueve un enclave, Fox dice “Ya cumplí. Ahora que dialoguen”. De nuevo el doble discurso. Para el EZLN es el mismo mensaje: “Yo estoy engañando a los demás, si tú no te quieres dejar engañar allá tú, pero yo voy a actuar así”. Hay un momento en el que Fox va a Chiapas y habla con un grupo de indígenas diciéndoles que aceleren el diálogo, estos indígenas hablan en su lengua y tienen sus ropas tradicionales y una traductora oficial. Muchos intelectuales, comentaristas y periodistas creyeron que en efecto era una reunión con indígenas representativos. Los zapatistas y algunos asiduos de Chiapas, como yo, sabíamos que ese grupo era de funcionarios públicos del Estado de Chiapas que estaban prestándose a un juego teatral del gobierno. Una farsa. Bueno, este es otro mensaje mediático para el país pero muy certero, muy claro para el EZLN: “Yo estoy montando una farsa”. A esto se debe que el EZLN haya sido terminante cuando ve que la negativa y la farsa no solamente son del Ejecutivo Federal, sino también del Congreso y de la Suprema Corte. En ese momento, se dicen: “¡para qué hablar!”. Recuerde que la Guerra de Castas transcurrió de 1840 a 1907 y el EZLN lleva apenas diez años, no es nada. Para nosotros, cuando ellos hablan no queremos oírlos y cuando no hablan queremos ver qué hacen. Cuando ellos hablan, nosotros nos preguntamos “¿por qué no hacen tal cosa?” y cuando no están hablando decimos: “¿Y por qué no hablan?”.

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