SOCIEDAD › UNA VISION FILOSOFICA DEL INSTRUMENTO MAS PODEROSO DE INTERNET

El dios Google

La francesa Barbara Cassin es filósofa y desde ese saber diseccionó el popular buscador. A partir de sus características y el análisis del discurso de sus creadores, la investigadora advierte sobre la amenaza que significa Google y la falacia de su supuesta democracia.

 Por Pedro Lipcovich

¿Qué tiene en común el sombrío presidente George W. Bush con los brillantes, informales jóvenes que crearon el buscador Google? Mucho, según Barbara Cassin, directora de investigaciones en filosofía y filología del equivalente al Conicet en Francia. Desde su perspectiva filosófica, la investigadora encaró el estudio del popular buscador, y terminó por escribir un libro: Google-moi: la deuxième mission de l’Amérique (“Googléame: la segunda misión de Estados Unidos”). La “primera misión” es la que comanda Bush. A partir de un examen de las características técnicas del buscador, de las particularidades de la empresa que lo rige y del análisis del discurso de sus creadores, Cassin señala amenazas a la privacidad de los usuarios, denuncia la función de la publicidad y cuestiona una distorsión esencial de la democracia que subyacería a los criterios empleados por Google. Sus afirmaciones son a menudo controversiales, pero dejan un saldo inquietante: tal vez Internet –tan comparada con la borgeana Biblioteca de Babel– ha venido a ser, en efecto, una biblioteca infinita: sólo es accesible una cantidad finita de textos, los que ordene su Bibliotecario, pero ¿si el Bibliotecario resulta ser indiferente y superficial? Barbara Cassin visitó la Argentina, donde disertó en la Biblioteca Nacional y dialogó con Página/12.

Como suele suceder en la historia de la filosofía, la indagación de Cassin empezó por una ingrata experiencia personal: “‘Yo la conozco a usted, la he googleado...’, me dijo una vez un asistente a un congreso, pero él había encontrado tres Barbara Cassin. Una era una oftalmóloga norteamericana, autora de un Diccionario del ojo, siendo que yo escribí un Diccionario de lo intraducible; otra, una teniente de navío neozelandesa, que para colmo estuvo conmigo en una comisión de reconciliación en Africa del Sur. No era del todo fácil discernir entre las tres”. (El Google permite constatar que la fama de Cassin, como crítica del Google, le ha permitido escalar en el ranking del Google: hoy, si bien la oftalmóloga pervive en el sexto lugar, la teniente de navío ha quedado totalmente relegada.)

De todos modos, “lo que me decidió a escribir el libro fueron los dos lemas elegidos por Google. El primero es: ‘Nuestra misión es organizar toda la información del mundo’”. El segundo fue: “No seas malvado” (don’t be evil, que este año fue reemplazado por el más neutro: “Búsqueda, publicidad y aplicaciones”). El primero de los lemas, según Cassin, “conlleva la idea de que la web es orgánica, natural. Sus fundadores, en una entrevista en la revista Playboy, cuando les preguntaron qué es la web, contestaron: ‘Ustedes son la web’”. Y Cassin recurre a la filosofía: “Hay una inmanencia en la web, ese ‘ustedes’, y una trascendencia, un Dios de la web, que es el Google. Este Dios, que organiza la web, puede irrumpir en cualquier momento para cambiar la modalidad de organización, redefinirla a partir de nuevos hechos, y efectivamente lo hace”. Por ejemplo: “Si alguien tecleaba ‘big feet’ –‘pies grandes’– aparecía en primer lugar una zapatería especializada en calzado para pies grandes. Eventualmente Google cambió sus parámetros, esa referencia se perdió y la zapatería empezó a caer en la ruina. Hasta que ese comerciante decidió comprar publicidad en Google”.

Lo cual puede abordarse desde aquel segundo lema: “Una de las formas de ‘no ser malvado’ que tiene Google es garantizar que nadie puede comprar su rango de página. Pero eso no le impide ganar el 99 por ciento de sus ingresos mediante la publicidad que aparece en los márgenes. Así por ejemplo, si, a fines de 2005, uno tecleaba banlieue (‘suburbio’), aparecían datos y opiniones sobre los disturbios y el maltrato a los inmigrantes en las afueras de París pero, a la derecha, bajo el rótulo ‘Para saber algo más’, aparecía el enlace a un sitio de Nicolas Sarkozy, el actual primer ministro: él había pagado por estar en ese lugar”.

Volviendo a la “misión” que propone el primer lema, Cassin desemboca en la idea que da título a su libro: si Google es “la segunda misión de América”, la primera es la de George W. Bush: “Tanto Google como Bush dicen promover la democracia, asegurar el derecho a la información y al saber, apuntar a lo universal: pero en sus discursos subyace la apropiación de todos esos bienes por intereses determinados. Aquel ‘no seas malvado’ de Google puede vincularse con la ‘guerra del Bien contra el Mal’ que exige Bush”.

Cassin recordó que los creadores del Google, Larry Page y Sergey Brin, “eran dos estudiantes de la universidad de Stanford: a partir de la crítica a los buscadores como el Altavista, que daban respuestas redundantes o idiotas, se les ocurrió priorizar, no los enlaces que salen de un sitio web, sino los que llevan a él. Y refinaron este criterio en un algoritmo, que permanece secreto y que en realidad está registrado por la Universidad de Stanford, que se los otorgó en concesión hasta 2011: la fecha de vencimiento para esta concesión que constituye su fortuna los obliga a diversificarse, a buscar permanentemente otros recursos, y así la empresa Google Inc se convirtió en una inmensa plataforma de servicios, que no para de comprar otras empresas, como YouTube en 2006. Las acciones, que cotizan en Bolsa desde 2005, pasaron de valer 15 a 100 dólares el mismo día de su lanzamiento; en 2006, cotizaban 460 dólares, hoy están en 600. En 2006, el volumen total de negocios superó en un 79 por ciento al del año anterior.

Según Cassin, “para entender el Google, me sirvió saber filosofía griega: el motor general de búsqueda, que recorre toda la web visible en un mes, cumple la primera función del logos, que es recolectar datos. La segunda función es elegir, clasificar, lo que en el Google se llama indexación. Pero esta indexación se efectúa por el análisis de las demandas de los navegantes, y esto tiene varias consecuencias”, no todas deseables.

“Por de pronto, Google pone, en las computadoras de los usuarios, cookies que guardan las búsquedas efectuadas: esto permite que Google sepa qué respuestas ha preferido cada uno, en forma de otorgarle la que habitualmente lo satisface. Pero esto puede traer grandes problemas de seguridad para la información privada de las personas.” Además, “si el usuario instala las herramientas que Google ofrece para el escritorio, otorga acceso a todo el contenido de la máquina”. Y “si además utiliza gmail, da acceso a su correspondencia. El primer cuestionamiento a la privacidad del correo electrónico vino de una chica que le había pedido a su madre la receta de una torta y la respuesta le llegó junto con varias publicidades de libros de recetas: ‘Alguien lee lo que le escribo a mi mamá’, protestó. ‘Pero el que lee es sólo un robot...’, argumentó la empresa Google”.

Claro que los mayores peligros no vienen de las recetas de cocina. Según Cassin, Google habría cedido al gobierno de la China perfiles de sus usuarios en ese país, “lo cual permitió identificar e incluso arrestar a disidentes”. Lo seguro es que “si, en un país que no sea China, uno escribe en el Google ‘Tiananmen’, obtendrá datos sobre la represión a manifestantes en esa plaza de Beijing, en 1989, que dejó centenares de muertos: pero, si lo escribe en China, no obtendrá más que pacíficas referencias urbanísticas a la plaza”.

Pero el cuestionamiento central de Cassin –donde realmente emerge la raíz filosófica de su planteo– es a la noción de democracia implícita en el algoritmo de Google: “Google se presenta como el campeón de la democracia cultural, que haría posible un acceso generalizado a la información, pero en verdad no es democrático: para Google, un clic, un enlace, es un voto. Pero la suma de clics no hace un pueblo, es decir: no hace un mundo en común. La democracia requiere lo que los griegos llamaban una paideia: en este caso, una manera de instruir a la demanda, ayudarla para que pueda encontrar lo mejor. No puede limitarse a dar una información cuantitativamente adecuada”.

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Barbara Cassin es directora de investigaciones en filosofía del equivalente al Conicet en Francia.
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