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Domingo, 8 de febrero de 2009

LAS RAZONES DE LA CRISIS

Si de Keynes se trata

El autor describe la génesis de la desregulación financiera internacional y sus consecuencias devastadoras, que ahora se aprecian en toda su magnitud.

 Por Ariel Colombo *

Aterrorizado por el ciclo de insurrecciones populares en todo el mundo, a principios de los años ‘70 el capitalismo optó por protegerse de la incertidumbre por medio de la liquidez y la libertad de movimientos. Los Estados de bienestar keynesianos pretendían que los aumentos de productividad y el exceso de capital no se convirtieran en desempleo, y la expansión del crédito sostuvo la acumulación frente a esta presión de las demandas sociales institucionalizadas en el Estado intervencionista, pero inició una guerra civil encubierta, la inflación, que el capital ganó finalmente al liberarse de las regulaciones nacionales, en especial, a partir “del golpe del ‘79”, cuando Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal, subió abruptamente las tasas de interés.

Este giro se asentó, sin embargo, en la previa reestructuración del dominio norteamericano, que luego de la derrota en Vietnam y del debilitamiento del dólar, pasó de una relación de hegemonía con el mundo, vigente desde la Segunda Guerra, al señoreaje, un régimen extorsivo que agravia o produce peligros contra los cuales luego ofrece protección. Este tránsito de la negociación asimétrica pero multilateral del hegemonismo, a la unilateralidad globalizadora del consenso de Washington, tuvo su primer test en el principal aliado, Gran Bretaña en 1974. A raíz de la huelga de mineros y de albañiles, los laboristas acceden al gobierno con promesas de reformas y con un ministro de Hacienda que prometía “exprimir a los ricos hasta que sus huesos crujan”. La reacción fue el derrumbe de la libra esterlina, forzando la solicitud de un crédito del FMI, que exigió la misma disciplina fiscal que a los países del Tercer Mundo. El Tesoro norteamericano gestionó el acuerdo y el gabinete inglés lo cumplió eliminando los controles de entrada y salida de capitales hasta el punto de que, más tarde, Thatcher diría que sólo se limitaba a aplicar la política laborista. Es que los funcionarios de Nixon, con las teorías de Friedman y el apoyo de Wall Street, habían hecho suyas las recomendaciones de Huntington de escapar a la “sobrecarga” de demandas populares sobre gobiernos que, como consecuencia de ello, terminaban propiciando aquel contexto subversivo.

El señoreaje internacional de los Estados Unidos fue así la respuesta a su propio debilitamiento externo, a las sublevaciones sociales internas, a propuestas de democratizar la economía asumidas por la socialdemocracia europea y a exageraciones tales como la Declaración de los derechos económicos de la ONU, que autorizó a “regular y ejercer autoridad sobre la inversiones extranjeras”, “regular o suprimir la actividad de corporaciones multinacionales” y permitir “expropiar o transferir la propiedad de agentes extranjeros”. Brzezinski lo definió, sin proponérselo, al señalar que “los tres grandes imperativos de la estrategia geopolítica son: evitar la confabulación de los vasallos y mantener su dependencia en cuestiones de seguridad; conseguir que los subordinados sigan siendo influenciables y maleables, y evitar que los bárbaros se coaliguen”. Por ésta vía, en nombre del intervencionismo humanitario y de la guerra preventiva se destruyó la incipiente igualdad entre los Estados, ya que por nominal que fuera, por primera vez en la historia había desde 1945 un sistema internacional que concedía sólo a la ONU el derecho a hacer la guerra, y por el cual, al menos en términos legales, la fuerza no era equivalente al derecho.

Tal reorganización sirvió al capital financiero, el cual reprodujo dicho dominio en cada país por medio de una legalidad, réplica de la estadounidense, que tuvo por premisa que el capital extranjero tuviera los mismos privilegios que el local. Esta apertura de los Estados posibilitó que el centro se apropiara de los activos de la periferia y que los circuitos de valorización generados desde allí llegaran a manos de los sectores dominantes en los países desarrollados, saqueo que además benefició a los sectores dominantes locales, que como rentistas financian a los Estados Unidos (que compran más de lo que venden y gastan más de lo que producen) mientras obligan en sus países a producir con costos ecológicos y sociales criminales.

Otro de los instrumentos que indujo a las clases medias superiores a plegarse al proyecto neoliberal de la periferia y del centro, fueron los fondos de pensión, a los que adhirieron con la expectativa de acceder a las rentas del capital ya que los altos tipos de interés y las periódicas burbujas de los mercados de valores e inmobiliarios creaban la ilusión de una prosperidad autopropulsada.

Si la hegemonía es la promesa de largo plazo, el señoreaje es la conformidad con el presente por malo que sea y que se refleja, por ejemplo, en las tasas de interés las que, al sobrepasar la tasa de crecimiento productivo, disuelven la proyección colectiva del futuro y disocian a los empresarios y asalariados de los tenedores de activos financieros, instaurando el cortoplacismo como régimen temporal de la sociedad. Precisamente, las altas tasas de interés fue el requisito para que los capitales continuaran fluyendo y no devaluar el tipo de cambio pese al ascenso del déficit externo, tasas que Keynes sabía no aumentarían el ahorro. (Keynes creía que no era necesario elevarlas para inducir el ahorro ya que este es una función del ingreso que depende de la inversión, la que a su vez es función decreciente de la tasa de interés).

Pero sí, en cambio, volvieron autónomo al sector financiero y difundieron la magia de que el dinero genera más dinero. El fetiche se afianzó a nivel de empresas cuando los préstamos y sus intereses tuvieron mayor peso que el incremento de capital y sus dividendos. Por su parte, al quedar sometida a la alternativa huida de capitales o desacumulación industrial, la política fue pulverizada. Los gobiernos, obligados a una moneda fuerte basada en tasas de interés elevadas, dieron paso a la reestructuración industrial con desempleo permanente. La supremacía del corto plazo indujo, además, el crecimiento exponencial del capital ficticio, que especula con ingresos futuros sin ninguna contrapartida en inversiones, sólo con el fin de obtener la diferencia entre el precio de compra y el de venta, y cuya magnitud se refleja en el incremento de la pobreza y de la desigualdad en todo el mundo, en primer lugar en los propios Estados Unidos, donde se endeudó a los sectores populares en lugar de aumentar sus salarios, y donde la desigualdad ha superado los niveles de 1930.

El bloque neoliberal, conducido por una elite capitalista cada vez más rica, y administrado por una burguesía asalariada que sustituyó a la tecnogerencia de las empresas en el gobierno corporativo, con ganancias disociadas de la suerte de los negocios, forzó a los agentes económicos a satisfacer las pulsiones inmediatas. Y cuando la acumulación ya no se orientó a su reproducción ampliada, la especulación se difundió por todos los mercados. Ahora, su desintegración se profundiza en los países centrales, cuando los tenedores del capital ficticio han tratado, lo más rápido posible y todos a la vez, convertirlo en dinero, es decir, ejerciendo su preferencia por la liquidez justo cuando no deberían hacerlo. La crisis actual es por eso la del fiasco generalizado porque en el mercado de valores los beneficios se han distribuido como dividendos, mientras bajan los rendimientos de las acciones, y porque las finanzas promovieron una distribución de la renta tan sesgada que terminó socavando la fuga hacia delante que, por medio del endeudamiento, le es inherente.

* Politólogo/Conicet.

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Claves

“La inflación le brindó al capital la excusa para librarse de las regulaciones nacionales. En especial, a partir ‘del golpe del ‘79’, cuando Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal, subió abruptamente las tasas de interés.”

“La apertura de los Estados posibilitó que el centro se apropiara de los activos de la periferia y que los circuitos de valorización generados desde allí llegaran a manos de los sectores dominantes en los países desarrollados, saqueo que además benefició a los sectores dominantes locales.”

“Otro de los instrumentos que indujo a las clases medias superiores a plegarse al proyecto neoliberal fueron los fondos de pensión, a los que adhirieron con la expectativa de acceder a las rentas del capital.”

 
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