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Domingo, 8 de febrero de 2009

EL BAUL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Imaginando el futuro

La economía analiza acciones humanas que desde el presente se dirigen hacia el futuro. Tal proyección introduce en el análisis una cuota de imaginación o fantasía. Se imagina lo que vendrá desde las propias vivencias –presentes y pasadas–; desde la información con que se cuenta y la que se va recibiendo, cómo se la procesa, las innumerables mutaciones de los llamados “parámetros”, etc. Por si faltase algo, nuestra propia representación del mundo por venir se ve contaminada por lo que particularmente deseamos que sea. “Todo el proceso físico por el que las sensaciones afectan nuestro juicio y nuestra conducta está envuelto en el misterio. Los psicólogos parecerían más competentes que nosotros los economistas.” Esto dice Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914) en Capital e Interés (1884-1889), la obra que contribuyó al estudio del interés según la escuela económica austríaca, caracterizada por considerar los factores subjetivos que inciden en las decisiones económicas. Dicho autor justificaba el valor positivo de la tasa de interés por tres razones: primera, porque se prefieren bienes y servicios ahora, antes que bienes y servicios en una fecha futura (preferencia en el tiempo); segunda, porque se espera en el futuro un ingreso superior; y tercera, por la mayor productividad de los métodos de producción indirectos. Parece obvio, pero ¿por qué preferimos un millón de pesos (o la suma que sea) hoy y no dentro de cinco años? Porque sabemos lo que significa para nosotros esa suma hoy, pero no lo que pueda significar dentro de un quinquenio: el dinero puede perder su valor, e incluso nosotros podemos no estar para disfrutarlo. A esa incertidumbre de los hechos futuros se suma la expectativa de muchos de mejorar sus ingresos (por ejemplo, estudiantes de carreras profesionales, que esperan diplomarse dentro del quinquenio); el incremento de un millón, respecto del ingreso actual, es un incremento de utilidad mayor que el mismo millón sumado al ingreso futuro (principio de utilidad marginal decreciente). En tercer lugar, el factor impaciencia, que lleva a preferir el consumo inmediato a un consumo diferido. “Como regla general –decía Böhm-Bawerk– los bienes presentes son, por razones tecnológicas, medios preferidos para la satisfacción de las necesidades, y por tal razón son garantía de mayor utilidad marginal que lo que son los bienes futuros.”

A gastar, que son dos días

Una importante franja del pueblo argentino revela poca disposición a obtener con su propio trabajo los bienes necesarios para la vida, y considera que el Estado está obligado a proporcionárselos. No hace mucho tiempo todos vimos en los medios a barrios enteros manifestando su pretensión de ocupar viviendas ya preadjudicadas en virtud de planes sociales. La política persistió en sacar buen partido de esta singular propensión. En la primera presidencia de Juan Perón la Fundación Eva Perón entregaba máquinas de coser; y los sindicatos, guardapolvos y útiles escolares, todo sin cargo monetario alguno para sus beneficiarios. En tiempos recientes, se regalaron pequeñas sumas mensuales a jefes de familia sin otros recursos, que en ciertos casos sirvieron para no buscar empleo. De nuevo, la historia se repite, pero no es idéntica. Ya no se trata de bienes de producción, dirigidos a cambiar la estructura social, sino de bienes de consumo durable: automóviles, heladeras y electrodomésticos varios, capaces, sin duda, de mejorar el confort doméstico. Los regalos de Perón eran en parte donación de sus fabricantes. Los actuales, en cambio, los deberán pagar sus propios beneficiarios, en cuotas, durante un año al menos. Los beneficiarios, claro está, no están obligados a endeudarse para obtener estos bienes de confort. ¿Qué harán? El habitante común obtiene su información sobre el futuro de las noticias radiales o televisivas. Todos los medios le informan de expectativas de declinación de actividad económica y de empleo. Nada le garantiza que la posibilidad de perder su empleo sea algo que sólo les sucede a otros, en otros países. Por el contrario, en cualquier momento puede sucederle a él. De tal modo, si compra el auto, la heladera o el electrodoméstico, su propia fotografía del futuro lo muestra en posesión de alguno de esos artefactos, tal vez privado de su empleo, cargado de cuotas para cuyo pago no percibe ingreso alguno. Cualquiera, con dos dedos de frente, piensa que mejor que gastar y quedar endeudado es atesorar ese dinero para cuando falte. El plan, destinado a proporcionar a las empresas productivas una demanda adicional de sus productos, que les permitiese recuperar sus niveles normales de producción, puede fracasar debido a la falta de acompañamiento de la demanda, una respuesta natural con expectativas de ingreso y empleo decrecientes.

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