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Domingo, 17 de mayo de 2009

ENFOQUE

19.000 veces

 Por Ricardo Aronskind *

En un estudio publicado en agosto de 2008 –antes de que se produjeran los mayores derrumbes financieros de la historia norteamericana–, dos ONG de ese país, el Institute for Policy Studies y United for a Fair Economy, publicaron un informe denominado Excesos Ejecutivos 2008 en el que presentan una serie de datos extraordinariamente reveladores sobre la desproporción distributiva a la que se llegó en los Estados Unidos. El estudio toma los ingresos recibidos por los 50 ejecutivos más importantes de los hedge funds (“fondos de cobertura”), es decir, las empresas “estrellas” del mercado financiero mundial, para el año 2007; realiza un promedio de los cuantiosos cobros de dichos ejecutivos y lo compara con el ingreso promedio de un trabajador norteamericano. La cifra que surge es apabullante y obliga a su relectura y chequeo antes de reproducirla: un alto ejecutivo de una empresa especializada en fondos de cobertura cobraba por su labor 19.000 veces lo que recibía un trabajador común.

¿De qué estamos hablando? Según estas cifras, un trabajador normal debería trabajar durante 19.000 meses para llegar a acumular un equivalente a lo que el ejecutivo ganaba en un solo mes. Con sólo 1580 años de trabajo (sic), obtendría los mismos fondos. Visto de otra forma: 19.000 trabajadores, con sus familias, equivalen a una ciudad de, digamos, 75.000 habitantes. O sea: una pequeña ciudad podía vivir, en Estados Unidos, con los ingresos mensuales de uno de estos ejecutivos de finanzas.

Imaginemos estos ingresos trasladados a un país pobre de la periferia, en la que millones de personas sobreviven con dos dólares por día: 750.000 personas podrían subsistir todo un año con los 588 millones embolsados por estos ejecutivos norteamericanos en ese mismo período.

La teoría económica predominante sostiene que, en el mercado de trabajo, cada cual es remunerado de acuerdo con el aporte que realiza al proceso productivo. Se comprende que un trabajo calificado no es igual a uno simple, y que puede equivaler al monto de varios trabajos simples. Pero ¿alguien puede sostener, seriamente, que un ejecutivo de finanzas aporta a la sociedad 19.000 veces lo que un trabajador común genera en una ocupación promedio? Si se descarta, por ridícula, la explicación apologética del enriquecimiento fácil, sólo es posible entender esta desmesura en materia remunerativa como resultado del ejercicio de un poder ilimitado en lo que se llama mercado. En este caso, el mercado no debe ser entendido como un ámbito donde existe la competencia –que debería disciplinar a los agentes– sino como un espacio en donde las transacciones económicas, los intercambios entre empresas y personas están fuertemente atravesados por el ejercicio del poder. Un poder que es económico, político y cultural. Entre otras razones, no se impugna socialmente esta desmesura porque en la mayoría de las universidades se enseña que esto es “normal”, producto de las fuerzas “impersonales” del mercado.

Las 19.000 veces que separan a un ejecutivo de finanzas de un trabajador norteamericano son entonces el resultado de sucesivas asimetrías de poder: los países centrales versus los periféricos, las multinacionales versus la firmas pequeñas, los trabajadores versus las empresas, las empresas versus los financistas y hasta los ejecutivos versus los accionistas. Sólo una larga cadena de despojos puede explicar cómo se generó una brecha tan descomunal de ingresos.

Al mismo tiempo, si bien este caso es espectacular, revela una tendencia más profunda y generalizada: el sostenido proceso de concentración del ingreso a nivel global y nacional desde hace más de 30 años, que está en la base de la actual crisis económica mundial.

Se lo puede observar con claridad en este caso extremo: ¿cuántos autos, heladeras, casas, etc. comprarían 19.000 trabajadores si se duplicaran sus sueldos? ¿Cuántos autos, heladeras, casas compra un súper ejecutivo de finanzas? Aunque despilfarre, aunque sea coleccionista de autos caros, aunque tenga una mansión en cada ciudad que visita, nunca podrá gastar esos ingresos. Los invertirá. ¿En qué? En nuevos activos financieros, que ofrezcan rendimientos tan jugosos como los que él mismo administra. Es decir, la forma distributiva que ha asumido este tipo de capitalismo tiende a generar subconsumo por el lado de las mayorías e hipertrofia financiera por el otro. La reiteración de burbujas en las décadas recientes –de las cuales la que explotó a fines de 2008 es sólo la última– nos habla de un fenómeno estructural que sigue sin ser abordado. Parece evidente que la solución de fondo del problema económico global requiere –entre otros elementos– políticas redistributivas muy marcadas, por ahora no mencionadas entre las opciones que manejan los países más poderosos. Pero es aún más complicado el problema desde el punto social y político, ya que esta brutal distorsión distributiva sólo ha sido posible gracias a una distribución igualmente asimétrica del poder social e ideológico. Se ha naturalizado que, mientras provenga del “mercado”, cualquier brecha social es razonable. Pero ¿cuántas veces sería razonable que supere el ingreso más alto al más bajo, en una sociedad integrada y vivible, que combine adecuadamente garantías de vida digna e incentivos al esfuerzo y la creatividad? Esta pregunta ni siquiera se formula, porque la percepción colectiva es que es imposible establecer criterios en relación con esta cuestión. La economía se ha salido del control de los ciudadanos. La distribución queda librada entonces a las misteriosas fuerzas del mercado, que en realidad son los ejecutivos de las empresas que controlan al mercado.

Estos altos ejecutivos financieros en los Estados Unidos son llamados abreviadamente CEO, sigla de principal oficial ejecutivo, que casualmente coincide con un nombre de la mitología griega. Ceo era el titán de la inteligencia. Sin embargo, fue derrotado por Zeus. ¿Quién será el Zeus encargado de poner en su lugar a los dioses descontrolados de la inequidad?

* Economista UNGS-UBA.

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Imagen: EFE
 
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