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Domingo, 30 de agosto de 2009

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Abogados y economistas

Abogados y economistas han convivido por mucho más tiempo que lo que el común de la gente imagina. En la Política y en la Etica Nicomaquea, de Aristóteles, categorías económicas como la división del trabajo o el valor de cambio, cohabitaron pacíficamente con la categoría justicia, originadora de la ciencia de las leyes. Con el tiempo, economía y jurisprudencia se hicieron conocimientos autónomos, pero no con igual rapidez: la abogacía se emancipó primero, hasta evolucionar como Facultad dentro de las universidades. Entretanto alcanzaba su propia independencia, la Economía fue apenas un capítulo del Derecho. A comienzos de la Edad Moderna, los aportes económicos precursores de los escolásticos Lessius, Molina y Lugo, se hallaban contenidos en obras intituladas De Iustitia et Jure. Cuando Manuel Belgrano llegó a España para estudiar Derecho, en ninguna universidad de la península se enseñaba Economía. Cuando Carlos III, tras crear en Nápoles la primera cátedra de Economía (1754), pasó a reinar en España, quiso difundir este conocimiento, eligió la Sociedad de Amigos del País, de Zaragoza, para crear una cátedra. Pocos años después, la Revolución Francesa despertó en Belgrano interés por la Economía, pero la Universidad de Salamanca no tenía cátedra de esta materia, y el futuro prócer argentino debió apoyarse en un grupo extracurricular. León Walras, el fundador de la economía matemática, desarrolló toda su carrera docente en la Facultad de Derecho de Lausana, donde no halló alumnos para formar discípulos, por lo que propuso al ministro de educación de Francia sacar la enseñanza de Economía de las facultades de Derecho y darle el rango de ciencia. Economía en la Argentina se enseñó en el Departamento de Jurisprudencia desde 1826, y desde 1855 en la Facultad de Derecho. A principios del siglo 20, tras un notable crecimiento económico, se comenzó a pensar en mover los estudios económicos de la Facultad de Derecho y crear una institución diferenciada. Así se creó en 1910 el Instituto de Altos Estudios Comerciales (IAEC) que ofrecía las carreras de Contador Público y de Licenciado en Economía. El IAEC en 1913 se convirtió en la Facultad de Ciencias Económicas, con una carrera: Doctor en Ciencias Económicas. Tras cuatro planes de estudio, el Plan “E” creó la Licenciatura en Economía Política, separada de la de Administración y la de Contador Público Nacional.

Historias de pingüinos

El reciente veto del PEN a la Ley de Emergencia Agropecuaria que eximía de retenciones a una treintena de distritos del sur de Buenos Aires, arrasados por la sequía, desprovistos de capacidad contributiva, viene a confirmar la percepción de odio al campo por un sector de la clase política urbana. El campo es un espacio extenso, o “abierto”, como decía Guido Di Tella. Quien se angustia ante él es un agorafóbico, y es un caso para el psicoanálisis. Un sentimiento parecido abrigaba D. F. Sarmiento, al considerar a la ciudad sede de la civilización y al campo sede de la barbarie (Facundo o Civilización y barbarie, 1845). Otros estudiosos notan que el odio se proyecta a todo espacio aledaño o lindero con el propio, ocupado por “los otros”, considerado “sede del mal”. Hay quien señala que Anatole France (1844-1924) describió el caso en su libro L’ile des pingouins (1908). Exegetas de A. France opinan que el autor emplea el término “marsuinos” como forma encriptada de “campesinos”, por lo que el siguiente relato podría leerse reemplazando “marsuinos” por “campesinos”:

“En aquel momento, un pastor pasó junto a él tocando la dulzaina.

–Es una música heroica –opinó Graciano.

–Es el himno de guerra contra los marsuinos –respondió el labriego–. Todos lo cantamos. Los niños lo aprenden antes de hablar. Somos buenos pingüinos.

–¿Odiáis a los marsuinos?

–¡A muerte!

–Y ¿por qué razón los odiáis a muerte?

–¡Qué pregunta! ¿No son los vecinos más próximos de los pingüinos?

–Indudablemente.

–Pues bien; por eso los pingüinos odian a los marsuinos.

–¿Os parece bastante poderosa esa razón?

–¡Claro que sí! Quien dice vecinos, dice enemigos. Mira el campo lindante con mi propiedad: es del hombre a quien más odio en el mundo. Mis mayores enemigos, después de él, son los habitantes del pueblo próximo, que arraiga en la otra vertiente del valle, al pie de un bosque de álamos blancos. En el angosto valle, hundido entre montañas, no hay más que dos pueblos, y son enemigos. Cada vez que nuestros mozalbetes encuentran a los de los otros, se cruzan insultos y porrazos. ¡Cómo es posible que los pingüinos no sean enemigos de los marsuinos! ¿Ignoras lo que significa el patriotismo? Constantemente asoman dos gritos a mis labios: “¡Vivan los pingüinos!” “¿Mueran los marsuinos!” (*)

(*) Anatole France, La isla de los pingüinos. Versión castellana de Luis Ruiz Contreras. Madrid: Renacimiento, 1912, pp. 7-8. Reimpresión: Buenos Aires: Compañía General Fabril Editora, 1961, p. 14.

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