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Domingo, 13 de junio de 2010

EL CASO JERôME KERVIEL

El pícaro francés

 Por Carlos Weitz

El martes pasado Jérôme Kerviel, un joven francés de 33 años, entró al juzgado criminal de París vestido con un traje oscuro, camisa blanca y una corbata a rayas finas. Se mantuvo en silencio mientras seguía a su abogado, Olivier Metzner, uno de los penalistas más reconocidos de Francia. Decenas de periodistas pugnaban por retratar a este ex empleado del segundo banco francés, Société Générale. Kerviel debe responder ante la Justicia por cargos de falsificación, abuso de confianza agravado e introducción fraudulenta de datos en el sistema informático del banco. Se lo acusa de haber realizado operaciones no autorizadas con índices bursátiles en los mercados financieros por un monto de 50.000 millones de euros, provocándole al banco pérdidas por 4900 millones de euros. La investigación demostró las carencias de los servicios de control internos del Société Générale, por lo que el regulador multó en cuatro millones de euros al banco, mientras que varios responsables de las áreas comprometidas fueron despedidos.

Los hechos saltaron a la luz pública el 24 de enero de 2008, cuando el banco francés reconoció haber sido objeto de un fraude gigantesco, señalando sin embargo que no le constaba que Kerviel hubiera obtenido un beneficio personal directo.

Hasta hoy resulta inverosímil creer que un simple empleado del banco haya podido realizar operaciones por un monto 700 veces superior al que tenía autorizado, poniendo en riesgo a la institución y a todo el sistema financiero francés, sin que nadie se diera cuenta de la maniobra. La investigación determinó que Kerviel inventó operaciones ficticias para esconder las que sí había realizado por montos exorbitantes.

El juicio, que durará unas tres semanas y en el que comparecerán más de 40 testigos deberá dilucidar, sobre todo, una cuestión: si Kerviel actuó en solitario sobrepasando todos las normas y permisos –como sostienen los responsables de Société Générale– o lo hizo con la connivencia tácita de sus jefes. Si es considerado culpable, puede ser condenado a cinco años de prisión y a pagar 375.000 euros de multa más daños y perjuicios.

Para su abogado defensor el responsable no es un hombre, sino un sistema. “La persona que comparece ante el tribunal es un peón (de ajedrez), una ficha que ha sido utilizada para obtener beneficios y de la que se han deshecho cuando ha dejado de interesarles.” Kerviel ha escrito un libro contando su verdad, incluyendo en el mismo algunas metáforas coloridas tales como “Dentro de la gran orgía bancaria, los operadores (como él) sólo reciben la consideración de una prostituta, un agradecimiento rápido por las ganancias del día”. Su abogado ha señalado que las autoridades del banco estaban al tanto de las operaciones llevadas a cabo por su defendido, alentándolo a obtener mayores beneficios.

Kerviel se trasformó en una figura popular en Francia por distintos motivos. Algunos se regocijan con el hecho que un profesional pueblerino proveniente de una pequeña ciudad de Bretaña, educado fuera de las grandes universidades francesas (Grandes Ecoles) lograra burlar a la flor y nata de la elite financiera parisiense por montos multimillonarios. Otros lo han catalogado como un moderno justiciero o un Robin Hood dedicado a sacarles dinero a las grandes compañías financieras. Sin embargo, el mismo Kerviel dio una pista de las verdaderas motivaciones por las que arriesgó su libertad al señalar que esperaba que el banco le pagara una compensación importante por sus servicios, cercana a 300 mil euros al final de 2007.

Por lo pronto, y siguiendo prácticas de pícaros de otras latitudes, Kerviel aprovecha su minuto de fama promocionando su libro, donde defiende sin reservas las fechorías que ha cometido

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Jérôme Kerviel.
 
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