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Domingo, 4 de mayo de 2003

EL NUEVO PERFIL AGROPECUARIO

Republiqueta sojera

El campo argentino está dejando de ser el “granero del mundo” para transformarse en monoproductor de soja.

Por Miguel Teubal

Los datos del Censo Nacional Agropecuario presentados por el Indec reflejan ciertas tendencias preocupantes referidas al sector agropecuario. Una de las más importantes que trasluce es el auge sostenido que ha tenido la soja a lo largo del período intercensal (1988-2002) y, en particular, la soja transgénica a partir de 1996. En efecto, el aumento de la superficie implantada con oleaginosas –principalmente soja– aumentó 60,4 por ciento en la región pampeana, 86,5 por ciento en el NEA y 138 por ciento en el NOA. Al margen de la información censal, se sabe que el aumento de la producción sojera, en especial la transgénica, se debió básicamente a la incorporación de mayor superficie dedicada a este cultivo y no a aumentos de la productividad por hectárea. Desde mediados de los ‘90 aumenta la incorporación de la soja transgénica –en la actualidad más del 95 por ciento de la soja es transgénica– debido a que pudo combinarse con menores costos y rentabilidades derivados de la siembra directa, y la utilización del glifosato. Asimismo, más del 90 por ciento de la soja se destina a exportaciones, orientándose fundamentalmente al consumo animal de los países europeos.
El auge de la soja se produjo a costa de la producción de otros productos agropecuarios y alimentos básicos de consumo masivo. Esto lo refleja el censo por la menor superficie dedicada a los tradicionales cultivos industriales del interior y a un menor stock ganadero, tanto vacuno como porcino y ovino. Sin embargo, se sabe que también se redujo la producción de una serie de productos de consumo popular tales como arvejas, lentejas, porotos o maíz amarillo, así como también la de frutales, al tiempo que en el país siguen desapareciendo día a día los tambos y la producción de lácteos. Se produjo una fenomenal especialización en la producción sojera tendiente a que la Argentina pierda su tradicional autosuficiencia alimentaria.
Otra de las tendencias preocupantes que presenta el censo, y que también se vincula con el auge de la soja en general, y la soja transgénica en particular, tiene que ver con la desaparición de una serie de explotaciones agropecuarias. Según el censo, el número total de las explotaciones agropecuarias se redujo 24,5 por ciento a nivel nacional y 30,5 por ciento en la región pampeana. En gran medida esto se debe a una política deliberada de impulsar una agricultura “eficiente” sin agricultores. Según el censo, aumentó a nivel nacional el tamaño promedio de las explotaciones agropecuarias. Así se deduce claramente la desaparición de medianos y pequeños productores. No es cierto entonces que la producción sojera es neutral con respecto a la escala de producción: les resulta más difícil a los medianos y pequeños productores dedicarse a este cultivo.
En definitiva, el perfil productivo del sector agropecuario está cambiando. Poco a poco está dejando de ser el “granero del mundo” de antaño, exportador de carnes y cereales a la economía mundial, pero que también eran los alimentos básicos de consumo popular a nivel interno. Nos estamos especializando en un producto de exportación con todos los riesgos que ello comporta al tiempo que se va perdiendo la capacidad para alimentarnos adecuadamente, perdiendo esa cualidad única que tenía nuestro país entre los países del tercer mundo.
De ninguna manera puede la soja ser nutricionalmente un sustituto de la leche, la carne, los cereales, la fruta o las hortalizas. Asimismo, paulatinamente se ha dejado de ser un país de medianos y pequeños productores, de chacareros, cañeros, algodoneros y yerbateros. Cada vez más el agro se transforma en una agricultura sin agricultores, consolidándose la gran propiedad.
Para colmo de males, y contrariamente a lo que pregonan los promotores de la soja transgénica, el boom que ha tenido este cultivo hacia fines de los ‘90 no fue acompañado por una reducción del hambre y la pobreza. Todo lo contrario. Cabría preguntarse por qué. La expulsión de numerososproductores y trabajadores del sector contribuyó al aumento de la desocupación a nivel nacional agravada, sin duda, por la reestructuración habida en la industria alimentaria y a nivel de la distribución final de alimentos (supermercadismo). Se sabe que la mayor concentración, integración vertical y centralización del capital a nivel de esos sectores, también redujeron sustancialmente los puestos de trabajo. Y la desocupación sí incide sobre el hambre y la pobreza. Por otra parte, la menor disponibilidad de alimentos básicos, juntamente con la creciente monopolización u oligopolización e integración vertical al interior del sistema agroalimentario, inherente a un modelo liderado cada vez más por grandes empresas transnacionales que operan en la distribución final y el procesamiento industrial de alimentos, y ahora también a nivel de la provisión de semillas transgénicas, fueron factores que también influyeron sobre el alza de los precios de los alimentos. Tanto la desocupación como el alza de los precios inciden sobre el “acceso a la alimentación” de vastos sectores sociales y, por ende, sobre el hambre y la pobreza.

* Investigador del Conicet en el Centro de Estudios Avanzados de la UBA. Miembro del Foro de la Tierra y la Alimentación.

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“La expansión de la soja impulsa una agricultura sin agricultores”, sostiene Teubal.

Censo / agro

Los datos del Censo Nacional Agropecuario presentados por el Indec reflejan ciertas tendencias preocupantes referidas al sector agropecuario.

Una de las más importantes es el auge sostenido que ha tenido la soja y, en particular, la transgénica.

Esa expansión se debió básicamente a la incorporación de mayor superficie dedicada a este cultivo y no a aumentos de la productividad por hectárea.

Contrariamente a lo que pregonan los promotores de la soja transgénica, el boom que ha tenido este cultivo no fue acompañado por una reducción del hambre y la pobreza.

 
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