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Domingo, 1 de febrero de 2015

MODELOS DE CRECIMIENTO Y RECURSOS NATURALES

La hegemonía del extractivismo

En el debate sobre las políticas económicas que forman parte de la presente campaña electoral brilla por su ausencia una perspectiva crítica sobre el impacto del extractivismo.

 Por Miguel Teubal *

Según Boaventura de Sousa Santos (Página/12, del 30 de diciembre pasado), los Estados Unidos están pergeñando una nueva guerra fría que tiene su epicentro en Ucrania, y que involucra enfrentamientos con Rusia y en cierta medida con China. Según este autor, elementos de esta guerra pueden modificar radicalmente las tendencias actuales de la política mundial. En su análisis, el gobierno de los Estados Unidos ha establecido un acuerdo con Arabia Saudita que comprende una política deliberada de baja de los precios del petróleo a cambio del mantenimiento del dólar como moneda central en las operaciones de compraventa de petróleo. Y que esta baja tiene como mira la economía rusa, y subsidiariamente otras economías un tanto hostiles, como Irán, Venezuela y Ecuador. Por cierto para Rusia, que depende significativamente de sus exportaciones de petróleo, la caída de ese precio tiene efectos importantes en su economía interna. Como contrapartida están los arreglos de China con Rusia para sustituir al dólar en sus intercambios comerciales. Asimismo está la serie de propuestas para que muchos países sustituyan sus tenencias de títulos estadounidenses por otras monedas. Pero un dato importante a considerar es que, según Boaventura, los “expertos” que ven en la venta de deuda una actitud hostil hacia los Estados Unidos son los mismos que aconsejan a los inversores estadounidenses proceder de la misma manera, es decir, deshacerse de los títulos públicos, comprar oro e invertir en bienes sin los cuales los seres humanos no pueden vivir: tierra, agua, alimentos, recursos naturales, energía.

Los consejos de los “expertos” a que hace referencia Boaventura tienen como mira la rentabilidad de las inversiones en la explotación de los recursos naturales, que aumentaron significativamente en años recientes. Tan es así que muchos autores consideran que se ha abierto una nueva etapa en el de-sarrollo del capitalismo mundial, la etapa de la hegemonía del extractivismo, en la que el grueso de estas inversiones en la explotación de los recursos naturales es realizado por empresas transnacionales.

¿Podemos esperar que sean estos inversores los que se han de preocupar por el cuidado de los recursos naturales y del medio ambiente tan importantes para el bienestar de los países involucrados e incluso la supervivencia de la humanidad? ¿No es de extrañar que estas propuestas no necesariamente condigan con el bien común, siendo ampliamente rechazadas por movimientos sociales que defienden la naturaleza, la democracia y la soberanía nacional?

Al abordar esta problemática en América latina generalmente se hace referencia a la productividad (rentabilidad) de las inversiones de capital, no a sus efectos externos, daños colaterales que generan o deseconomías externas. Controlar estos factores, evitar la depredación y contaminación del agua, la deforestación masiva, el malcomer en la sociedad y otros males, son actividades que se encomiendan presumiblemente a los estados nacionales.

No cabe duda de que a partir de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner hubo importantes cambios en las políticas económicas y sociales con relación a las que fueron aplicadas durante el neoliberalismo. Sin embargo, en el debate sobre las políticas económicas que forman parte de la presente campaña electoral brilla por su ausencia una perspectiva crítica sobre el impacto del extractivismo en nuestro país. Por una parte, el oficialismo siguió impulsando y aprobando en el Congreso Nacional, en legislaturas provinciales, y mediante resoluciones que adoptan muchos gobernadores, normas, medidas y leyes que favorecen a determinadas empresas y sectores que tienen que ver con la explotación de los recursos naturales. Tampoco la oposición presenta argumentos sustanciales –salvo algunas excepciones– que avalen un rechazo contundente del extractivismo. Parecería que se quiere soslayar una temática que puede ser irritativa tanto para el oficialismo como para la oposición.

Sin embargo, si consideramos la serie de proyectos y propuestas de inversión que han sido elaborados y aprobados, y que habrán de incidir sobre el perfil de la estructura productiva y social de nuestro país en el futuro, el extractivismo ocupa un lugar importantísimo. Tanto el fracking que se proyecta para la producción hidrocarburífera como el impulso dado a la megaminería metalífera en numerosas provincias, así como el objetivo manifiesto de seguir impulsando contra viento y marea al agronegocio fundamentalmente sojero, y ahora también maicero, son todos elementos que hacen presumir que efectivamente en nuestro país se está impulsando la creciente reprimarización de la economía. Son muy escasas las perspectivas críticas que se hacen sobre esta temática, quizá porque se tiende a considerarla un tema menor, impulsado exclusivamente por el “ambientalismo”.

No cabe duda de que el extractivismo está muy presente en el panorama mundial. Las preguntas que surgen son: ¿cómo ha de incidir en el orden económico interno de nuestro país?, ¿cómo cuidar nuestros recursos naturales, cuando ese extractivismo es y ha sido inherente a la colonialidad del poder que ejercen los poderes imperiales y empresas transnacionales que responden a sus intereses?

Todo ello preocupa precisamente porque las medidas adoptadas en nuestro país y en America latina no significan una defensa de los recursos naturales, incluyendo el agua, la tierra, los alimentos, la energía. El extractivismo impulsado se basa en un modelo de desarrollo que privilegia economías a escala de producción, grandes empresas transnacionales, un perfil netamente exportador en detrimento de los recursos naturales preexistente y una variedad de lo que los economistas denominan deseconomías externas, incluyendo problemas sociales y ambientales como la contaminación del agua, del aire, de la tierra, deforestación masiva, fumigaciones indiscriminadas y deterioros que se extienden más allá de los propiamente productivos, como ser la alimentación. En definitiva, lo que debería debatirse son otras perspectivas y modelos que superen ampliamente estos trances actuales que involucra el extractivismo.

* Economista. Profesor de la UBA, investigador del Conicet.

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