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Domingo, 28 de marzo de 2004

BUENA MONEDA

El riesgo Lula

 Por Alfredo Zaiat

La simpatía política brinda una primera chance a la duda antes de criticar a un gobierno que aspira a defender los intereses de la mayoría excluida. También entrega una cuota adicional de paciencia frente a estrategias económicas que están probadas que conducen al fracaso. Ese gesto voluntarista de querer que le vaya bien a un presidente de origen obrero concluye en interpretar que todo lo que está pasando es una necesaria transición para poder concretar los sueños construidos en décadas. Ese comportamiento de complacencia, que se entiende pero que a esta altura ya tiene un tono de ingenuidad, tiene riesgos. El gobierno de Lula da Silva está transitando un peligroso sendero, que debe ser observado con atención por el de Kirchner, porque un desenlace traumático de esa gestión tendrá ineludibles costos para la región.
Los ojos argentinos no tuvieron en general buena lectura de la realidad económica brasileña. Varias veces los economistas que hablan de todo y se equivocan en todo preanunciaron el estallido del vecino. La situación social, económica y política de Brasil es lo suficientemente compleja para que pueda ser abordada en análisis simplistas. El camino de la ortodoxia en materia financiera que eligió Lula no necesariamente conducirá al default. Pero tampoco desembocará en el paraíso de crecimiento que prometen pero nunca cumplen los profetas del neoliberalismo. Aquí lo que está en juego es una batalla para definir un nuevo paradigma de desarrollo. Y Lula es una pieza clave en esa puja.
En estas semanas de tensión, la editorial del conservador Financial Times del martes pasado es reveladora en ese sentido. Pondera la estabilidad de precios y la reforma en el sistema de seguridad social como logros notables del gobierno del PT. Pero advierte que debido a que “la recuperación de la economía brasileña es más lenta de lo que se esperaba” Lula está atravesando un período de fuertes críticas. El Financial Times recomienda que “Lula no debe permitir que los vientos lo desvíen de su rumbo”. Y le aconseja que “debe ser aún más enfático en su defensa de las políticas económicas de su gobierno”.
La economía brasileña retrocedió 0,2 por ciento en 2003; la desocupación en San Pablo, corazón industrial del país, está cerca del 20 por ciento de la población económicamente activa; la tasa de interés se ubica en umbrales del 10 por ciento en términos reales; la deuda externa sigue creciendo pese a la efectivización de pagos crecientes; y la Iglesia advirtió que la pobreza ha alcanzado niveles alarmantes.
Un escenario de fracaso de Lula no sería uno más de los que se han ido acumulando en los últimos años en la región, como el registrado, por ejemplo, con la Alianza que impulsó a la presidencia a Fernando de la Rúa. Significaría un golpe fuerte a la corriente de cambio que va cubriendo a Latinoamérica luego de las consecuencias desastrosas de décadas de neoliberalismo. Por eso mismo no es irrelevante la editorial del FT, que resume el pensamiento de los sectores que presionan para que Lula siga con la política que lo aleja de la plataforma del PT y de su base electoral.
Esos mismos sectores no explican por qué con las extraordinarias condiciones internacionales (tasas bajísimas y precios de los commodities altos) Brasil no reacciona. En ese sentido, es peculiar el análisis de ojo tuerto de economistas de la city: dicen que la Argentina está perdiendo una oportunidad extraordinaria ante el favorable contexto económico internacional de crear las condiciones para un crecimiento sostenido. Y que lo lamentará cuando cambien esos vientos. Pero nada dicen del tiempo que está perdiendo el Brasil que tanto elogian, postrado en esa situación tan positiva de variables exógenas. ¿Qué habría que esperar, entonces, para este Brasil atrapado en la ortodoxia económica ante una suba de la tasa internacional o una agachada de los commodities?
Los liberales de pura cepa se sienten incomprendidos porque sostienen que Carlos Menem no llevó adelante una política verdaderamente liberal. Y sostienen que de esa forma fueron perjudicados porque sus ideas terminaron desprestigiadas frente al saldo de concentración del ingreso y extensión de la desocupación y pobreza del gobierno de Menem. Ahora, ese mismo riesgo lo tiene la vereda del progresismo con la experiencia de Lula. Y también existe aquí con la gestión Kirchner.
La valiente política en derechos humanos, como también la batalla que se está librando en el tema de la renegociación de la deuda, no debería inhibir de realizar observaciones a una política económica que, mal que le pese a algunos, mantiene bases ortodoxas. Así una política que se presenta como progresista, pero que en realidad fue travestida en ortodoxa, puede terminar sumando a su mochila un eventual fracaso que no le correspondería. Fracaso que consistiría en mantener un patrón de crecimiento sin equidad con un discurso progresista.

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