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Domingo, 3 de febrero de 2008

BUENA MONEDA

Marca a fuego

 Por Alfredo Zaiat

La banca central de Estados Unidos y de Europa están teniendo diferentes respuestas ante la crisis financiera gatillada por los créditos hipotecarios suprime. Mientras que la Reserva Federal dispuso dos desesperados ajustes a la baja de la tasa de interés, para sumar una reducción de 1,25 punto porcentuales en apenas ocho días, el Banco Central Europeo no alteró su política monetaria. Si bien la potencia hegemónica mundial expresa una situación más inquietante, las economías europeas no están inmunes a la crisis y están bajo una creciente amenaza ante la cada vez más probable recesión en Estados Unidos. Sin embargo, uno y otro poder monetario han emprendido caminos divergentes en cuanto a la utilización de la tasa de interés como herramienta para enfrentar un problema económico, en este caso el riesgo de una fuerte desaceleración del nivel de actividad a partir de una debacle financiera.

Esas distintas estrategias tienen que ver con el objetivo principal que se plantean las respectivas autoridades monetarias. Mientras la Fed disminuye la tasa para evitar que la economía ingrese en un sendero recesivo, el BCE apunta a impedir una disparada de la inflación manteniendo sin cambio el nivel del costo del dinero. Ambos enfrentan la misma dificultad de aumento de precios por encima del promedio de las últimas décadas: Estados Unidos registró la inflación más elevada de los últimos 17 años, y la zona del euro ha tenido uno de los índices de precios más elevado de su historia. Ante una situación similar, sus políticas monetarias son discordantes.

Coincidieron, en cambio, al inicio de la crisis, cuando evaluaban que era un problema de liquidez el efecto sobre los bancos del derrumbe de la burbuja especulativa con activos financieros derivados de créditos hipotecarios de mala calidad. En esa instancia, las dos bancas centrales inundaron el mercado de euros y dólares mediante operaciones de liberación de liquidez a la plaza financiera. Ese camino se reveló insuficiente porque la crisis no era de escasez de fondos, sino que la tormenta se manifestaba por el frente de la solvencia. Una vía para aliviar las cuentas de los bancos entonces fue bajar la tasa de interés, como hizo la Reserva Federal. De ese modo busca frenar el ritmo de crecimiento de la morosidad de los deudores y disminuir también el devengamiento de intereses impagos. Es una forma de rescate del sistema financiero y de los especuladores. Otro camino fue el emprendido por los europeos, que consistió en el salvataje directo a través de la nacionalización o la adquisición forzada de entidades al borde de la quiebra (dos casos recientes son, por razones diferentes, los ingleses con el banco Northern Rock y los franceses con el Société Générale).

Más allá de cuestiones coyunturales sobre cómo enfrentar la crisis financiera, el actual comportamiento de las bancas centrales más importantes del mundo se reconoce en las historias traumáticas que vivieron en el siglo pasado: Estados Unidos con la Gran Depresión del ‘30, mientras que Europa con la hiperinflación de la República de Weimar, en Alemania. Esos dos acontecimientos han definido las prioridades de esas sociedades, interpretadas por su banca central. Para la primera, evitar a cualquier costo una recesión profunda y, tras esa meta, se entiende la angustiosa reducción de la tasa a una velocidad inédita. La caída de la economía y la consiguiente crisis social con elevada desocupación es una marca a fuego en los estadounidenses, que sus instituciones políticas y económicas intentan eludir como principal objetivo. Lo fundamental es, entonces, mantener el nivel de actividad económica en línea con el Producto potencial y una baja tasa de desocupación. Luego, aparece la inflación como una cuestión importante, pero no la más relevante.

En cambio, bajo la decisiva influencia de la dramática experiencia alemana, los europeos escapan a cualquier riesgo de un escenario de elevada inflación. Tras esa meta han convivido durante años con índices de desocupación muy altos, situación que han amortiguado con amplios programas de seguro de desempleo. Entonces, la herramienta de la tasa de interés es utilizada por el Banco Central Europeo en primer lugar para contener los precios y luego, si es necesaria, para impulsar la economía por encima de su potencial o para evitar una recesión. Europa puede convivir con un crecimiento muy modesto y desocupación, pero no con una inflación creciente.

Esas presencias tan fuertes de las bancas centrales ahuyentando los fantasmas más arraigados de sus respectivas sociedades, independientemente de cuál de las dos es más eficiente para enfrentar los problemas, constituyen una enseñanza notable: los países que aprenden de sus traumas hacen todo lo posible para no repetirlos, incluso asumiendo riesgos que otros esquivarían.

En esa instancia la referencia a la cuestión argentina es ineludible. La complejidad del caso es que el país ha tenido que enfrentar a todos los demonios: hiperinflación, depresión económica y elevada desocupación, con los consiguientes desequilibrios fiscales y endeudamiento descontrolado, con cesación de pagos incluido. Son tantas las restricciones que se derivan de esa sucesión de crisis que el régimen se convierte en muy estricto para cumplir con el mandato de no reiterar errores pasados. Por la inestabilidad política, las instituciones económicas como sus reglas socialmente aceptadas son muy débiles, lo que genera una percepción de precariedad a todo proceso, incluso a uno que ofrece indicadores macroeconómicos excepcionales. No se trata de una responsabilidad exclusiva de un gobierno, sino que es el reflejo de la historia de una sociedad que ha vivido a los tumbos, con la dificultad de construir un horizonte previsible.

Por ese motivo, las alertas, en algunas ocasiones, son necesarias. No son las que expresan nostálgicos de la ortodoxia ni profetas de un Apocalipsis que no llega. La inflación es una de esas alertas a tener en cuenta, debido a que requiere una acción más profesional del Gobierno, abandonando la torpe política de pensar que se controla la inflación interviniendo el IPC del Indec. Roberto Frenkel, uno de los economistas que más ha estudiado la inflación en Argentina, sostiene con sentido común que no se puede, o mejor dicho, no se debe hacer política antiinflacionaria en secreto (ver artículo completo en itf.org.ar). Afirma que “el combate a la inflación es más efectivo y de menor costo social cuanto más amplia es la difusión de las medidas que lo componen”, para agregar que “una política antiinflacionaria requiere esencialmente que el gobierno anuncie que se propone reducir la tasa de inflación vigente”. Junto al anuncio de la meta cualitativa o cuantitativa, Frenkel sugiere que “el Gobierno debe exhibir, como en cualquier otra política pública, las medidas e instrumentos que conducirán a ese objetivo”. Estrategia que tiene “uno de sus efectos principales en la influencia sobre las expectativas”, aclara, para concluir que “la política debe tratar de convencer al mayor número posible de esos agentes que la inflación futura será más baja que la que vienen experimentando en sus costos, en sus precios de venta o en sus consumos”. Para ello, el primer paso es recuperar la credibilidad en los índices de inflación del Indec, tarea en la que por el momento el actual gobierno no ha demostrado mínima pericia.

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