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Domingo, 3 de febrero de 2008

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Argentina: país abierto

Hay sucesos que no es fácil ubicar en una fecha determinada. Por ejemplo, la invención de la máquina de vapor, que dependió de la conjunción de variadas circunstancias, por lo que su nacimiento se conviene en fijar en el día de su patentamiento. ¿Desde cuándo la Argentina depende de la demanda internacional de los productos de la tierra (tanto en sus cantidades como en sus precios en el mercado mundial), o de la voluntad exterior de invertir en el país? El Tres de Febrero, un día como hoy, es una buena aproximación. Este día, en 1852, fue expulsado del poder el dictador Rosas. Hasta entonces el país tuvo la opción de optar por un modelo económico como el de Paraguay, presidido entonces por Carlos Antonio López, sucesor del doctor Francia, y antecesor de Francisco Solano López. El modelo paraguayo era cerrado, y había logrado en cincuenta años un desarrollo económico autónomo desconocido en otros países de Sudamérica. Pero los sucesores de Rosas eligieron la vía opuesta: abrir el país a las relaciones económicas internacionales, tanto en los flujos en la cuenta corriente del balance de pagos (exportaciones, importaciones) como en los movimientos en la cuenta de capital. Y no sólo ello, sino también imitar, hasta donde se podía, modelos de gobierno europeo, como era el espectacular gobierno de Napoleón III en Francia. De tal modo, el país dio una solución eficaz al desempleo estructural de tierra fértil de la pampa húmeda, dio un marco jurídico (Constitución Nacional) aceptable para los inversionistas extranjeros, instaló los primeros kilómetros de la que sería la mayor red ferroviaria del subcontinente, se empeñó más que nunca en reubicar y neutralizar a las poblaciones originarias y promovió el asentamiento de colonos extranjeros. Los días del “modelo abierto” no fueron de vino y rosas, ya que no es posible cohabitar con otros participando sólo de los buenos momentos y quedar al margen de los malos. La apertura económica disparó hacia el Plata la transmisión internacional del ciclo económico, que se sintió con severidad en la caída del principal producto exportable del país, la lana. Escribirá Juan B. Justo en 1894: “El país, desde que ha entrado en la danza de los millones del comercio universal, ha entrado también en la serie de crisis periódicas, propias de la época capitalista”. Las más intensas en el siglo XIX fueron las de 1866-9, 1873-5 y 1887-90

Y... ¿qué te puedo pagar?

El dinero no es el único instrumento para cancelar una deuda: se puede pagar con la entrega de bienes físicos, servicios personales, etc. Pero el dinero permite comparar unos pagos con otros y, a igualdad de las demás circunstancias, medir la importancia que tiene para el pagador entregar una suma mayor o menor: entrego una suma de dinero y a cambio recibo cierto bien, que a su vez incrementa mi acervo de bienes útiles, es decir, incrementa mi utilidad. Cuánta utilidad adicional representa el nuevo bien puede medirse, pues, por la suma de dinero que estoy dispuesto a entregar, llamada por Alfred Marshall precio de demanda. Dicho autor identificaba la utilidad adicional o utilidad marginal con el precio de demanda. Luego, si al aumentar la cantidad de un bien decrece la utilidad marginal de un individuo, el precio de demanda del individuo es decreciente respecto de la cantidad del bien que espera recibir. Esa es la famosa curva de demanda individual. Pero el bien al que es aplicable la noción de precio de demanda no necesariamente es un bien económico: puede tratarse de la vida de un hijo, en un caso de secuestro. Un caso reciente: en estos días fue robado del convento de San Francisco (Catamarca) el corazón de Fray Mamerto Esquiú (1826-83), el orador de la Constitución (de 1853), defensor de la federalización de la ciudad de Buenos Aires y precursor del pensamiento social de la Iglesia. Al poco tiempo el convento recibió un mensaje inquiriendo “cuánto están dispuestos a pagar por recuperar el corazón”. Es claro que aquí también se aplica la noción de Marshall. Y hay más casos: todos los bienes cuya adquisición contempla el Presupuesto nacional revelan en sus montos la mayor o menor importancia que el Estado asigna a la provisión de tales bienes. En el rubro sueldos y salarios, una retribución baja, como la que perciben los docentes en general, está revelando la baja estima que la clase política (la que pone los números en la ley de Presupuesto) tiene de la educación, considerada por la generalidad de los economistas un factor clave, no sólo del desarrollo económico a largo plazo, sino también del progreso social. Tomando las cosas como de quien vienen, no sorprende, pues la actividad excluyente del político es la toma del poder, captar votos cuantos más mejor, y para ello a menudo conviene que cuanto menos sepan los electores, cuanto más brutos sean, tanto mejor.

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