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Domingo, 5 de febrero de 2006

EL BAúL DE MANUEL

 Por M. Fernández López

Papeleras

Las papeleras que se construyen sobre el río Uruguay amenazan de modo cierto con envenenar el agua que utilizan para su consumo los rioplatenses, vale decir, una de las concentraciones demográficas y uno de los enclaves de la civilización más importantes del mundo. Y en esto vale recordar que el agua es esencial para toda clase de vida y, no menos importante, se predice que en pocos años sólo alcanzará para la mitad de los habitantes del planeta. Es sorprendente que la magnitud de este hecho no haya merecido más que interpretaciones neoliberales o neoclásicas, en las que el fin de la empresa es la ganancia máxima, cualesquiera sean los procedimientos que se empleen para arribar a semejante resultado. Adrede se pasan por alto lo que Marshall (Principios de Economía, 1890-1920) llamó “economías y deseconomías externas” o “externalidades” y su discípulo Pigou (Economía del bienestar, 1920) “costes sociales”. Las externalidades más comunes ocurren en el ámbito de la producción, cuando la producción de algunos productores provoca efectos negativos, de los que no se hacen cargo, y perjudican a otros productores o consumidores. Por ejemplo, el funcionamiento del mercado de carne en el barrio de Mataderos (ciudad de Buenos Aires) lanza sobre esa zona un penetrante olor a carne muerta, y así disminuye el nivel de bienestar de los vecinos e incluso el valor de la propiedad inmobiliaria, sin que nadie los compense por su menor utilidad y el recorte a su patrimonio. Precisamente la producción de pasta de papel sobre costas fluviales es uno de los ejemplos más conocidos de “deseconomías externas”. Dice el Diccionario de Economía Moderna del M.I.T., editado por David W. Pearce: “Una fábrica de pasta de papel situada aguas arriba, que descarga en el río sus efluentes, y con ello reduce la posibilidad de la pesca aguas abajo, se dice que impone una externalidad a los pescadores”. Al no pagar a quienes perjudica en su producción o en su salud, las papeleras computan menos costos, y por tanto aumentan sus ganancias. En una economía justa, todo perjuicio causado por el funcionamiento de una actividad productiva debería compensarse a los damnificados, y la ganancia empresarial debiera ser la resultante de computar los costos sociales de la actividad respectiva. Pero ¿qué indemnización puede calcularse por una malformación congénita, un cáncer, una muerte humana?

Uniones mal avenidas

Nuestra unión económica con Brasil y Uruguay se parece a los matrimonios mal avenidos que, sin separarse, hallan una salida en la infidelidad. Así, las papeleras uruguayas se construyen con insumos chilenos, y el gobierno de Tabaré, sin salirse del Mercosur, coquetea con el ALCA. Con Brasil la historia es peor: era presidente Frondizi, y el presidente de Brasil le propuso reeditar entre las dos naciones el esquema de división internacional del trabajo, donde un país industrial comerciaba con otro país proveedor de materia prima y alimento. ¿Adivinen qué papel proponía para la Argentina el presidente brasileño, y cuál para Brasil? Si pensaron lo peor, acertaron. Frondizi no aceptó. Pero el hecho sirvió para que Brasil exteriorizase su proyecto económico de largo plazo. Y henos aquí, productores de alimentos, fibras textiles, cuero, petróleo y otras materias primas, destruidas las fábricas de calzado de cuero, las fábricas textiles y la extracción y destilación del petróleo en manos extranjeras. Merecen aplaudirse las cláusulas de salvaguarda acordadas recientemente. La pregunta es si bastarán y si no es demasiado tarde ya. Las ventajas que representan para la industria local fueron aplaudidas por la UIA, así como repudiadas por los industriales brasileños, como si la ventaja que adquiere la Argentina fuera arrebatada a Brasil. Este pensamiento es muy antiguo, fue acuñado en la época mercantilista, cuando las naciones europeas libraban entre sí una guerra económica de todas contra todas. El genial Voltaire comentó ese pensamiento en el artículo “Patria” de su Diccionario Filosófico: “es triste que a menudo, para ser un buen patriota, seamos enemigos del resto de los hombres. El viejo Catón, aquel buen ciudadano, siempre que hablaba ante el Senado, decía: Este es mi consejo: destruid a Cartago. Ser un buen patriota es desear que nuestra ciudad se enriquezca por el comercio y se haga poderosa por las armas. Tal es la índole de la humanidad, que el deseo patriótico de grandeza para el país, no es sino el deseo de humillación para sus vecinos: que es claramente imposible que un país gane sin que el otro pierda”. El deseo del que la Argentina sea una nueva Atlántida, es decir, que sea tragada por el océano, no es una metáfora, como se hizo patente al publicarse en Brasil un mapa de Sudamérica donde el territorio argentino estaba invadido por el océano.

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