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Domingo, 24 de septiembre de 2006

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

Desigualdad y concentración

Gaetano Filangieri (1753-88) fue, con Ferdinando Galiani y Antonio Genovesi, uno de los intelectuales brillantes del Nápoles dieciochesco. Su temprana muerte apenas le permitió publicar un solo libro, La Scienza della Legislazione, cuyas ideas, empero, a veces parecen dirigirse a otro tiempo y lugar. El mismo prenunciaba: “Si las luces que esparcen no fuesen útiles para su siglo y su patria, lo serán seguramente para otro siglo y otro país”. Más de dos siglos después, el país es la Argentina. Semejante destino sudamericano comenzó a manifestarse con uno de los padres de la patria, don Manuel Belgrano, quien tomó de Filangieri la noción de una estructura económica integrada por la agricultura, las artes (manufacturas) y el comercio, y entre los tres sectores, la preeminencia y autonomía de la agricultura. En la actualidad este autor apenas es mencionado, sin hurgar en su pensamiento, por los especialistas en historia de las ideas. Y el libro, no obstante reediciones italianas y versiones españolas, es inhallable hoy en los repositorios públicos del país, por lo que transcribimos algunos pasajes de su capítulo II –centrado en los temas riqueza y población– como para aproximarnos a su pensamiento. Sobre la concentración de la riqueza, escribía: “Si se observa el estado presente de la sociedad europea, se la encontrará casi toda dividida en dos clases de ciudadanos; a una le falta lo necesario, y la otra disfruta de un gran sobrante. Riqueza exorbitante de pocos, miseria de la mayoría. El estado presente de las naciones de Europa es que el todo está en manos de pocos. Debe hacerse que el todo esté en manos de muchos. Ahí debe dirigirse el remedio deseado. La felicidad pública no es sino el agregado de la felicidad privada de todos los individuos que componen la sociedad. Mientras la riqueza se restrinja en pocas manos; mientras sean pocos los ricos y muchos los indigentes, esta felicidad privada de pocos miembros no hará seguramente la felicidad de todo el cuerpo, sino que hará su ruina. El bienestar de la mayor parte de las familias es el fiel barómetro de la prosperidad de un Estado”. Sobre el trabajo, escribía: “Cuando cada ciudadano en un Estado puede con un trabajo discreto de siete u ocho horas por día proveer cómodamente las necesidades propias y las de su familia, este Estado será el más feliz de la Tierra: será modelo de una sociedad bien ordenada”.

Desde el tablón

Cuando un jugador patea al arco, la pelota no se mueve en línea recta. Según la fuerza y el efecto, describe cierta curva. Acaso observando esto, una señora que miraba el partido Brasil 3-Argentina 0, jugado en Londres, dijo: “Claro, ponen a jugadores que ganan millones de euros, y que no van con entusiasmo alguno a jugar”. La señora, como suele ocurrir, descubría a partir de una experiencia particular y concreta, una ley a la que obedece un buen número de fenómenos económicos. En su caso, la ley de la utilidad marginal decreciente, vinculada a la Ley de Weber-Fechner (W-F) de decrecimiento de la sensación respecto del estímulo. En W-F, la repetición de cantidades iguales de cierto estímulo no da lugar cada vez a la reaparición de la misma intensidad de la sensación. Si su perro está en ayunas, se le acerca moviendo la cola para que le dé cierta cantidad de alimento balanceado. Cuando la come, si quedó con hambre, se volverá a acercar pero el movimiento de su cola será más espaciado. Eso es observable. En el caso de los seres humanos, un indigente recibirá con infinita alegría trescientos pesos al mes. Si pudiera ir ganando cada vez más, su alegría no sería tan intensa, como no la es la de un jugador de fútbol cotizado internacionalmente, ante la posibilidad de incorporar trescientos pesos más a su ingreso. En todo caso, para incrementar su felicidad en medida similar a la del indigente, necesitaría incrementar su ingreso en una cifra muchísimo más alta. En términos gráficos, el rendimiento o placer que da el incremento de cierta magnitud económica o social es una línea ascendente, pero en la que la intensidad del ascenso disminuye a medida que crece la cantidad de dicha magnitud socioeconómica. Una mayor población puede incrementar el PBI, pero a partir de cierto número, si no se añaden otros elementos que mejoren su productividad, el incremento del PBI será cada vez menor. Esa es la teoría de la “población óptima”, sostenida por Aristóteles y Genovesi. El producto agrario aumenta al emplearse más trabajo y capital en la agricultura. Pero el rinde agrícola, aunque crece, lo hace a una tasa cada vez menor. Esa es la teoría de la “productividad marginal decreciente”, de Turgot y Ricardo. El punto económicamente mejor, pues, no es la máxima cantidad de algo (población, producción agrícola) sino la cantidad óptima, casi siempre ubicada en una escala menor a la máxima.

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