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Domingo, 30 de diciembre de 2007

EL BAúL DE MANUEL

 Por Manuel Fernández López

¿Todo cambia?

La ciencia económica tuvo una rápida expansión a partir de las Investigaciones matemáticas sobre la teoría de las riquezas (1838), de Agustín Cournot, con la concepción de las relaciones entre magnitudes económicas como funciones, y la aplicación a ellas de la noción de derivada. Ejemplo: un empresario conoce sus costos totales (C) y sus ventas totales (I) para distintos niveles de actividad (X); ¿cuál es su nivel de producción óptimo? R.: “Donde maximice su ganancia I-C, o bien, I’=C’, donde I’ y C’ son las derivadas de I y C, llamadas Ingreso marginal y Costo marginal, respectivamente. Medio siglo después (1890), Alfred Marshall estableció que para hacer tales cálculos era necesario, antes, postular la continuidad de las funciones: sin ella, no había derivada. Tal condición caracterizó a la economía neoclásica o marginalista. Pero esta economía fracasó al querer representar la innovación schumpeteriana o la teoría del interés de Fisher. Eran fenómenos discontinuos. Schumpeter, en Análisis del cambio económico (1934), aclaró que “la innovación es un salto en las funciones de producción”. “Salto”, aquí, significa “discontinuidad”. El cambio es la discontinuidad. Lo opuesto expresa nuestra flamante primera mandataria: “El cambio es la continuidad”. ¿Significa ello que los procesos que duraron hasta octubre de 2007 seguirán sin interrupción durante cuatro años más? Los precios: en alza continua, pero acotada a las necesidades oficiales. La distribución del ingreso: estable, con el decil superior más de veinte veces mayor que el decil inferior. Los bienes exportados: continuarán siendo, en su mayoría, materias primas sin ninguna elaboración. Los perceptores de planes sociales continuarán considerándose ocupados. Continuarán la deforestación, el envenenamiento de los recursos hídricos y la erosión del suelo. Los bienes básicos, con que subsisten los pobres, continuarán gravados con un 21 por ciento de IVA. El mal de Chagas continuará siendo una endemia. En otros órdenes: la educación continuará con presupuestos insuficientes, los jueces continuarán exentos de impuestos, no la idoneidad sino el vínculo de amistad o parentesco continuarán siendo las condiciones para los cargos públicos. A menos que se prefiera un país de pobres, primario-exportador, con desigualdad, ¿no sería mejor menos “continuidad” y algo más de “cambio”?

Orgullo y prejuicio

Manuel de Falla vive en Alta Gracia, pero se encuentra circunstancialmente en la Capital Federal. De pronto, un accidente le secciona un dedo de la mano. No puede perder tiempo y acude al centro de salud más idóneo para estas emergencias, el Hospital Fernández. Allí le permiten entrar, pero hasta ahí. Le previenen que será atendido, pero después que se atienda al último paciente con domicilio en la Capital Federal, y él no sólo vive más allá de la General Paz sino que ni siquiera es argentino. La historia es absolutamente ficticia. Pero, usted, ¿cómo hubiera actuado? ¿Qué hubiera priorizado? ¿La gravedad de la dolencia, el lugar de residencia del paciente, o la figuración social del mismo (en este caso, el músico español más importante del siglo)? En coincidencia con el llamado de un canal de TV a que los espectadores aporten testimonios de las cosas del lugar en que viven, que les dan orgullo o vergüenza, las autoridades de la CABA han dispuesto que los hospitales capitalinos priorizarán la atención de los residentes de adentro de la General Paz. Según una encuesta, la mitad de los porteños considera la decisión con orgullo, y la otra mitad como una vergüenza. Distinta hubiera resultado la encuesta si el criterio no hubiera sido el lugar donde se duerme sino el lugar donde se trabaja y se crea valor. En el día, millones de trabajadores cruzan la General Paz y en la CABA trabajan todo el día, para regresar a altas horas en terroríficos micros y trenes. No podría decirse lo mismo de una gran parte de los habitantes de la CABA, ninguno de los cuales carece de agua corriente, cloacas o asfalto, como sí les falta a los habitantes del Gran BA. Si se pregunta dónde está el capital y dónde el trabajo, el error no será muy grande si decimos que el capital está en la Capital y el trabajo en el Gran BA. Tampoco pecaremos de muy errados si aceptamos que el capital es el empleador del trabajo, y que existe gracias a no devolverle al trabajo el valor que crea en la producción. Es la ley del capitalismo. Y en este sistema, que es en el que vivimos, unos mal y otros bien, al trabajo se le paga apenas lo necesario para seguir viviendo, para subsistir. Y la subsistencia no está integrada sólo por alguna forma de alimento sino también por la indumentaria adecuada, calzado y transporte, los gastos de habitación, el costo de la educación de los niños y mantenimiento de la salud. Y esto es apenas el piso salarial.

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