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Domingo, 19 de marzo de 2006

INTERNACIONALES › LA POLEMICA POR EL CONTRATO FRANCES DE PRIMER EMPLEO

Asterix recontraataca

Algo raro ocurrió camino a la toma de la Bastilla: Asterix, ese solitario guerrero galo cuya aldea es la única que se resiste al Imperio Romano, se vistió de rojo, pero giró a la derecha.

 Por Claudio Uriarte

Francia es probablemente el único país del mundo en que estudiantes y obreros salgan a la calle a protestar contra un plan para crear empleos que ni siquiera ha sido aplicado. Por espacio de ya más de 10 días, las calles de París y otras ciudades estuvieron llenas esta semana de una especie de extraño replay de Mayo del ‘68, en que la consigna de esa época de “Seamos realistas, pidamos lo imposible” pareció ser sustituida por un “Seamos hipócritas, rechacemos lo posible”. El eje es el Contrato Primer Empleo del primer ministro, Dominique de Villepin, que da a los empleadores posibilidad de contratar y despedir sin causa y con poca o ninguna compensación durante dos años a los nuevos entrantes al mercado laboral, de menos de 26 años.

Desde que llegó a la jefatura del gobierno hace ocho meses, Villepin, un derechista light de aires románticos y aristocráticos que dedica su ratos libres a la composición de versitos y que atesora en su oficina un ajado ejemplar de El Principito de Antoine de Saint Exupéry, sólo logró reducir el rocoso desempleo francés de un 10,1 a un 9,6 por ciento. Es decir, prácticamente nada. Y el primer ministro es dolorosamente consciente de que debe hacer algo si, como se propone, quiere reemplazar al desprestigiado Jacques Chirac en el sillón presidencial del Palacio del Eliseo. Choca en esto con la actitud extremadamente conservadora de muchos franceses, entre quienes el cambio de empleos y la toma de riesgos son dos cosas muy mal vistas del “capitalismo anglosajón” que denuncian (pero que es responsable de que en Estados Unidos y Gran Bretaña el desempleo no pase del cuatro por ciento). Jean-Louis Borloo, que ostenta el pomposo título de ministro de Empleo, Sindicatos y Cohesión Social (¡?), explica que para sus congéneres los trabajos son permanentes, o deberían serlo. “Trabajás para Peugeot y te volvés un peugeotista. Hasta ahora, vos tenías una carrera dentro de la compañía. Es difícil para la sociedad francesa digerir que esto cambie.”

Tal vez, pero en ese caso los franceses estarán repitiendo a grandes rasgos el contraproducente estallido de malhumor y la difference gálica de la que ya hicieron gala con su resonante non al proyecto de Constitución Europea. Por rechazar una regulación que hubiera posibilitado el libre flujo de la mano de obra dentro de la zona euro, y por lo tanto de Francia, achicando –sí– sus salarios y ventajas, pero dejando a la economía como conjunto más competitiva, los franceses lograron el efecto opuesto de poner en la cabeza de cada empresario francés más o menos sensato la idea de exportar puestos de trabajo franceses a los nuevos mercados laborales mucho más baratos y competitivos de, por ejemplo, los nuevos países entrantes de la Unión Europea, para no hablar de los también nuevos, gigantes y voraces India y China. Por medio del rechazo de estas semanas a la francamente moderada ley Villepin (piense el lector argentino con qué alivio muchos graduados nuestros recibirían un plan que les garantiza al menos algún trabajo), obreros y estudiantes pueden estar impulsando involuntariamente una precarización de facto. Qué decimos “pueden”: ya lo están haciendo, ya que la complejidad y costo de los contratos laborales franceses de la época de las vacas gordas significan en la práctica que el crítico primer empleo, que es el esencial eslabón que lleva a los estudiantes de las universidades a las empresas en el tiempo real de la revolución tecnológica y la globalización, no se concrete, dejándolos por lo tanto en un limbo de peligrosa duración y anacronismo mientras la competencia extranjera avanza a pasos agigantados en el dinamismo de una nueva economía que los franceses parecen tener tanta renuencia a entender.

Por eso, y por más románticas que luzcan las calles de París con sus banderas rojas y sus Che Guevara, éste es el emergente de una revolución reaccionaria. Obreros y estudiantes creen estar defendiendo sus derechos; en realidad, son como ludditas modernos.

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