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Domingo, 25 de julio de 2004

AGRO › DISPUTA COMERCIAL ENTRE EL MERCOSUR Y LA UNION EUROPEA

Describir el modelo y verificar los hechos

 Por Susana Díaz

En materia económica existen algunos temas que tienen el carácter de verdaderos clásicos. Y lo son en el sentido más tradicional de la palabra. Se trata de circunstancias que se atienen a un modelo o patrón y persisten en el tiempo. El clásico que agitó las aguas esta semana fue la disputa comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. Un ejercicio interesante para validar la hipótesis consiste en describir primero un modelo para contrastarlo luego con los hechos.
El modelo, muy simplificado, muestra a ambos bloques intentando trocar sus productos para obtener ganancias de comercio. Un dato persistente son los patrones de intercambio heredados de la división internacional del trabajo originaria. Más allá de la evolución experimentada por sus aparatos productivos, los países sudamericanos siguen insertándose en el mercado mundial como proveedores de materias primas, que a lo sumo evolucionaron hacia Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA). Como en épocas de la colonia, los países europeos se cuentan entre los principales demandantes de estas mercancías, a la vez que son proveedores de productos industrializados. En este contexto, los objetivos de los negociadores internacionales son –detalle más, detalle menos– la búsqueda de una mayor apertura comercial, pero en convivencia con la voluntad de proteger sectores internos, ramas industriales en el Mercosur, un agro subsidiado y alejado de cualquier ventaja comparativa en Europa. A priori podría decirse que el patrón de conducta de los actores económicos es que la UE, al igual que el resto de los países centrales dentro de la OMC, pretende una apertura unidireccional, esto es: que los países del sur abran sus mercados a sus manufacturas, pero sin bajar ellos sus barreras, arancelarias y paraarancelarias, a los productos de base agrícola del Mercosur.
De lo general a lo particular, los hechos de esta semana comenzaron en Buenos Aires, donde el secretario de Agricultura, Miguel Campos, rechazó diplomáticamente el documento que le envió el titular de la OMC, Supachai Panitchpakdi, con el objeto de acercar posiciones para la ronda Doha del organismo supranacional. Según Campos, “las disposiciones y disciplinas contenidas en la propuesta, que están orientadas a reformar el sector agrícola, están acompañadas de conceptos ambiguos que prácticamente las dejan sin efecto”. El segundo round, también por las barreras paraarancelarias a la producción agrícola, fue en Bruselas, donde los negociadores del Mercosur decidieron suspender las reuniones del Comité de Negociaciones Birregionales con la UE. La decisión fue adoptada luego de que los europeos no respondieran al pedido de mejorar su oferta para levantar gradualmente restricciones al ingreso de productos agrícolas y procesados. Al mismo tiempo, el Mercosur sí había avanzado en los pedidos de la UE en materia de servicios e inversiones. De acuerdo a lo informado por la cancillería argentina, las cuotas ofrecidas para el ingreso de bienes agrícolas, ya insatisfactorias, serían además escalonadas en un período de diez años, lo cual fue considerado como un desmejoramiento de la oferta. Integrantes de la delegación de Brasil agregaron que la UE había presentado nuevas demandas en materia de servicios, compras gubernamentales y en el acceso al mercado de productos industriales, lo que obligaba a un replanteo general de las negociaciones. Es probable que ambas circunstancias, las de Buenos Aires y Bruselas, sean solo escarceos previos a la reunión del Consejo General de la OMC que tendrá lugar entre el 27 y el 29 de julio en Ginebra, pero las ofertas y demandas parecen claras.
La pregunta, entonces, es: ¿cumple el modelo simplificado presentado el objetivo de explicar y predecir?

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