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Martes, 4 de enero de 2005

AGRO › PERSPECTIVAS 2005 PARA EL SECTOR AGROPECUARIO

No tan bueno pero igualmente excepcional

 Por Susana Díaz

¿La recuperación del sector agropecuario muestra signos de agotamiento? No son pocas las voces del agro que, no siempre con las mismas intenciones, han comenzado a plantear lo que sería la nueva realidad. La respuesta admite algunos matices de acuerdo con las distintas regiones del país. Desde una perspectiva general, la lejana devaluación permitió vender una cosecha a un valor multiplicado por 4. Este dato interno, morigerado en la multiplicación, que ahora es por 3, todavía se mantiene. En el frente externo las noticias siguen siendo buenas. En los últimos años los precios internacionales de las commodities no dejaron de subir. Si bien se tardará en recuperar algunos picos, para un país que en lo esencial ha vuelto a ser una economía agroexportadora, las cosas parecerían marchar bien.
Lejos de los conflictos sociales, las grandes praderas producen con escasa mano de obra. El efecto multiplicador, cuando existe, sólo se manifiesta en recambio o incorporación de maquinarias y demanda de insumos. En el comercio de algunos pueblos del interior siempre se recibe el impacto de las buenas cosechas. Sin embargo, los productores destacan que sus costos también se han dolarizado. Y es verdad. Las ventajas del nuevo modelo parecen haber quedado reservadas para las actividades de trabajo intensivas, algo que el agro ha dejado de ser.
Si muchos costos se dolarizaron, las retenciones a las exportaciones ya no pueden justificarse por el beneficio que reportó al sector la devaluación. Por más que se esté de acuerdo con el tributo y sus consecuencias en los precios internos, lo cierto es que actúan como un impuesto a las ganancias imperfecto. Con justicia, los productores agropecuarios pueden pensar por qué deben pagar un impuesto que no alcanza a todos los sectores de la burguesía local, como por ejemplo la financiera. Aunque las presiones para eliminar el tributo nunca desaparecieron, habían perdido intensidad; su efecto era subsumido por los aumentos de los precios internacionales. Para 2005, con precios probablemente más bajos, puede preverse una resignificación de los reclamos por su eliminación.
Pero más allá de los beneficios agregados que gozó el sector desde el cambio de modelo, existen otras cifras que deberían llevar a la reflexión de los hacedores de política. El crecimiento de las exportaciones de base primaria se explicó esencialmente por aumentos en los precios, un fenómeno aleatorio del ciclo internacional. Menos, en cambio, por aumentos en los volúmenes comercializados, lo que podría atribuirse a las virtudes internas.
Sería un error, sin embargo, generalizar la realidad de las grandes explotaciones de la Pampa Húmeda al total de los subsistemas agrícolas del país. En muchos de ellos la recuperación ha tenido un mayor “derrame”. Aunque con una demanda laboral de carácter estacional, algunas cadenas agroindustriales, como por ejemplo la frutícola, tienen un mayor efecto multiplicador. Muchos procesos, desde los trabajos culturales hasta los agregados de valor posteriores a la cosecha, como por ejemplo la clasificación y el empaque, continúan, a pesar de las mejoras tecnológicas, siendo mano de obra intensivos. Los empresarios, al pagar salarios más bajos en dólares, aunque algo más altos en pesos, todavía se benefician del modelo. Pero si bien en estas economías las grandes firmas exportadoras se han integrado progresivamente horizontal y verticalmente, la gran propiedad no es todavía el dato central. Dado que el proceso productivo involucra un mayor conjunto de actores, la doble bonanza de los contextos interno y externo no sólo beneficia a unos pocos exportadores, sino también a la economía regional. Dicho esto sin olvidar el piso de pobreza e inequidad distributiva dejado por los dorados años ‘90.

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