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Domingo, 10 de agosto de 2008

ENFOQUE

Qué cambiar, qué sostener

 Por Roberto Dvoskin *

El desenlace (¿desenlace o sólo primera batalla?) de la crisis del campo obliga a reflexionar sobre el modelo económico llevado adelante desde 2002 y pensar qué es necesario cambiar, pero también qué es necesario mantener.

En primer lugar, es bueno recordar que siempre es necesario cambiar y ello no debe entenderse como fracasos ni como frustraciones sobre lo hecho sino, por el contrario, como la capacidad de los gobernantes (y ello va también a quienes “gobiernan empresas”) de adaptarse a entornos dinámicos. De igual manera se hace necesario sostener aquello que en su momento implicó cambios y que requiere un tiempo mayor para su profundización y que sigue generando resultados positivos.

Hay tres ejes del modelo económico que, a mi entender, deben ser sostenidos: desarrollar una política activa de distribución del ingreso; mantener un tipo de cambio competitivo y generar un modelo agroindustrial de largo plazo.

En relación con la necesidad de mejorar la distribución del ingreso, no hace falta recordar que en 2002 la Argentina tenía un 50 por ciento de su población por debajo de la línea de pobreza. El Gobierno planteó que éste era el tema central y lo atacó en dos frentes: mejora del salario real y disminución de la tasa de desempleo. No hay duda de que más allá de si creemos o no en el Indec, los resultados han sido altamente positivos.

El tipo de cambio ha perdido competividad (y ello se observa en el incremento de la importaciones), pero todavía sigue siendo alto y ha permitido un extraordinario crecimiento de nuestros volúmenes exportados (más allá del crecimiento de los precios de los commodities), especialmente si tomamos como referencia no solamente el dólar estadounidense sino también el euro y el real, que se han convertido en nuestras principales divisas de exportación.

Por último, el crecimiento de la industria ha sido realmente importante, aunque sesgado a las áreas de construcciones y automotriz y en menor medida (aunque también importante) a la cadena agroalimentaria.

Estos items no deberían ser negociables y para ello es factible que los sectores que obtienen rentas extraordinarias deban colaborar para financiar este proyecto. Obviamente estamos hablando de, entre otras cosas, mantener un esquema de retenciones agropecuarias y de mejorar la base impositiva eliminando la economía negra.

Pero también hay que cambiar. Independientemente de que el crecimiento de los precios de los commodities se viene dando desde 2003, en los últimos dos años este incremento ha distorsionado totalmente los precios relativos y puede generar, si no se desarrolla algún mecanismo de administración, un efecto fuertemente negativo sobre los sectores de menores recursos. Hasta el momento no se visualiza una estrategia que permita aprovechar la coyuntura internacional sin que haya un fuerte traslado a precios internos como efecto negativo.

En segundo lugar, se hace necesario (a esta altura imprescindible) desarrollar un plan de incremento de oferta energética. No hay posibilidad de mantener elevadas tasas de crecimiento de la economía (y cuando digo elevadas no pienso en el 9 por ciento anual, sino en el 5, pero sostenible a largo plazo) si no se aumenta la energía disponible, Y en ello el Gobierno confía más en los avatares del tiempo que en generar un proyecto viable.

Por último no es posible luchar contra la inflación a partir de acuerdos parciales con ciertos sectores empresarios y desarrollando metodologías que resultan, al menos, poco creíbles de índices de precios. Estoy convencido de que ante un rebrote inflacionario, como lo fue el de 2006, el Gobierno debió tomar el “toro por las astas” e intentar bajarle la “fiebre al enfermo”. Medida necesaria pero de ninguna manera suficiente. Quedarse con ello es no atacar el mal o la infección que provocó la fiebre, y tiene patas cortas. Desde 2006 que el Gobierno supone (o hace suponer) que controla la inflación por este medio.

Las soluciones dependerán fuertemente del diagnóstico correcto sobre las causas de la inflación. Desde mi perspectiva las causas pueden encontrarse, por un lado, en el crecimiento de los precios internacionales de los alimentos y, por el otro, en la puja distributiva. En ambos casos el rol del Gobierno es primordial como forma de regular mercados distorsionados.

En ese mismo sentido es fundamental volver a generar credibilidad en el Indec de manera tal que todos los actores económicos (inclusive el propio Estado) puedan tomar las decisiones adecuadas. Si el propio Gobierno acuerda subas salariales por sobre el 20 por ciento, es evidente que ni ellos toman el Indice de Precios oficial como cierto.

Y no es válido afirmar que los aumentos salariales muy superiores a la tasa de inflación tengan como objetivo mejorar la distribución del ingreso, porque todos sabemos que, una vez acelerado el proceso inflacionario, los precios son mucho más flexibles al alza de lo que puedan ser los salarios. Debería aspirarse, en cambio, a generar pequeños incrementos del salario real pero sostenibles en el tiempo.

La situación del Indec no implica que no sea necesaria una adecuación de la metodología que el Indec tiene para el cálculo del Indice de Precios (y por ende de otros indicadores vinculado a aquél, como los niveles de pobreza y de la distribución del ingreso) teniendo en cuenta los profundos cambios habidos en el consumidor a partir de la crisis de 2001, pero es imprescindible darle al Indec absoluta autarquía política y económica.

La Argentina se encuentra en una oportunidad única, comparable con la vivida en el año 1973 por los países productores de petróleo, cuando los bienes de los productos exportables tuvieron un crecimiento espectacular. El desafío es que los beneficios de dicho crecimiento de precios se reinviertan en nuestro país, y no como ocurriera 35 años atrás, como consecuencia del llamado reciclaje de los petrodólares, los únicos beneficiarios fueron, por un lado, sectores minoritarios de los países exportadores de petróleo y, por el otro, las potencias industriales que, gracias a los petrodólares, obtuvieron financiamiento barato para generar su propio desarrollo económico y social.

Ideas, planes concretos, continuidad y gestión. Y darnos tiempo. En economía la solución de los problemas no es mágica. Pero son posibles si cada sector económico sabe cuál es su aporte y cuál es su beneficio.

* Profesor de la Universidad de San Andrés.

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