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Domingo, 25 de agosto de 2013

ENFOQUE

El dedo y la Luna

 Por Claudio Scaletta

El resultado de las PASO acentuó un proceso preexistente de cambio de expectativas sobre el futuro de la economía. La interpretación del nuevo humor social es tan variada como la ideología de los intérpretes. Nadie escapa a la tentación de utilizarlo para reafirmar convicciones preexistentes. Así, quienes usan a la inflación como excusa para el ajuste, destacan que todo es consecuencia del fenómeno de los precios, expresión, a su vez, de la suma de “desequilibrios acumulados”. El estudio del economista Miguel Bein agrega otra dimensión; insiste en que el límite del actual modelo está dado por el faltante de divisas. Las previsiones que señalan la evolución de los números en el tiempo, “las curvas”, le dan la razón. Peor, parecen inexorables: el superávit comercial se reduce mes a mes, caen las reservas internacionales, las previsiones de ingresos futuros por exportaciones disminuyen por los menores precios que se esperan para la soja y la realidad de socios comerciales importantes sectorialmente, como Brasil, es de devaluación y estancamiento.

Frente a este escenario no hay muchas opciones. En el plano discursivo el consenso de la heterodoxia parece absoluto. Como lo indican los textos de “los padres fundadores” de esta escuela en Latinoamérica y el país, no existe otro camino que la industrialización sustitutiva. A la teoría se suma la historia: en el largo plazo no es posible un modelo de crecimiento con inclusión si no es con desarrollo industrial autónomo, lo que significa reconstrucción de las cadenas de valor internas y aumento de lo que el economista Aldo Ferrer sintetiza con el concepto de “densidad nacional”, que entre otros factores incluye la soberanía tecnológica. Siempre entre la heterodoxia, todos parecen estar de acuerdo con los enunciados, pero a nivel de gestión nadie encontraría cómo ponerle el cascabel al gato. Los más escépticos creen, además, que el tiempo se terminó; una idea dolorosa. Ello se debe, como lo grafica el sector hidrocarburífero, a que la sustitución de importaciones es un proceso que demanda maduración.

Llegado este punto, se puede llorar por lo no hecho en el pasado o plantearse el día de hoy como el primero del futuro. Aquí es donde aparecen los conocimientos específicos de los economistas, presuntos gurúes de estos procesos, depositarios de saberes técnicos ultracomplejos que servirían de llave para escapar del estrangulamiento externo. Sus propuestas para la hora son abundantes: desde actualizar la matriz insumo producto para sustituir con refinada precisión, a profundizar en los análisis de costos sectoriales o en los saberes ingenieriles.

Sin duda, el conocimiento económico es un marco imprescindible, pero en un nivel distinto al del ego de los economistas sobre el rol de su ciencia. Se trata de una cuestión de causa y efecto. La aplicación del saber económico es precedida por la voluntad política. Según cuenta Henry Kissinger en su libro Sobre China, Den Xiaoping afirmaba ser un lego en el campo de la economía. “Hice algunos comentarios al respecto del tema –señaló quien es considerado el padre de la explosión del desarrollo de la potencia asiática– pero todos desde un punto de vista político. Por ejemplo, propuse una política de apertura económica china para el mundo exterior, pero en cuanto a los detalles o especificidades de su implementación, de hecho sé muy poco.” Sobre esta misma base, el economista brasileño José Luis Fiori destaca que mientras los economistas hablaban, de acuerdo a gustos propios, de “la importancia demiúrgica de las reformas liberales o la eficacia de las políticas económicas heterodoxas”, el propio Xiaoping insistía siempre “en la naturaleza política y estratégica, mucho más que económica, de su proyecto reformista”. Mientras Xiaoping apuntaba a la Luna, concluye Fiori, los economistas insistían con mirar solamente el dedo.

Algo similar ocurre con la realidad argentina en materia de sustitución, pero en sentido inverso. Se habla del dedo sin que nadie apunte a la Luna. Los economistas del Gobierno concuerdan en la necesidad imperiosa de sustituir y se enfrascan en el debate de alternativas para profundizar el proceso, pero la voluntad política aparece débil. El caso de la construcción de dos represas sobre el río Santa Cruz sirve de ejemplo. Es verdad, como destacó esta semana la Presidenta, que en un marco de déficit en el balance energético, lo importante y valorable es que las represas se construyan, pero también importa el cómo. Sin abordar la historia del proceso licitatorio, lo cierto es que en un marco de escasez de divisas se recurrió a financiamiento y a know how del exterior cuando podría haberse optado por priorizar las capacidades locales. En el país existe una empresa que produce turbinas para centrales hidroeléctricas. A ello se suma que la reforma de la carta orgánica del Banco Central abrió la puerta para el financiamiento de proyectos de infraestructura. Dicho de otra manera, la obra podría haberse financiado casi totalmente en pesos y generando exclusivamente trabajo local. Según señaló a Cash el ingeniero Bruno Capra, integrante del Instituto de Energía Scalabrini Ortiz, ello habría reforzado la soberanía tecnológica con vistas a la futura demanda de aprovechamiento hidroeléctrico, tanto en Argentina como en el resto de América del Sur.

Avanzando con el mismo ejemplo, en el proceso de construcción local de las turbinas se habría encontrado la necesidad de importar cobre. Lo notable es que el cobre es una de las exportaciones locales de alto crecimiento en los últimos años gracias al desarrollo minero. Pero el cobre que necesitan las turbinas no se fabrica localmente. Ello se debe a que todo el mineral de cobre se exporta sin agregación de valor. En un contexto de voluntad política pro sustitución, la demanda interna emergente significaba una oportunidad para desarrollar la cadena local de producción de cobre.

Finalmente, aunque en materia de desarrollo el conocimiento económico es subsidiario de la decisión política, es imposible pensar en este desarrollo sin la existencia del marco teórico desarrollado por los economistas

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Imagen: Corbis
 
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