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Domingo, 19 de julio de 2015

ENFOQUE

Haiku

 Por Claudio Scaletta

No es posible pensar en una nueva etapa de desarrollo luego de los doce años kirchneristas que no tenga en su centro la expansión cualitativa de la industria, una afirmación que se encuentra por fuera de toda falsa dicotomía con el sector primario y que enfatiza la agregación de valor. Esta preocupación obliga a repensar el resultado de la evolución de la industria en la última década para diseñar el camino de los próximos pasos. Mirando el período en su totalidad, y siguiendo una periodización realizada por el economista de la Unión Industrial Argentina (UIA) Diego Coatz, pueden distinguirse a su interior tres etapas nítidas.

La primera, de mediados de 2002 a 2007, de “reindustrialización y generación de empleo”; la segunda, de 2007 a mediados de 2011, de “caída y recuperación en un contexto de crisis internacional” y la tercera y última, que llega al presente de “estancamiento productivo”. La periodización resulta útil para comprender las razones que impulsaron o frenaron el desarrollo.

* La primera etapa fue marcada por el crecimiento y la recomposición acelerada de los ingresos. Tras la salida de la convertibilidad se recuperaron los instrumentos de política económica, lo que se reforzó a partir de 2003 con la recomposición de la demanda interna y la inversión y un contexto internacional crecientemente favorable. La política tuvo un sesgo claramente industrialista: retenciones inversamente proporcionales a la agregación de valor, subsidios a la energía y protección del mercado interno. Desde el punto de vista institucional se recuperó la importancia de la ciencia y la tecnología, lo que desembocó en la creación de un ministerio para el área. No hubo una agenda específica de desarrollo, pero si factores concretos que lo facilitaron.

* En la segunda etapa, que se inicia en 2007, comenzaron a notarse los problemas propios de la expansión. Ya no se contaba con la capacidad ociosa de “factores” del comienzo de la etapa anterior y reaparecieron todos los problemas asociados a la puja distributiva. Pero no solamente. También entraron en la agenda los problemas de financiamiento, de demanda de energía, de infraestructura y de aumento de necesidad de divisas. En otras palabras, los problemas del crecimiento en un país con estructura productiva desequilibrada y restricción externa, bajo un crecimiento sin dirección y, por lo tanto, sin cambios estructurales. A ello se sumó, a fines de 2008, la crisis internacional. El resultado fue una contracción que duró hasta 2009. Fueron las políticas activas del gobierno frente a la crisis, como la inclusión jubilatoria, la asignación universal por hijo, los Repro y el impulso de la obra pública, suma que reactivó la demanda interna, más la profundización de la política comercial sectorial, con las licencias no automáticas y diversas medidas antidumping, las que permitieron retomar el crecimiento en 2010 y 2011. Siguiendo los números de la UIA; entre 2007 y 2011 la actividad industrial acumuló un crecimiento del 13,8 por ciento, lo que previsiblemente, agudizó los problemas estructurales.

* La tercera etapa, hasta el presente, fue la de la acumulación de los problemas generados durante las dos anteriores, lo que derivó en un estancamiento prolongado y caída en los últimos dos años. Fue a principios de este período, a mediados de 2011, cuando comenzó a hablarse de “sintonía fina”. Se suponía entonces que para solucionar los nuevos problemas bastaba con comenzar a ocuparse de cuestiones como políticas sectoriales y regionales específicas, control de la inflación “extra distributiva”, reformulación de subsidios, arreglar los “pendientes” de la reestructuración de la deuda para volver a los mercados voluntarios, sustitución activa de importaciones luego de ignorarlo ocho años, promoción de las exportaciones. Se tardó en advertir que los problemas eran en realidad de sintonía gruesa. Había comenzado a operar la restricción externa, se había recalentado la salida de capitales y se produjo una sobrerreacción con los controles frente a los primeros indicios negativos de la cuenta corriente del balance de pagos. Fue recién entonces cuando se descubrió el carácter deficitario de las principales ramas industriales, situación que amenazaba la estabilidad macroeconómica. El panorama se completó con cierta morosidad y falta de unidad en la toma de decisiones económicas. Las consecuencias fueron el estancamiento del PIB y la contracción en la industria.

Si hubiese que hacer una síntesis económica del presente en forma de haiku sería así: “Finalmente, después de una década de crecimiento, reapareció la restricción externa imprimiendo un freno”. Si el haiku describe una verdad, determina también un curso de acción: el próximo paso sería un tipo de crecimiento que permita alejar la restricción externa para continuar con la combinación de mayores ganancias y mayores salarios, un tándem que sólo es posible en un marco de expansión cualitativa, la que a sus vez sólo es viable si se resuelven paralelamente los problemas que, en el proceso, genera el crecimiento. Parece obvio, pero no lo hará la mano invisible.

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