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Domingo, 23 de octubre de 2005

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Inversión sin remedio

Días atrás, un economista académico preocupado por las perspectivas de la inversión productiva consultó al responsable de estudios económicos de un banco extranjero líder de plaza sobre cómo veía el tema. Este último le pintó un panorama heterogéneo, y en medio de la conversación le transmitió una frase dicha por un cliente del banco que, además de ingeniosa, revela varios aspectos interesantes sobre el presente, pero también sobre el futuro: “Estoy en una situación en la que no tengo más remedio que invertir”.

No hace falta ser economista para deducir que el empresario está enfrentando un nivel aceptable de demanda y números razonables de rentabilidad que lo empujan a invertir para ampliar su capacidad de oferta y muy probablemente sus ganancias. Pero hace falta ser mucho más que economista para entender la ironía, para comprender esa actitud bastante generalizada de los empresarios locales de resistirse a invertir, a menos que no quede “más remedio”, que el riesgo sea muy bajo o que la inversión esté lo suficientemente subsidiada.

La teoría elemental que supone que los empresarios tienen espíritus animales ávidos de invertir para crecer, acumular y ganar espacio en la Argentina es de aplicación reservada.

La necesidad de reforzar la tasa de inversión que el propio Gobierno señala como prioridad tiene por lo menos dos razones de suma relevancia que se entrelazan. La primera y más coyuntural está vinculada con el riesgo de que el agotamiento de la capacidad ociosa en varios sectores aporte complicaciones al de por sí difícil horizonte inflacionario, provocando que en lugar de que la oferta se acople a una demanda en expansión, el ajuste se produzca por la perversa vía de los precios.

El segundo aspecto tiene que ver con la sustentabilidad a mediano plazo de un ritmo de crecimiento aceptable, no ya del tipo chino del 8-9 por ciento anual como en los tres años últimos, pero sí de 4-5 por ciento, lo que daría un crecimiento per cápita apreciable, superior por ejemplo al promedio de los años dorados de fines de siglo XIX y comienzos del siglo pasado.

El martes pasado, el banco de inversión Morgan Stanley emitió un informe sobre la Argentina centrado en los riesgos de una inflación de dos dígitos anuales, que sostenía: “Debido a la ausencia de un mayor salto en la inversión, la economía va a necesitar una desaceleración en los próximos meses, o el resultado será un rebote más severo en el nivel de precios”.

Pero resulta que el consenso sobre la necesidad de elevar la tasa de inversión se inscribe en un contexto en el que la misma viene subiendo. Si bien es cierto que desde el octavo subsuelo (en el primer trimestre del 2002 tocó un mínimo histórico equivalente al 11 por ciento del Producto Bruto), ya casi se duplicó y en el segundo trimestre de este año alcanzó la quinta marca máxima en los registros históricos, sólo superada por el último trimestre de 1997 y los tres primeros del año siguiente.

Alguien puede preguntar: si la inversión viene recuperándose (tanto en ladrillos como en máquinas), ¿por qué preocuparse?

La primera respuesta es porque con lo que hay no alcanza para lograr lo que se quiere, que como se señaló es un ritmo sostenido de crecimiento sin demasiadas tensiones inflacionarias. Pero, además, porque hay algunos indicios que advierten sobre una posible desaceleración o, en el mejor de los casos, sobre un estancamiento en niveles insatisfactorios. Uno de esos indicios es lo que sucede con el menú de programas de promoción de inversiones del gobierno, que comenzó tarde y tímidamente, pero que con el tiempo fue ganando variedad y envergadura. Pero resulta que los cupos de subsidios e incentivos disponibles quedan en buena medida vacantes, desaprovechados.

¿Es que están mal diseñados? ¿No son suficientes? ¿El contexto macro neutraliza el beneficio? Nada de eso, afirman los que entienden del tema. Los programas de la Secretaría de Industria no despiertan críticas sustanciales y no hay ninguna señal de alerta en las variables macro para el corto plazo.

¿Entonces? Daniel Heymann, de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), sostiene que “oportunidades rentables hay, lo que falta es confianza”. ¿Pero acaso no son las oportunidades las que generan la confianza? Varios empresarios consultados, incluyendo algunos de sectores muy favorecidos, responden que lo que falta son señales claras de mediano plazo y que eso genera incertidumbre.

Claro que, para cerrar el círculo, habría que ver hasta qué punto la demanda de confianza y las quejas por el tipo de señales están condicionadas por esa genética cultural e históricamente avara de los que prefieren no invertir ni re-invertir a menos que “no tengan más remedio”.

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