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Domingo, 31 de mayo de 2015

MITOS ECONóMICOS › INDUSTRIA, INFLACIóN, FUGA DE CAPITALES Y DEUDA

“Equidad vs. crecimiento”

 Por Andrés Asiain

Las quejas empresariales contra los elevados salarios forman parte del folklore de las negociaciones paritarias de los últimos años. Sin embargo, algunos intelectuales ya anticiparon el reclamo patronal de pagar bajos salarios a sus empleados y lo convirtieron en una filosofía de la historia. Es el caso de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach que, en su libro Entre el crecimiento y la equidad de 2004, presentaron a “la búsqueda de cierta equidad en la distribución” como la causa del bajo crecimiento, la inflación y el endeudamiento que caracterizó a la economía argentina desde el fin del “granero del mundo” hasta los comienzos del siglo XXI.

Según esa visión ortodoxa, el proteccionismo industrial impulsado por el peronismo para generar empleo y mejorar los salarios, nos apartó de nuestras ventajas competitivas agrícolas condenándonos a un bajo crecimiento. Los elevados salarios más el impulso al empleo estatal, generaron déficit público e inflación. Finalmente, atribuyeron el endeudamiento externo de la última dictadura militar y el menemismo a “otra manifestación de la prioridad otorgada al objetivo de la equidad, ya que dio lugar para un nivel de empleo y salarios estatales mayor al que podría haberse obtenido sin él”.

En primer lugar, la idea de que el desarrollo industrial nos condenó a un bajo crecimiento económico no tiene base histórica. En realidad, las políticas industriales del peronismo fueron parte de la respuesta de nuestra sociedad al bajo dinamismo de las exportaciones primarias que venían limitando la actividad económica desde décadas atrás. Por otro lado, tal como señala Eugenio Díaz-Bonilla, en su The Myth of a Century of Decline (27/2/2014), la economía argentina creció entre 1945 y 1975 al mismo ritmo que la de Australia o los Estados Unidos, siendo superada por Europa cuyo crecimiento acelerado era un reflejo estadístico de su reconstrucción de posguerra.

Por otro lado, las causas de la inflación en las diversas etapas de la economía argentina poco tienen que ver con el déficit presupuestario del Estado. En la etapa industrial, la inflación era parte de la dinámica de “freno y arranque” de la economía, donde las devaluaciones que presionaban el freno impulsaban los precios de productos importados y agrícolas, mientras que las lentas subas de salarios que marcaban el arranque daban impulso a los costos, precios industriales y de servicios. Tras el Rodrigazo, la alta inflación que predominó entre 1975 y 1992, tenía en sus componentes inerciales y en el desequilibrio estructural de las cuentas externas (provocado por el endeudamiento externo y bajo precio de las materias primas), sus fundamentos principales.

Hablando de endeudamiento, sólo una ceguera ideológica puede atribuirlo “prioridad otorgada al objetivo de la equidad” por parte de Videla o Menem. Más allá de las migas arrojadas a la clase media para hacer turismo o importar barato, el grueso de la deuda externa no financió el exceso de consumo de los argentinos sobre su producción (déficit comercial), sino la fuga de capitales por parte de la cúpula empresarial.

Así, en tiempos de la “tablita cambiaria” de Martínez de Hoz, la deuda externa se incrementó 22.382 millones de dólares, financiando una fuga de capitales de 15.645 millones de dólares y, en mucha menor medida, el déficit comercial de 3896 millones de dólares acumulado entre 1979 y 1981. Algo similar sucedió bajo la convertibilidad de Cavallo donde el incremento de la deuda de 78269 millones de dólares financió principalmente la fuga de capitales (54.923 millones de dólares), mientras que el déficit comercial acumulado 1991 y 2001 fue de un monto significativamente menor: 28.905 millones de dólares.

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