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Domingo, 4 de marzo de 2007

Análisis de las actuales condiciones del mercado laboral

Paula Nahirñak
Investigadora del Ieral-Fundación Mediterránea

“Desempleo estructural”

“El regreso a tasas de desempleo de un dígito pareciera retrotraer el mercado de trabajo a principios de los ’90. Sin embargo, cuando se compara la foto de aquella época con la de fines de 2006 la situación es distinta. En el caso de los ocupados las diferencias se encuentran en materia de formalidad laboral, poder adquisitivo y capital humano. La informalidad ha dado un salto desde niveles cercanos al 30 por ciento, hasta cerca del 50 en 2004. En los últimos años se ha reducido, pero muy lentamente. Los ingresos a valores de pesos de 2006 muestran, en promedio, una pérdida de más del 25 por ciento de su poder adquisitivo, siendo la pérdida mayor en el caso de las mujeres que en los hombres. En cuanto al capital humano, mientras en 1993 del total de los ocupados sólo un 22,9 por ciento tenía estudios superiores (incompletos o completos), esa proporción aumentó a 33,1 por ciento en 2006. En resumen, los ocupados tienen más capital humano, pero la informalidad laboral es más alta y los ingresos en pesos de 2006 son más bajos. En el caso de los desocupados una de las diferencias clave es que mientras en 1993 la desocupación perjudicaba más a quienes poseían menor capital humano, en el presente afecta más a los individuos que están más educados. Por ejemplo, para individuos con un nivel de educación de secundaria completa, la participación salta de 14,9 a 23,7 por ciento en el total de desocupados. Pero el mayor de los cambios se encuentra en el tiempo de permanencia como desocupados. Mientras que en 1993 sólo el 4,4 por ciento estaba desempleado por un período mayor a un año, ese porcentaje trepa a 29,3 en 2006. Estos guarismos son peores para las mujeres. ¿Qué significan esas cifras? Que el desempleo llamado ‘estructural’ es cada vez más elevado. De estas diferencias surgen los flancos que deben atacar las políticas públicas: alta informalidad, bajos ingresos y desempleo estructural.”


Julio César Neffa
Investigador Superior del Conicet y director del Ceil Piette

“Todavía hay mucho precario”

“En términos cuantitativos la disminución del desempleo lograda en los últimos años es enorme y pocos países pueden mostrar una performance similar. Pero hay otra cara del problema y son las dimensiones cualitativas, acerca de lo cual el progreso se nota, pero no ha sido tan rápido. El aumento de la tasa de actividad, que llegó al 46,1 por ciento indica que muchas personas que estaban inactivas (esposas/os, hijos mayores) salen al mercado de trabajo para completar los ingresos. Quienes trabajan menos de 35 horas y que buscan otro empleo o trabajar más horas son todavía el 10,8 por ciento de la PEA, es decir más que los desocupados. Dentro de los ocupados, el trabajo asalariado en negro sigue siendo importante. También es importante el trabajo informal (las empleadas domésticas, los trabajadores familiares no remunerados, los trabajadores por cuenta propia y los que trabajan en microempresas de menos de 5 trabajadores), donde son escasos los trabajadores asalariados. Por otra parte, desde que la dictadura militar modificó la ley de contrato de trabajo se legitimaron diversas formas de trabajo precario, es decir sin estabilidad, como contratos por tiempo determinado, a tiempo parcial y temporarios. Además, se fortalecieron las tendencias a la subcontratación y la tercerización de actividades que afectaron la anterior relación salarial. La crisis del mercado de trabajo ha provocado también un desajuste entre las competencias requeridas por los puestos vacantes y las que ofrecen los trabajadores. La reforma educativa operada en la década pasada respecto de la formación profesional significó un fuerte retraso en la formación de fuerza de trabajo calificada justo cuando en el mundo se estaba operando una revolución científica y tecnológica que ocurre sólo dos o tres veces por siglo.”


Mariana González
Economista del Cenda

“Elevada subocupación”

“El descenso de la tasa de desocupación al 8,7 por ciento es en sí mismo un dato auspicioso. Esta caída se explica principalmente por el aumento en la tasa de empleo, que llegó a 42,1 por ciento, un valor que supera ampliamente el vigente durante toda la década del ’90, lo que refleja que el crecimiento económico sostenido y la nueva composición sectorial de ese patrón de crecimiento redundaron desde 2002 en una importante creación de puestos de trabajo. Aun así, la tasa de desocupación continúa siendo elevada, como lo es también la de subocupación. Y otros aspectos que hacen a las condiciones de vida de los trabajadores han mostrado una evolución mucho menos favorable. Los salarios reales no han seguido el ritmo de esta recuperación de la economía y del empleo. Antes bien, el poder adquisitivo del salario promedio, que llegó a descender un 30 por ciento luego de la devaluación, aún no ha alcanzado los deprimidos niveles de 2001, al tiempo que las ganancias empresarias se recuperaron rápidamente y exhiben niveles extraordinarios en la mayor parte de los sectores. A su vez, el grado de desigualdad en las remuneraciones de los trabajadores ha disminuido sólo limitadamente y un importante conjunto de trabajadores –quienes se encuentran en las situaciones más desfavorecidas– no alcanza a cobrar el mínimo establecido por la legislación. El crecimiento de la ocupación tampoco fue acompañado de una mejora significativa en la calidad del empleo. El 41,2 por ciento de los asalariados (excluyendo a los ocupados beneficiarios de planes de empleo) tiene puestos no registrados o ‘en negro’, es decir, sin aportes jubilatorios, sin obra social y sin protección frente a accidentes y despidos. Esta situación de precariedad laboral para los trabajadores y la consecuente vulnerabilidad para sus familias exigen una respuesta contundente y activa de parte del Estado.”

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