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Martes, 21 de octubre de 2008

TEATRO › DIEGO LERMAN, SANTIAGO LOZA Y NADA DEL AMOR ME PRODUCE ENVIDIA

Un melodrama hecho de canciones

El director y el autor de la obra que se exhibe en el Sportivo Teatral trascienden el marco del cine, que les es más habitual, para contar una historia inspirada en las cancionistas de los años ’30 y ’40, en el formato de un unipersonal.

 Por Cecilia Hopkins

Diego Lerman, director de Tan de repente y Mientras tanto, está por debutar en la dirección teatral con Nada del amor me produce envidia, obra concebida por otro cineasta, Santiago Loza (director de la premiada Extraño) en ésta, su segunda incursión como dramaturgo (ver recuadro). El espectáculo, que se exhibe en el Sportivo Teatral (Thames 1246), es definido por sus creadores como un “melodrama musical” en formato de unipersonal, con música de Sandra Baylac y vestuario de Guido Lapadula. María Merlino, la intérprete, tuvo un rol activo en la gestación del proyecto dado que la trama se definió a partir de un trabajo de investigación que ella misma llevó a cabo, sobre el mundo de las cancionistas argentinas en los años ’30 y ’40.

Así surgió una historia que enlaza a Libertad Lamarque y a Eva Duarte, sobre el telón de fondo de la situación generada por el cachetazo que, según cuenta la leyenda, la primera le dio a la segunda durante el rodaje, en 1945, de La cabalgata del circo, de Hugo del Carril. Acerca de la estética de cruce del espectáculo, Lerman define: “El melodrama y el musical son dos géneros distintos; pero nosotros hablamos de melodrama musical porque pensamos en el cine más que en el teatro. Digamos que hay una zona muy sentimental, se habla del amor o de su imposibilidad en tanto que, de manera arbitraria, se pasa al canto, porque las canciones son parte esencial de esta obra”. Mientras realiza sus labores, la costurera vive entonando las canciones del repertorio de Libertad Lamarque, hasta que un día su admirada diva llega a su taller a encargarle un vestido. Los problemas surgen cuando Eva Duarte, imitando a la cantante, llega a su puerta y elige, esta vez sin saberlo, el mismo modelo. “Al fin y al cabo, todos esperamos una vida para decidir cosas como éstas –reflexiona la costurera– y cuando ocurren no estamos preparados... Como si el cuerpo se resistiera y doliera. Y el único deseo que existe es que pase todo...”

–¿Por qué afirman que era común en los años ’40 que una cantante frustrada se convirtiese en costurera?

Diego Lerman: –Esto surgió de la investigación. María (Merlino) nos trajo una nota de Sergio Wolf publicada en Página/12 que argumentaba eso mismo de manera muy categórica. De allí pensamos que nuestro personaje fuese una costurera que imitaba a Libertad Lamarque hasta el hartazgo cuando trabajaba en un cuartucho al que pocas veces llegaba la luz, mientras cosía los vestidos para ser estrenados en las fiestas a las que nunca iría.

Santiago Loza: –Pero el personaje no es solamente alguien que imita a Libertad Lamarque sino alguien que tiene el mismo timbre de voz que la diva, pero está en un garaje cosiendo. Como si la vida estuviera mal repartida. Aunque, según María, que vivió en un pueblo en la infancia y su primera juventud, la costurera solía ser una persona socialmente importante.

–¿Qué prima en la obra, lo que deriva de la investigación previa o los aspectos ficticios?

D. L.: –Lo que tomamos fue el mito alrededor de Libertad y de Evita, y lo que el mito irradia en nuestra costurera.

S. L.: –Es el imaginario popular sobre estas dos figuras lo que está en la obra, lo público, el chisme. No es un aporte a la historia. Incluso el famoso episodio de la disputa entre ambas ha sido negado en varias ocasiones, y puede ser que nunca ocurriera. Lo que nos interesó es la construcción popular de la ficción.

–¿Es complejo pasar del registro filmado al teatral?

D. L.: –Personalmente lo que me atrae del teatro es ese lugar de ritual que tiene, que cada función sea única e irrepetible y que se pueda construir un mundo con muy pocos elementos. Es la parte por el todo: si la parte está bien construida, el todo aparece de manera mágica. El cine, en cambio, trabaja de manera más concreta. En el teatro, su mismo formato rústico y artesanal es lo que hace que sea único y que cada vez, con el avance de la tecnología, sea más y más abstracto.

S. L.: –En teatro, las imágenes son evocadas, se van formando en el imaginario del espectador; en el cine, las imágenes están ahí, inobjetables, crudas. Es parte de la diferencia. No se puede hacer teatro en cine y tampoco cine en el teatro, es otra cosa.

–¿La obra es producto del equipo?

D. L.: –Esta obra nace de la investigación de María (Merlino), del deseo profundo que tenía de actuar y cantar a lo Libertad Lamarque. María nació en Benito Juárez, en la provincia de Buenos Aires, y llegó a escuchar radioteatros, algo que junto al tango estuvo muy presente en todo el proceso. María me convocó para que la dirigiera y juntos llamamos a Santiago, que tiene una extrema sensibilidad para los personajes femeninos y una poética textual muy conmovedora. En nuestras reuniones escuchábamos tangos, mirábamos películas y revistas de la época encontradas en el Parque Rivadavia.

S. L.: –Mi trabajo también fue como el de una costurera, porque debía buscar el vestido que pudiera servir a esa actriz y al director. Es lindo ponerse a disposición de la expresión del otro. Me parece que la puesta de Diego es sobria, precisa, entrañable y juguetona.

–¿Desde el comienzo se pensó en realizar un unipersonal?

D. L.: –Siempre pensamos en una obra con la menor cantidad de elementos posibles, con una actriz, sin apagones, cantada casi todo a capella y prácticamente con un solo vestuario. Así, el desafío quedó planteado al intentar, casi sin artificios, sostener el interés y la atención del espectador.

–¿Cómo ven dos cineastas el panorama teatral de estos últimos tiempos?

D. L.: –Rescato ese lugar lúdico y festivo que ha surgido en los últimos años alrededor de la producción teatral. También que haya un público que llena las salas. Pero creo que el peligro es, al mismo tiempo, su mayor virtud: esa cantidad inagotable y por momentos abrumadora de espectáculos.

S. L.: –Tengo la sensación de que están pasando cosas, porque no puedo ver todo de tanto que hay. También es cierto que es relativamente simple, en términos de producción, montar algunos espectáculos. Eso a veces juega en contra, pero otras veces a favor: se ven intentos que no podrían hacerse en otras disciplinas.

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Diego Lerman y Santiago Loza dicen que, para narrar, piensan más en el cine que en el teatro.
 
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