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Jueves, 18 de diciembre de 2008

TEATRO › MURIO EL ACTOR Y DIRECTOR HECTOR MALAMUD

El adiós a un grande de la escena

 Por Hilda Cabrera

Gran conocedor del arte de la escena, el actor y director Héctor Malamud supo destacarse tanto en los protagónicos como en los papeles más modestos. Lo puso de manifiesto a través de los canales masivos del cine y la TV (Televisión por la Identidad y El hombre que volvió de la muerte), pero sobre todo en el teatro, ámbito en el que se formó bajo la guía del director Oscar Fessler, uno de sus más apreciados maestros del Instituto de Teatro de la Universidad. Ese conocimiento unido a su capacidad para el juego escénico le permitió cruzar lo cómico y lo serio sin perder el eje de la historia que deseaba contar, y hacer suyo aquello de “jugar para crear, crear para reír, reír para crecer”. Frase modélica aplicable a los espectáculos para chicos. Resultado de esto fue Un cabaret infantil, que dirigió. Una forma de hacer teatro bien distinta de la hoy mítica performance del Museo de Arte Cómico, de 1994, que él mismo “fundó” en el desaparecido centro cultural Babilonia.

Su destreza para adentrarse en los mecanismos del humor lo acercó en ocasiones a uno de sus más queridos referentes, el genial Copi, seudónimo del dibujante y humorista Raúl Natalio Damonte Taborda, cuyo diálogo surrealista lo apasionaba. Malamud trató personalmente a Copi durante su estadía en Francia, cuando este escritor y dramaturgo era ya la vanguardia teatral parisina, junto a los directores argentinos radicados en París Jorge Lavelli, Víctor García, Alfredo Arias y Jérôme Savary. La sabiduría adquirida durante sus años en Europa (alrededor de veinte, si se cuentan los seminarios dictados en Italia, España y Suiza) le dieron aún mayor carnadura al personaje que en uno de sus regresos a Buenos Aires compuso en Una visita inoportuna, obra de Copi estrenada en el San Martín, con Jorge Mayor como protagonista y dirección de Maricarmen Arnó.

En la memoria de quienes lo conocieron quedó calificado de fundamental su trabajo en El gran soñador, de 1973, junto a Leonor Galindo, que dirigió Lía Jelín y fue invitado a festivales internacionales. De su estadía europea se destaca, además de las obras en las que participó, su deseo de perfeccionamiento actoral (en el que incluía las artes de la pantomima y el clown) y sus trabajos de investigación referidos, entre otros, al aporte del gag al cine mudo. Fue así que en otro de sus regresos se lo vio en Buenos Aires en una rara pieza, La gente me ama, junto al actor Benito Gutmacher. Los musicales no le resultaron ajenos: actuó en Mina y Rita, la salvaje y dirigió Mishiadura y metejón, ambientado en los ’30. En consonancia con su aspecto de muchacho de barrio supo mostrar entusiasmo por los ciclos programados en 2006 para las canchas, y presentó Tango Chips en el club Gimnasia y Esgrima, comprometiéndose también en ciclos de teatro solidario y de pequeño formato. Claro que en su amplia trayectoria hubo actuaciones enjundiosas. Por nombrar sólo dos, su trabajo en Historia tendenciosa de la clase media argentina, de Ricardo Monti, y Luces de bohemia, de Valle Inclán. En cine, participó en Roma (2004), Caballos salvajes (1995), Un muro de silencio (1993), Siempre es difícil volver a casa (1992) y, entre muchas otras, en Los espíritus patrióticos (1991), donde su composición mereció dos distinciones.

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