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Miércoles, 1 de abril de 2009

TEATRO › EL ELENCO DE SOLO BRUMAS, UNA OBRA QUE IMPACTA

“Es una forma de conectarse poéticamente con la realidad”

El autor, el director y los protagonistas hablan de la pieza que se reestrena este viernes, cuyo primer disparador fue la noticia de las muertes de niños en Tucumán y la estratagema utilizada para ocultarlas del ojo público.

 Por Hilda Cabrera

Cerebro en brumas o país de brumas o alarido que se silencia. ¿Cuánto más despierta el título de la más reciente obra de Eduardo “Tato” Pavlovsky? En la presentación de Sólo brumas se alude a lo monstruoso instalado en lo cotidiano y a la cotidianidad de lo monstruoso, de modo tal que el espectador no tiene escapatoria: se compromete ante el teatro de intensidades de Pavlovsky o lo desecha. Singulares en lo que le toca a cada cual como protagonista, Pavlovsky, Susy Evans, Mirta Bogdasarian y Eduardo Misch, dirigidos por Norman Briski, reponen esta obra este viernes en el Centro Cultural de la Cooperación, donde habrá funciones hasta mayo, cuando el equipo viaje a Francia, invitado al festival de teatro político que organiza el Centro Dramático Nacional de Dijon-Bourbogne. Un intervalo apenas para continuar en junio en el complejo de la calle Corrientes, donde fue estrenada en julio de 2008 con un recibimiento acorde a una pieza que descoloca. Experiencia a la que el elenco le pone palabras: “La aceptación fue en un momento muy fuerte; disminuyó después por el clima social y político, pero mantuvimos el interés del público hasta noviembre, final de la temporada”, puntualiza el autor, en diálogo con Página/12, junto a sus compañeros.

–¿El público se muestra reticente a la obra?

Eduardo Pavlovsky: –El tema no es agradable, sobre todo porque hoy nuestro teatro pasa por un “posmodernismo divertido”. En Francia me dijeron algo así cuando seleccionaron Potestad y Sólo brumas para el Festival Internacional Teatro en Mayo, de Dijon. Las seleccionaron por ser las únicas estrictamente políticas que encontraron. Las otras que hoy se ven están muy bien escritas, pero cuentan historias que pueden ocurrir en cualquier otro lugar; éstas, en cambio, son nuestras.

–En el programa de mano se recuerda una denuncia hecha en 2004, en la provincia de Tucumán, sobre el destino de los bebés que nacen con un peso inferior a 500 gramos. ¿Qué incidencia tiene este tipo de trabajo en una sociedad que victimiza a los niños y acepta que padezcan desnutrición, golpizas, violaciones o raptos?

Norman Briski: –No lo sabemos. Uno siente la imperiosa necesidad de decir desde su lugar aquello que se silencia, y que los gobernantes, políticos y la misma sociedad tratan de ocultar para dar una buena imagen del país.

E. P.: –Aclaremos que una obra no es lo mismo que una denuncia política, pero pienso que ciertos temas políticos pueden “distorsionarse teatralmente” para profundizar en el imaginario social del momento.

–¿Evaluaron la respuesta del espectador?

Mirta Bogdasarian: –En términos generales, y más allá de las particularidades de las personas que ven la obra, la gente sale impactada, pero de una manera rara, como si estuviera irritada. Lo que ve duele y lo entienden, pero no lo quieren recibir. Sé de espectadores que después lo repiensan y adoptan otra actitud: decodifican y se la bancan.

–No faltan escenas bravas, como el monólogo del personaje Eusebio. En este punto, ¿qué pueden decir de sus roles?

Susy Evans: –Cuando compongo a Pepi me olvido del público, y siento que lo que está sucediendo en escena no es tan dramático. Esto no me sucede con otra obra de Tato, Potestad. Ahí, pienso ¡pobre gente, qué dura es esta obra! En Sólo brumas estamos todos ahí, en el depósito, pero mi personaje se va a otro tiempo, a otro espacio.

N. B.: –Pepi intenta irse cinco veces de la obra.

S. E.: –Pero no llamo a eso evasión ni delirio: es una forma de conectarse poéticamente con la realidad. Y se da bien, porque soy así en la vida: intento irme a algún lugar aunque no lo logre. Paradojalmente me gusta este trabajo: es importante y no estamos solos.

M. B.: –Susy destaca el valor de nuestro trabajo como actores, valor que no está dado directamente por el discurso de cada uno sino por las emociones que atraviesan a los personajes. El mío, Pipi, padece por sus problemas personales, por la amiga a la que quiso y perdió, por no haber tenido novio... Cada uno saca conflictos que no están referidos puntualmente al tema que circula en la obra (la victimización de los niños). En ese depósito, donde la tarea es recibir las cunas con los bebés moribundos, somos parte de una maquinaria que nos hace sufrir miserablemente. Esto permite que la obra no sea panfletaria.

–¿Y que Eusebio, Pepi y Pipi sean tan contradictorios? A Pipi la perturba el ruido de las bolsas al caer...

N. B.: –Está claro que a ella le gustan los chicos. No está despojada de afecto por los bebés, pero ve su trabajo como algo que debe hacer.

Eduardo Misch: –Como dice Norman, hacen lo que se les pidió. Son parte de un sistema que busca silenciar esas muertes. Mencionábamos antes las muertes en Tucumán, pero las denuncias sobre chicos que mueren hoy diariamente en el país continúan, y mueren por causas evitables.

E. P.: –Escribí esta obra después de ver salir a una pareja y cuatro chicos de una “casita” de 2x2 instalada en Figueroa Alcorta y Pampa. Me dije: “No puede ser que vivan así”. Soy consciente de que ésta es una obra difícil, con la cual quisimos denunciar –aunque no de forma explícita– lo que sucedía en un hospital de Tucumán, donde los bebés que no llegaban a pesar 500 gramos eran llevados a un lavadero, y los chicos moribundos no eran registrados como nacidos y muertos, sino que se los dejaba morir como si nunca hubieran existido. Pero el espíritu de la obra, así como lo hemos tomado, es lúdico, en el sentido que el teatro le da a esta palabra. Mi personaje Eusebio no sabe bien quién es; si lo supiera tal vez no tendría ese discurso, hecho de retazos de lo que puede ser el discurso de un chico muerto de hambre o de alguien al que torturaron.

N. B.: –Hablamos de una sociedad adormecida, y creo que también los roles están adormecidos. Los personajes no se dan cuenta de lo que está pasando. Y si hacemos un paralelismo, esa dormidera la podemos ver hoy en las internas que se dan en todo tipo de organización, donde incluyo a los que gobiernan.

–¿Dormidera equivale a indiferencia?

N. B.: –La complejidad de los hechos que nos llevaron a estar como estamos nos adormecieron, y además nos lastimaron.

E. P.: –Eusebio, Pepi y Pipi son seres lastimados. La indigencia no interesa, no genera inquietud a los que están afuera de la pobreza, como sí la genera la inseguridad. Y menos interesan los chicos desahuciados. Si empezáramos desde la base, desde la infancia, y de manera total, como en otra época se ocuparon Perón y Evita, tendríamos más futuro como país. Ahora nos encontramos con tres o cuatro generaciones de chicos deteriorados, con padres también deteriorados, y entonces, cuando oigo lo que dice nuestra Presidenta sobre la pobreza, me doy cuenta de que sólo toca las palabras, porque no la ubica como el problema esencial del país. Esta realidad me llevó a escribir la obra, y encontré en Norman, y en todo el equipo, una coincidencia ideológica que lo hizo posible. Tenemos un intercomunicador, Osvaldo Saidón, que nos mira y charla con nosotros sobre los inconvenientes de trabajar con una temática horripilante. Me pregunto: ¿cómo no vamos a tener delincuentes juveniles si no nos ocupamos de nuestros chicos?

N. B.: –Hay organizaciones que se ocupan, pero eso no basta. Sabemos del deterioro de la educación, la salud pública y hasta el entretenimiento, que cuenta con gente que nos marca el ritmo de lo que supuestamente es arte. La injusticia anda por todos lados y sólo deja fantasmas.

–¿Como el hombre misterioso que aparece al final para definir la obra?

E. M.: –Ese es mi personaje, y el único que se modificó en este reestreno.

N. B.: –Pero no demasiado: antes era un hombre que llevaba anteojos negros y ahora es un médico que niega que haya chicos que mueren diariamente y de esa manera en Argentina.

E. M.: –En el original, mi personaje entraba a ese depósito y hacía uso del “efecto sorpresa”. Después se produjeron cambios. Eusebio, Pepi y Pipi empezaron a darse cuenta de qué lugar era ése y qué podía sucederles.

M. B.: –Nosotros, como actores, seguimos los lineamientos de la obra, pero hay algo que la completa y es el cuerpo y las particularidades de los que componemos cada rol.

N. B.: –Sería bueno decir que el teatro de Tato es dramaturgia para actores: no empieza ni termina como literatura.

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“La indigencia no interesa, no genera inquietud a los que están afuera de la pobreza, como sí la genera la inseguridad.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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