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Lunes, 8 de febrero de 2010

TEATRO › SUSANA TORRES MOLINA ESTRENO ESA EXTRAÑA FORMA DE PASION

Memoria para una conciencia activa

Los años ’70 y los riesgos de la militancia política marcan el pulso de la inquietante pieza que la dramaturga y directora acaba de montar en El Camarín de las Musas.

 Por Cecilia Hopkins

Difícilmente encasillable, la obra de Susana Torres Molina ha ido cambiando de temas y estéticas a lo largo de los años. Dos ejemplos de obras suyas de los ’80, dirigidas por ella misma, son Espiral de fuego (con el inolvidable Danilo Devizia, sobre el mundo masculino) y Amantísima, acerca del vínculo entre madres e hijas, obra enrolada en la corriente del teatro de imagen que comenzaba a imponerse en el momento de su estreno. No sin razón, la misma autora afirma hoy que “quien las haya visto no las olvidará nunca”. En los últimos años dio a conocer piezas como Ella y Derrame, ambas construidas en torno de conflictos de pareja, y Manifiesto vs. manifiesto, obra que busca ahondar la relación entre arte y cuerpo. Ahora, los años ’70, con los riesgos que supuso por entonces la militancia política, es el tema central de la obra que acaba de subir a escena en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960), bajo su propia dirección. Armada a partir de una estructura fragmentaria, Esa extraña forma de pasión muestra diversas situaciones que se entremezclan para referirse, en forma velada, a la vida en los campos de detención, la relación entre represores y detenidos, los hijos de los desaparecidos y los sobrevivientes, sospechados de traición. La puesta, según su directora, “guarda similitudes con el montaje audiovisual”. No en vano el cine es una de las cuentas pendientes de Torres Molina, sobre la base de experiencias suyas en ese campo que fueron exitosas, pero nunca reeditadas.

Para Torres Molina, el objetivo final que tuvo en cuenta a la hora del montaje de Esa extraña... fue “presentar escénicamente una serie de estímulos, asociaciones, multiplicaciones de sentido, deslizamientos, que establezcan un recorte de este singular trauma, que aun hoy convive con nosotros de múltiples modos”. En una entrevista con Página/12, la dramaturga y directora cuenta cómo surgió la necesidad de escribir sobre los años ’70: “Siempre parto de cuestiones humanas que no logro aprehender por lo extrañas que me resultan, por quedar fuera de mi comprensión. Luego de generarse en mí ideas e imágenes, busco información y me pongo a investigar”, detalla. Después de leer un artículo periodístico sobre la relación entre represores y detenidas, comenzó a abordar la obra de diversos autores que escribieron sobre los años de militancia, como Miguel Bonasso, Marcelo Larraquy, Pilar Calveiro y Ana Longoni.

–¿Cuál fue su punto de arranque?

–Leí en un diario de Bahía Blanca una nota que hacía referencia a otros tiempos, cuando los represores salían a bailar en Año Nuevo con las mujeres que estaban prisioneras. Así surgió Sunset. Luego escribí Los tilos y Loyola. Primero pensé en hacer con ellos una trilogía; luego me pareció mejor entrelazar los textos y hacer un recorte en función de la perspectiva que quería compartir con el espectador.

–¿Tuvo experiencias de militancia?

–Yo no llegué a militar porque en ese entonces tenía hijos chicos y luego debí exiliarme. Así que a ese tiempo siempre lo pensé como algo que perdí, algo muy intenso que viví desde un lugar lateral. Tal vez haya mucho de idealización en eso. Pero esta obra es un tributo a esa época en la que muchos queríamos cosas parecidas.

–¿Cómo describiría el resultado final?

–Quise armar una obra con múltiples voces, donde no haya ninguna que prevalezca sobre las otras. Hay preguntas y hay contradicciones. Hay dos militantes: uno convencido de lo que hace, otro que quiere abrirse. Hay una escritora sobreviviente de esa época y un hijo de un desaparecido que está dolorido porque su padre no lo eligió y siente que hubo demasiados muertos para la revolución que pensaba realizarse y sus resultados.

–La obra revela muchos aspectos críticos. ¿Cuánto hay de su propio punto de vista?

–El hecho de que haya un personaje, como el de la escritora, que no se arrepiente de lo que hizo, no quiere decir que no haya una autocrítica. Mucho de lo que dicen los personajes es lo que pienso acerca de lo sucedido. Sobre la desprotección de los militantes que accionaban en función de las directivas de los que estaban fuera del país, por ejemplo.

–¿Cree que es un tema que el teatro ha tratado de evitar?

–En la misma obra se dice que los procesos creativos son misteriosos. Hay muchísimas películas sobre los campos de concentración nazis, y aquí ese tema no se toca en teatro, cuando hubo 360 campos de detención en el país. Sentí que debía hablar sobre esto desde la construcción de un entramado de cuestiones, sin hacer una dicotomía entre lo siniestro, por un lado, y la pureza de ideales, por el otro. Esta obra entiende la memoria como conciencia activa: no es que quiera mantener vivo el pasado sino reflexionar acerca de él.

–También habla de los sobrevivientes...

–Me atrapó la idea de hablar sobre la colaboración, de la traición bajo tortura. Creo que nadie es quién para juzgar a los sobrevivientes, quienes siempre padecen una mirada incómoda porque fueron testigos de cosas de las cuales es mejor no enterarse.

–¿Cómo ve al teatro con relación a este momento?

–Del teatro de esta época me interesa su enorme variedad. Cada uno hace el teatro que le interesa. A mí me gusta inquietar, hacer un teatro que incite a reflexionar: no dar respuestas sino invitar a que las personas se emocionen y piensen. Por eso incursiono en temas provocadores, planteando ritmos y situaciones intensas, poco previsibles, cuidando que nada caiga en lo convencional.

–Para muchos, el matrimonio Kirchner encarna esa época de militancia en el país. ¿Cuál es su opinión?

–Tanto Cristina Fernández como Néstor Kirchner tuvieron una militancia y, ya en el poder, lograron grandes avances en lo relacionado con los derechos humanos, lo cual se agradece mucho. Pero no solamente está el tema de los desaparecidos y los represores. Hay que tener en cuenta que también es una cuestión de derechos humanos ocuparse del hambre que padece gran parte de la población. Pienso que el hambre es un crimen. Todos los días tenemos noticias de atropellos, violaciones, situaciones de prostitución e indignidad. No entiendo cómo es que nos dicen que el país está en condiciones de exportar toneladas de alimentos, cuando hay chicos que no tienen lo básico para subsistir.

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Torres Molina presenta una época e invita a la reflexión.
Imagen: Carolina Camps
 
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