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Lunes, 8 de febrero de 2010

CINE › FINALIZO EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE ROTTERDAM

Pasado y presente, citados en Holanda

El jurado premió tres largometrajes de diversa procedencia: el sensible documental Alamar, del mexicano Pedro González-Rubio; Agua fría de mar, ópera prima de la costarricense Paz Fábrega, y Mundane History, promisorio debut de la tailandesa Anocha Suwichakornpong.

 Por Diego Brodersen

Desde Rotterdam

Baja sus cortinas el Festival Internacional de Cine de Rotterdam luego de nueve días de intensa actividad cinematográfica, que incluyeron no sólo las proyecciones –usualmente colmadas de público hasta el último asiento–, sino también al mercado paralelo conocido como CineMart y las reuniones del Hubert Bals Fund, destinado a promover con fondos económicos a aquellos jóvenes realizadores que se encuentran realizando sus primeros largometrajes. En la noche del viernes, en una ceremonia para nada pomposa y afortunadamente breve, se entregaron los tres Tigers de esta edición 2010, premio consistente en una silueta atigrada realizada en metal y, más importante aún, 15.000 euros que deben ser utilizados en la producción de otro film.

El jurado integrado, entre otros, por el director mexicano Amat Escalante (Los bastardos) y la actriz francesa Jeanne Balibar (quien cantó en la ceremonia cinco temas de su autoría) decidió entregar los premios a tres largometrajes de diversa procedencia. Dos de ellos, el sensible documental Alamar, del mexicano Pedro González-Rubio, y la ópera prima de la directora costarricense Paz Fábrega, Agua fría de mar, ya fueron reseñados en esta misma sección. Mundane History es el título del tercer film premiado, otro promisorio debut, en este caso de la tailandesa Anocha Suwichakornpong, quien muy emocionada refería, premio en mano, a las dificultades que tuvo que enfrentar para realizar su película. En la primera mitad del film, puede adivinarse el talento de la realizadora para la creación de climas y el sutil manejo de sus actores. La historia gira alrededor de la relación que se establece entre un joven de clase acomodada, paralizado de la cintura para abajo luego de un accidente, y un terapeuta contratado para cuidar de él. El relato nunca es previsible y evita los lugares comunes de ciertos relatos intimistas, pero a partir de un momento clave comienza a perder fuerza y a insertar escenas que bien podrían eliminarse sin que el film se resienta de manera alguna. En los pasillos del festival se comentaba la visión de un montaje anterior de este film, en el cual la relación adoptaba tintes eróticos, absolutamente ausentes en la versión presentada al público. Puede parecer un detalle menor y probablemente no sea éste el caso, pero resulta interesante preguntarse hasta qué punto las reescrituras de guiones y cambios en los films rodados, práctica corriente a la hora de buscar fondos para la finalización de un film independiente, no terminan alterando la visión de los cineastas.

Finalmente, el premio de la crítica internacional (Fipresci) terminó recayendo sobre el más radical y libre de los quince largometrajes en competencia, el ya comentado Let Each One Go Where He May, del estadounidense Ben Russell. Fuera de esta sección, y como parte de un programa gigantesco que incluyó no menos de 400 títulos (la estructura y alcance del festival son similares a las de nuestro Bafici), la retrospectiva parcial dedicada al japonés Yoshishige Yoshida fue uno de los platos fuertes. Proyectados en 35mm y en copias relucientes, dos de sus films más notorios agotaron las entradas rápidamente. Eros + Massacre (1969) es un ambicioso retrato generacional de casi tres horas de duración, rodado en pantalla ancha y una fotografía en blanco y negro de elegante precisión, basado, en parte, en la vida real de Osugi Sakae. Sakae fue un escritor y poeta anarquista que en la década del ’10 fomentó en sus escritos y practicó en la vida real el amor libre, terminando sus días trágicamente en un hecho que, de alguna manera, se transforma en un símbolo de los cambios que se estaban gestando en la vida social nipona. Ese relato es entrelazado magistralmente con otra historia contemporánea a la realización del film, la de una pareja de estudiantes políticamente radicalizados. Film de enorme complejidad que necesita más de una visión para ser plenamente apreciado y es, sin dudas, uno de los mejores exponentes de la nueva ola japonesa.

Coup d’état (1973) es otro de los grandes films de Yoshida –presente en Rotterdam junto a su mujer y actriz de muchos de sus films, Moriko Okada–, una profunda mirada sobre la creciente militarización y corrimiento hacia la derecha en el Japón de los años ’20 y ’30. Yoshida no fue el único realizador de ese origen que tuvo un lugar protagónico en esta 39ª edición del festival. Un tanto irregular, pero interesante por sus diversos intereses conceptuales y estéticos, Sai Yoichi comenzó su carrera como asistente de Nagisa Oshima en el famoso largometraje El imperio de los sentidos (1976), iniciando luego una carrera que lo llevaría del cine de yakuzas al drama psicológico, del erotismo comercial al relato épico. Precisamente Blood and Bones (2004), narra la historia de un personaje violento que en ningún momento está dispuesto a redimir su conducta para con aquellos que lo rodean, comenzando por los miembros de su familia. Interpretado por Takeshi Kitano en su último papel protagónico en un film de otro realizador, el protagonista es un inmigrante coreano en Japón que, a lo largo de los años y las décadas, sobrevive gracias a los préstamos y la usura, al tiempo que practica una particular versión del patriarcado barrial. La retrospectiva completa de la obra de Yoichi fue otro de los regalos de esta edición del Festival de Rotterdam.

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Alamar, Agua fría de mar y Mundane History, films premiados en una muestra que tiene similitudes con nuestro Bafici.
 
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