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Domingo, 14 de febrero de 2010

TEATRO › MONICA CABRERA, AUTORA, ACTRIZ Y DIRECTORA

“El poder nunca se ríe de sí mismo”

Creadora de un humor que incursiona en aquello que se pretende ocultar, presenta El sistema de la víctima en el Teatro Payró.

 Por Hilda Cabrera

¿Quiénes son víctimas reales y quiénes llegan a esa condición por un estímulo exterior exagerado? ¿Sentirse víctima desactiva el deseo de transgredir convenciones? Preguntas como éstas surgen ante El sistema de la víctima, uno de los cinco espectáculos que bajo el rótulo de Maraton Cabrera se presentan en el Teatro Payró. Los siguientes serán Arrabalera, mujeres que trabajan; The Victory to La Madrecita (con Teresa Murias como actriz invitada); Limosna de amores y ¡Dolly Guzmán no está muerta!, piezas que Mónica Cabrera, autora, actriz y directora, ofrecerá de a una por mes. Creadora de un humor que incursiona en aquello que se pretende ocultar, esta artista (invitada a festivales internacionales) opina que adoptar la posición de víctima implica a veces negociar a lo grande, con Dios o el cosmos: “Si uno lloriquea porque está lloviendo, quizá deje de llover”, bromea, en tanto aclara que El sistema... se refiere a “esos estados interiores en los que una persona cree ser la única que padece desgracias, además de regodearse con la idea de que todo va mal”. El personaje que define aquí esa situación es la suicida, “siempre a punto de arrojarse desde una cornisa”.

–¿De dónde parte este humor?

–De lo que me pasa a mí y a la gente con la que me encuentro. Trabajo mucho con cada espectáculo, me lleva un año o más.

–¿El hecho de que muestre lo feo –o lo que generalmente se intenta ocultar– la acerca más al espectador?

–Probablemente se vea reflejado y se divierta.

–¿Con qué relaciona este “sistema”?

–Con aquello que una persona arma para que la vean como víctima y con el entorno que nos convierte en víctimas reales. Supongamos que una sube a un avión, se produce un descuido técnico o el piloto se equivoca... Además prosperan formas de comunicar la realidad que nos arrinconan: se nos dice que nos amenazan el granizo, la inundación, los robos, las violaciones...

–¿Cuál es la consecuencia?

–Abandonar la idea de que somos protagonistas. ¿Qué podemos hacer ante la fuerza de la naturaleza o la de un funcionario, un jefe o un padre autoritario? Esto se relaciona con la libertad.

–¿Aceptar esa superioridad en la actividad artística resta libertad?

–Muchas veces se dijo que el teatro es un lugar de avanzada y cambio. En los años ’70, por ejemplo, se proponía abiertamente un cambio social y político... No sé en qué condiciones estamos hoy después del menemismo. De todas formas, pienso que el humor en el teatro puede llegar a ser un elemento interesante de resistencia. Es probable que nosotros no sepamos exactamente qué hacer, porque no somos estadistas ni ideólogos ni generadores de opinión, pero tenemos las herramientas para cuestionar y establecer una cierta complicidad con el público. Estrené estas obras en el 2000, 2001 y 2005, y seguí presentándolas porque muchos de los que las habían visto traían a otros. Creo que el humor infunde fuerza, y hasta ejerce una especial violencia. Por algo lo prohíben los dictadores y el poder no se ríe de sí mismo.

–¿Es así realmente?

–A los poderosos se les nota el armado del humor, la falsedad... El que sabe reírse de sí mismo ejerce una crítica absoluta sobre su persona. En algún punto es cruel, porque no admite matices, pero al mismo tiempo cobra gran fortaleza. En El sistema... me burlo de cosas mías. Adapto el texto dramático al trabajo escénico y rescato y renuevo. Todos mis personajes son elaborados a partir de hipótesis y enfoques distintos. ¡Dolly Guzmán no está muerta! tiene una lectura cinematográfica. Cada escena dura alrededor de tres minutos y se desarrolla en seis escenarios: un set de filmación, un convento, un cabaret... Lo que se oculta aparece sin comentarios y con humor. Construyo todos mis personajes en base a cómo hablan. Si sólo se los escucha, a través de la radio por ejemplo, se sabe quiénes son, a qué clase social pertenecen, qué piensan y si son viejos o jóvenes. Esta construcción sobre el decir tiene especial importancia en el monólogo político de uno de los personajes de Arrabalera..., donde dejé un espacio destinado a la improvisación. En otro espectáculo ese espacio le pertenece a una vieja anarquista y en Limonada de amores a una setentista muy politizada. Pero son siempre espacios acotados. Lo demás está en el libro. Lo que quiero decir es que cada una de mis obras tiene una pequeña hipótesis que demostrar.

–¿De qué manera?

–A través de los temas, la puesta, el vestuario... La demostración se da a veces con un detalle, un cambio de zapatos por ejemplo.

–¿En ¡Dolly Guzmán no está muerta! influyó el hecho histórico de la desaparición de cadáveres?

–Sí, claro, me crié en Argentina. El robo del cadáver de Eva, el corte de las manos de Perón, los desaparecidos por la dictadura militar, la gente que fue arrojada al río... Un infierno que no termina con la muerte. Eso está en Dolly..., pero tomado con distancia y mezclado con la tontería de la farándula, con la ambición de una mujer decadente que nunca fue una gran estrella pero simula haber muerto para cobrar importancia. Me interesaba trabajar sobre las confusiones, como las que, en la realidad, se armaron en torno de la muerte de Alfredo Yabrán, aunque admito que no hay ficción que supere a todas estas barbaridades.

–¿Cómo vivió la presentación de El sistema... en el Espacio Cultural Nuestros Hijos?

–Hace tiempo que no veía un lugar tan próspero, tan cuidado y con tanta gente amable trabajando con entusiasmo. Me convocaron y supe que debía estar allí. Es un lugar que funciona a pesar de todas las contradicciones que atraviesan a la izquierda. En el ECuNHi hay mucha energía juvenil, y no digo esto refiriéndome sólo a la edad. Días pasados tuvimos una hermosa experiencia con China Zorrilla en el Teatro Anfitrión, donde estamos presentando Anfitrión Cabaret. Pude comprobar nuevamente que China, a pesar de sus dificultades para moverse, es una mujer joven. Concha del Río se dirigía a ella y China le contestaba con gracia. Esa juventud interior es la que también encontré en el ECuNHi.

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“El humor en el teatro puede llegar a ser un elemento interesante de resistencia”, plantea Cabrera.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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