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Domingo, 14 de febrero de 2010

MUSICA › PRIMERA JORNADA DEL FESTIVAL COSQUIN ROCK

Cuando el pogo tiene buen gusto

Ante más de 20 mil personas, el ex guitarrista de los Redondos mostró todos los matices de su enorme personalidad rockera. Tras su set, la banda de Kusturica no logró emparejar la apuesta. Tampoco fue lucida la actuación de Viejas Locas, y Las Pelotas sigue extrañando a Sokol.

 Por Cristian Vitale

Siete de la mañana en San Roque. El rocío de la mañana, bien fresco, no impide que la apacible comuna despierte distinta. Son el rock y sus circunstancias los que van a lavar la cara esta vez, como hace cinco años. En los lindes de la ruta 55, bastante despoblada a esta hora, los primeros puestos abren el telón: locales de chapa dura con camiones de distribución en la puerta (hamburguesas, panchos, cerveza, fernet... lo de siempre) le corren el eje geográfico al consumo. Los campings, única guarida posible en la región, ya están atiborrados. Algunos fogonean, muchos duermen, y un nutrido grupo de pibes tucumanos pinta una bandera: “Skay, Tafí Viejo te adora”. El sol asoma y el reloj natural del festival de rock más importante de Latinoamérica acaba de empezar a correr. Diez y media de la noche. Noche entrada. Clara y estrellada. Más de 20 mil personas amplifican, en el predio, el paisaje del amanecer. Esperan a Skay y la bandera de los tucumanos, con la pintura aún fresca, copa la parada cerca de la escena. El ex Redondo no se hace desear. Las Pelotas acaban de dejarle el piso caliente a lo que será, cuando ocurra, uno de los mejores shows del Cosquín Rock, en años.

No hay exageración. Skay se planta con el cuchillo entre los dientes y la divina aspereza de su Gibson –sin artificios ni caprichos de estrella– le pone sal de la mejor a la noche uno. Impecable. Mister Beillinson de La Plata no oculta su pasado... el sonido de su guitarra es en sí mismo un axioma musical que lo traslada a la mejor época de Los Redondos. También algunas canciones que, versionadas bajo su impronta post, se entregan como rémora: “El pibe de los astilleros”, es el primer estallido real. Distinta, pero con su riff intacto. “Todo un palo”, el segundo. Otra cadencia, el mismo sino del hito. Y aquel que esperan todo el año –y del que se hablará en el que sigue–, esos pibes que llegan de cada provincia al epicentro indicado: “Ji Ji Ji”. A esta altura, desde siempre, la mayor expresión de agite y emoción que pueda activar un recital de rock. Nada que decir que no se haya dicho sobre el tema y sus efectos. Sí de Skay como médium entre la canción y la gente: su personalidad. Hay vida después de “Ji Ji Ji”. Hay un riesgo que el guitarrista asume al no convertirla en el cierre del show como fue siempre, durante y después de Los Redondos. Skay no se va con “Ji Ji Ji”. Skay se va con un tema suyo y la masa, transpirada y satisfecha, le sube el pulgar. Se va con “Ella baila siempre detrás”, y su ácida melodía. Su pulso con destino perdurable.

Y se queda con la mayoría de las canciones que, desde la diáspora redonda, le asfaltaron un camino estético con pocas curvas. La lista de temas, hechas las excepciones, se puebla de su cosecha post Redondos. Un devenir por los lindes que lleva incorporado todo lo suyo, pero sin –o con pocos– resabios del pasado redondo más cercano. Hay tenacidad y rabia en “Katmandú”; hay una vena gruesa –la de su garganta– que se hincha más cuando la frase duele (“Miro en el fondo de vaso vacío, buscándote”); hay algo que hiere punzante en cada riff y una voz austera pero ríspida que dice mucho en pocas palabras. Hay algo espeso, viscoso y oscuro en “Genghis Kahn” y un riesgo a priori que deja de serlo por la sola decisión de ser, sin apelar al lado fácil del arte. Skay –se ratifica esta noche– se ha desprendido de la teta redonda con la facilidad de un bebé piola. Un destete feliz.

Si hay vida después de “Ji Ji Ji” –sinonimia– no la hay después de un show así. Debería haber sido, el suyo, el del epílogo. Casi nada había que hacer cuando el guitarrista metió el último riff. Nada que Kusturica y la No Smoking Orchestra pudiera hacer para levantar el muerto extasiado y colectivo. El de la pequeña muerte que sobreviene cuando el disfrute es intenso. Emir, archiesperado, sube con una propuesta que no sorprende pero le baja varios cambios al clímax de la noche debut. Un set largo, lejano, cómico, con tintes bizarros, que le baja el pulgar al rock para subírselo a una expresión cocoliche de los Balcanes. Desacierto o no, el europeo se desmarca del contexto y un comentario al paso es la mejor explicación. “Si no me traen a Zeppelin, yo me voy de acá”. Fue la decisión de varios que, tras el show de Skay, decidieron emprender el regreso. Más de la mitad, al menos. La otra se trasladó al escenario de atrás, donde Pity revivió con menor suerte que en el accidentado show de Vélez, la impronta “barriock” de Viejas Locas. Sobrio, pero con la voz cansada, echó mano a los clásicos de la banda pionera del rock chabón (bien “Lo artesanal”, regular lo demás), con un coro de féminas que no siempre (más bien casi nunca) le sientan bien al género.

Punto aparte. Las Pelotas. Persistencia de una sensación ambigua: por un lado, el afianzamiento de un estilo, de una musicalidad distinta –tal vez mejor– que en los años Sokol, con el fuerte acento en esas melodías de brillo oscuro. Por otro, lo extraño que aún resulta abstraerse del magnetismo del Bocha. Daffunchio y los suyos (Tavo, ex guitarrista de Los Piojos, incluido) optaron por un set que mechó viejos clásicos (los que aún se bancan la ausencia) con material del muy buen último disco. DAF superó bien la prueba con “Sin hilo”, activó soberbias, distintas, versiones de “Shine”, “20 minutos” –otra marca Sokol– y “Hawai”, dedicada a ese hermano que está “acá y allá”, “Capitán América”, dedicada a “Obama Bin Laden” (“Premio Nobel de la Paz, estamos hasta las manos”, dijo el guitarrista) y una frase que cuenta mejor que mil la sensación final de la noche: “Ahora viene el hermano Skay, después quién sabe”.

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En la Comuna San Roque, Skay cautivó a todos con un show impecable.
Imagen: Gonzalo Marinez
 
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