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Miércoles, 14 de abril de 2010

TEATRO › FUTUROS DIFUNTOS, OTRO NOTABLE ESPECTáCULO DE LA ZARANDA

Los locos siempre tienen la razón

El grupo español impacta con una puesta en la que los desquiciados personajes dejan caer reflexiones sobre la violencia del poder.

 Por Hilda Cabrera

Un sonido agudo, persistente, semejante al de la sirena que precede a un bombardeo, cobra fuerza mientras los espectadores se ubican en sus butacas. La historia y el presente acumulan guerras y el equipo de La Zaranda lo recordará ya iniciada la función en escenas centradas en la sinrazón de la violencia y el sufrimiento de todos, aun cuando la mirada de Futuros difuntos está puesta en el individuo destinado al descarte, como el hombre que alza en cruz los brazos en Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808, de Francisco de Goya, maestro de la pintura española que desde lo visual inspira secuencias de esta obra, como también Velázquez y El Greco. Una puesta en la que se cuelan Ramón del Valle Inclán y Calderón de la Barca, pero no como tales, sino como reminiscencias que hallan cauce en un espectáculo único y medular nacido de La Zaranda. Futuros... guarda resonancias y anuda lazos entre lo fúnebre y la comicidad en pasajes donde lo absurdo tiene carácter onírico. No desdeña la posibilidad de la esperanza, aun en los tres personajes de esta obra que no saben si llorar o festejar la desaparición del director del manicomio. Los internos manipulan piolines y en esa acción parecen infantes esperando una señal que no llega. Alguno sentencia entonces que “no hay peor espera que la que no tiene esperanza”, como si la frase viniera a cuento. A su manera, los tres locos dialogan mientras trasladan objetos y acomodan maniquíes de alargada figura, y se preguntan quién tomará el mando en el hospicio.

“¡A ver si lloro!”, dice uno, y repite la frase con distinta entonación cada vez, produciendo un efecto cómico. Para ganar tiempo, organizan un velorio: arrastran muñecos y sillas y se colocan capas de señor sobre los harapos. Entre torpezas y aseveraciones que causan risa, se meten con “el pasado que ahoga”. Es necesario cortar por lo sano, de cuajo, y utilizan una guillotina que aquí es una tabla de fregar ropa. Una salida cómica que no desmerece la tragedia, tan particular en las obras de La Zaranda, donde aun los personajes más delirantes y atontados no olvidan denunciar la escandalosa ambición de poder de quienes aniquilan si no se les rinde tributo.

La música de feria, la procesional de Semana Santa y los fragmentos de partituras de Mozart y Bach crean una atmósfera de inspiración coral que se aviene al concepto de unidad que rige en la disposición de los elementos utilizados en escena: objetos herrumbrosos, despintados o incompletos que otros han desechado por inservibles y cobran nueva vida en esta “coreografía” de trastos con perspectiva pictórica: la escena de las exequias trae a la memoria El entierro del Conde de Orgaz, con sus estilizadas figuras y sus rostros severos. En el afán por hallar equilibrio visual, los personajes crean su propio cuadro y se ubican ordenadamente junto a los maniquíes a la espera de un velorio inexistente, pues el muerto no está allí.

Internarse en el universo de esta compañía renueva energías por esa ambición de sus integrantes de transmitir esencias. Está presente lo efímero de la vida humana y de los objetos; la certeza de que la ambición por el dominio engendra violencia, miedo y oscuridad y que “matar al otro para seguir vivo” es ya una catástrofe. Subsiste en La Zaranda una actitud ritualista respecto de la escena, lo que permite restar temporalidad a sus historias e imágenes y entender que la guerra es una ignominia perpetrada por los humanos de todas las épocas. Las crueles bufonadas de los poderosos son en este montaje farsa de aniquilamiento con juguetes, y lo ilusorio de los sentidos un juego de espejos a la manera del que propuso Velázquez en Las Meninas. La elaboración ritualista de los hechos de la historia, la teatralización de los conflictos en torno del poder, el marco conceptual de la obra de los genios de la pintura española y la interrogación que nace a la vista de los maniquíes atados o con los brazos cruzados sobre el pecho sirven para descubrir la trampa en la que caen estos olvidados.

9-FUTUROS DIFUNTOS

Por La Zaranda, Teatro Inestable de Andalucía La Baja.

Autor e iluminador: Eusebio Calonge.

Intérpretes: Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez y Enrique Bustos.

Música: Fragmentos de Crucifixus (Misa Solemne K139), de W. A. Mozart; Ich ruf zuf zu Dir, Herr Jesu Christ (Coral BWV 639), de J. S. Bach.

Regiduría: Eduardo Martínez.

Espacio escénico y dirección: Paco de La Zaranda. Lugar: Metropolitan II, Av. Corrientes 1343. Funciones de miércoles a domingo, a las 20.

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Entre torpezas y aseveraciones que causan risa, los personajes se meten con “el pasado que ahoga”.
 
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