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Martes, 6 de julio de 2010

TEATRO › SILVINA CHAGUE Y CORINA FIORILLO PRESENTAN LA OBRA KALVKOTT, CARNE DE TERNERA

De Buenos Aires a Estocolmo

La autora y la directora de la pieza cuentan de qué manera articularon sus recuerdos personales con los datos e imágenes de mediados de los años ’70 para narrar, con un montaje cinematográfico, una historia de exilio en Suecia, durante la última dictadura militar.

 Por Cecilia Hopkins

“Lo familiar nos define: las dos tenemos apellidos italianos y nos gusta comunicar el afecto a través de la comida”, resume la directora Corina Fiorillo refiriéndose a la amistad que la une a Silvina Chague, autora de Kalvkott, carne de ternera, obra sobre la cual ambas realizaron un trabajo de adaptación. Es que la pieza –que puede verse los fines de semana en el teatro El Nudo (Corrientes 1521)– es la traducción teatral del relato homónimo que Chague incluyó en Los mudos, un volumen que reúne varios cuentos relacionados temáticamente y publicado por la editorial Tantalia. Se trata, en este caso, de una historia de exilio que ocurre durante la última dictadura militar. La acción transcurre alternadamente –y hasta simultáneamente– en Buenos Aires y Estocolmo, y presenta, además, una gran cantidad de saltos temporales. De impronta cinematográfica, la puesta de Fiorillo sigue los lineamientos estéticos del argumento original. No en vano Chague es guionista y realizadora de cine.

El elenco está conformado por Belén Britos, Susana Di Gerónimo, Alejo Mango y Nelson Rueda, los cuatro con más de un rol a su cargo: “Tienen que hacer verdaderas piruetas anímicas para pasar de un personaje a otro”, halaga a sus actores Fiorillo, en la entrevista con Página/12. En gran medida, el relato está contado desde la mirada de Pieter, un sueco que no comprende la angustia del desarraigo de María, una exiliada argentina que no puede integrarse a la nueva cultura que le ofrece el país que la recibe. Y que no puede sobrellevar la culpa de haber dejado su país. “Ella está enojada, en un universo que se niega a comprender”, afirman Chague y Fiorillo. Y si ella lo acepta a él progresivamente, es porque en un acto de amor, Pieter insiste en apropiarse del idioma que ella habla. “La obra plantea las diferencias entre ambas formas de concebir los afectos”, define la directora y completa: “Nora, la madre de María, viaja a Estocolmo para decirle a la hija que puede hacer su vida allí, lejos de su familia”. De esta manera, la obra habla de los vínculos familiares y, más allá del marco del exilio político, de las dificultades que, por un lado, tienen los hijos para construir un mundo propio y, por el otro, los padres, en permitirles que lo logren.

Chague y Fiorillo decidieron usar fotografías de la época para crear un marco evocador y para darles un uso dramático. No les fue fácil encontrar fotos de Estocolmo en los ’70, especialmente porque querían evitar toda perspectiva turística. La idea que tenían era mostrar a la ciudad desde la mirada de un extranjero. La suerte quiso que llegaran a sus manos instantáneas realizadas en esos años por una persona que debía hacer de esa ciudad la suya, y que, para estudiar códigos de comportamiento, dio en fotografiar mercados, calles y medios de transporte. Del mismo modo fortuito consiguieron fotos de Buenos Aires en los ’70, que dan cuenta de la moda callejera, de ciertas formas de distracción, que se detiene en demoliciones y bares.

–¿Por qué se llama Los mudos su libro de cuentos?

Chague: –Porque todos los cuentos hablan acerca de personajes que durante la dictadura no estuvieron ni de un lado ni del otro, no tuvieron protagonismo ni fueron héroes.

–¿Fue por propia elección?

–No, porque no sabían verdaderamente lo que estaba sucediendo. Pero no porque no se dieron cuenta de lo que estaba pasando sino porque dejaron pasar los indicios, sin interrogarlos.

–¿Qué motivaciones tuvo para escribir estos cuentos?

–Tenía un saldo pendiente, generacional: yo tenía once años en el ’76. Y fue recién en la facultad cuando descubrí las cosas que habían pasado. Debí hacer un ejercicio de memoria a la pesca de detalles que dieran cuenta de lo que sucedió en esa época. Por eso, estos relatos están anclados en la vida doméstica, en las conversaciones familiares, en lo que pasaba en las casas.

–¿Qué fue lo que se propusieron cuando escribieron la versión teatral de ese cuento?

Fiorillo: –Que no perdiera la sensibilidad particular que está en la narración original. Silvina sabe captar el espíritu de alguien que está buscando algo. Sus miradas, los silencios. Tiene imágenes que pertenecen a un código cinematográfico, porque plantean muchas escenas paralelas.

–¿Fue difícil encontrar un código teatral en común?

Fiorillo: –No, porque a las dos nos gusta transmitir y no explicar. Cuando decidimos usar fotografías, sabíamos que queríamos contar con imágenes pero no ilustrar.

–Además de hablar sobre el exilio, la obra parece referirse a otras circunstancias...

Chague: –Se habla sobre el exilio político pero también sobre el exilio afectivo.

Fiorillo: –Y uno puede, como dice Arístides Vargas, estar exiliado en la propia tierra. Es por eso que la obra plantea, en definitiva, que es una tarea muy difícil el construirse un lugar propio.

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“A las dos nos gusta transmitir y no explicar”, afirman Chague y Fiorillo.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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