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Martes, 6 de julio de 2010

LITERATURA › MAñANA COMENZARá EL II FESTIVAL DE POESíA

Espacio abierto para un encuentro de voces poéticas

El Centro Cultural de la Cooperación será el ámbito donde poetas de todo el país leerán sus versos y debatirán sobre temas como los circuitos de poesía y las antologías. Estará dedicado al recientemente fallecido Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

 Por Silvina Friera

Se viene la segunda ronda de lecturas y debates. Semanita intensa la que se avecina, apta para todos los paladares poéticos. El miércoles comenzará el II Festival de Poesía en el Centro, un encuentro de voces representativas de distintas tradiciones que ha llegado para quedarse. Esta edición, que será inaugurada en el Centro Cultural de la Cooperación por el peruano Antonio Cisneros, estará dedicada a Juan Carlos Bustriazo Ortiz, el poeta pampeano, “anciano de gran corazón”, que anhelaba vivir hasta los 100 años, pero murió hace un mes –el primer día de junio–, a los 80. A las lecturas en continuado de María Teresa Andruetto (Córdoba), María del Carmen Colombo, Ricardo Costa (Neuquén), Osvaldo Bossi, Claudia Masin (Chaco) y Juan Desiderio, entre otros, el festival se propone incrementar los niveles calóricos de la reflexión sobre la situación de la poesía argentina y latinoamericana en los comienzos del nuevo siglo. La política del canon y las antologías, los circuitos de la poesía, las condiciones de la época en la producción, el género y la construcción de las voces serán los temas que desmenuzarán Irene Gruss, Jorge Monteleone, Santiago Sylvester (Salta), Carlos Aldazábal, Sandro Barella, Rodolfo Edwards, Enrique Foffani, Romina Freschi, Vicente Muleiro, Maximiliano Crespi (Bahía Blanca), Andi Nachón, Alicia Genovese, Paula Jiménez, Carlos Battilana y Liliana Ancalao (Chubut). El cierre estará a cargo de ese mito viviente argentino que es Mario Trejo, “el monstruo sagrado”, como lo definió Guillermo Saccomanno en el prólogo de la antología Los pájaros perdidos (Ediciones Continente).

La diversidad de estéticas de los invitados garantizará la multiplicidad de enfoques. “No hay poesía pura, no hay sujeto puro, ni menos sujeto poético puro, que es como decir universal, todoterreno. El espacio está abierto”, comenta Alicia Genovese. “La poesía argentina en los comienzos de este siglo parece validar un retorno reflexivo sobre la experiencia subjetiva. La diversidad, el otro, el uno silenciado, la percepción desde una periferia que es distinta no bien se logra particularizar o situar alguna coordenada, forman parte de cualquier desayuno. Los tiempos son más políticos y en esa apertura de espacios la subjetividad busca pertenencias: una identidad necesaria para sostenerse, esa raíz dada o elegida, en cualquier caso no fácilmente aceptada, pero sin la cual no hay sujeto ni anclaje”. Autora de poemarios como El borde es un río y Química diurna, y del ensayo La doble voz, Genovese plantea que si hace poco más de una década analizar la poesía escrita por mujeres y ubicarla en una perspectiva crítica provocaba reticencias y reparos, hoy no podría trazarse ningún panorama serio sin hacer alusión a la producción poética de las mujeres.

“La perspectiva de género en la crítica legitimó y abrió, de manera diferente, visibilidad hacia otras subjetividades”, explica Genovese. “Los ’90 focalizaron un sujeto marginal quizás un tanto autocomplaciente en su desencanto. La entrada del nuevo siglo replantea el reconocimiento hacia otras subjetividades. Hay otro aire como para ver a los sujetos silenciados de los pueblos originarios; la poesía mapuche, por ejemplo, que recupera su lengua, el mapudungun, desconocida para muchos de nosotros. Pero además, una recuperación en la lengua poética de los dialectos productos del mestizaje que aparecen en poetas como Bustriazo Ortiz y Leónidas Escudero. Las sexualidades que no son parte del statu quo, la identidad buscada de los hijos de desaparecidos y de los hijos de la violencia sorda, doméstica, de una posdictadura con punto final. El espacio se abre hacia otros muchos márgenes, allí donde las subjetividades se rehacen, donde la poesía, siempre se supo, busca y construye su voz.”

Desde Chubut, Liliana Ancalao, poeta y educadora que nació en esa provincia en 1961, cuenta que su apellido en mapuzungun significa “el cuerpo del lago” y también “en medio del lago”. “Los caminos de mi experiencia y de mi origen a veces se separaron, se cruzaron o se encontraron en la búsqueda del conocimiento”, repasa. “Estudié el profesorado en Letras en la Universidad Nacional de la Patagonia, no porque me interesara la docencia, sino por mi amor por la literatura, aunque escribir poesía fue un caminito al costado de la carrera universitaria. El encuentro con otros artistas y el deseo de compartir mi poesía con la gente me hizo subir al escenario a leerla.” Autora de Tejiendo con la lana cruda, Ancalao dice que en la construcción de su voz hay una relación con la sonoridad, con el ritmo. “La temática siempre tuvo que ver con la celebración de mi origen, aunque no fuera consciente de ello: mis padres obreros, mi paisaje urbano y rural, mi pertenencia a un pueblo originario; y en el lenguaje, la incorporación de las palabras del barrio y del campo, con la carga emotiva que tienen para mí.”

El reconocimiento de su identidad mapuche-tehuelche la situó en un lugar de responsabilidad. “No quería escribir desde este origen, sin el conocimiento, es decir me negaba a caer en el cliché de ‘oh la orgullosa raza vencida’, así que salí a buscar ese conocimiento y ese camino tuve que inventarlo”, señala la poeta. “En la construcción de mi voz poética incide el aprendizaje del mapuzungun, en la medida en que traduzco lo que primero escribí en castellano, y también cuando incluyo palabras de este idioma en la versión castellana porque no hay traducción poética posible. Intento escribir desde el significado que tienen las direcciones, los colores, los números para mi pueblo, aunque a veces se me cruzan los significados occidentales y me queda una rareza que tal vez sólo noto yo. Mi alimentación es sobre todo la ‘experiencia de campo’: trabajar en comunidad, ir al campo, compartir las ceremonias religiosas, estudiar el mapuzungun como segunda lengua, participar en reuniones, manifestaciones y experiencias de educación autónoma”, enumera Ancalao. “Cuando logro un poema, me ordeno, junto mis partes sueltas, las que por años han andado peleadas, y me siento más sabia. El poema me transforma, me devuelve al mundo un poco más reconciliada con el presente”.

“La poesía es un género impune”

Poéticas hegemónicas, poéticas laterales. El tema despierta el entusiasmo de la tribu. Vicente Muleiro apuesta por una “paradoja feliz”. “La poesía no tiene demanda más allá y más acá de que incluyamos el término ‘mercado’ en la discusión. Esta situación que hace pulsar las teclas de la queja le da al género una libertad que de otro modo no tendría”, afirma el poeta y narrador. “Poesía y colocación social no suelen llevarse del brazo, no circulan en nuestro medio prebendas que te lleven a dar los pasos para hacer subir en el escalafón. Los espacios y las circulaciones se crean muy dificultosamente, suelen ser bastante endógenos y no consiguen mucho más que darles una felicidad pasajera a quienes los inventan. Me parecen enternecedores los lamentos por quedarse ‘afuera’ de tal o cual sistema de prestigio, de tal o cual congreso o antología.” Así las cosas, el autor de los poemarios Boleros, Pimienta negra y Los árboles de los huérfanos advierte que la práctica poética “queda con las manos bastante libres”, libertad que le parece “sumamente favorable”. “La poesía te va a pedir más de lo que te va a dar y si seguís insistiendo es porque estás más allá de ciertos clubes de admisión más bien imaginarios”, sugiere.

Una condición fuerte de la poesía argentina es su cuerpo textual precedente, su variedad. Muleiro menciona “el solipsismo agónico” de Alejandra Pizarnik, “el objetivismo lírico” de Joaquín Giannu-zzi o Juan Rodolfo Wilcock, “las selvas frondosas” de Enrique Molina, “los quiebres significativos” de Leónidas Lamborghini, “el verbo proteico” de Juan Gelman, “los rieles de versos” de Olga Orozco. “Poetas con padres y abuelos laboriosos cuyas huellas es imposible no mirar a riesgo de creer que estás descubriendo una antigua pólvora. Quien se pone a escribir poesía hoy se encuentra con muchos caminos y toda la libertad para tomar por donde se le cante cantar. Entre nosotros –y acaso en todo tiempo y lugar– la poesía es un género impune y en esa impunidad radican su fracaso o su gloria.” En cuanto al aire de la época, “a fin de que esté muy claro que los hubo peores”, Muleiro opta por repetir unos versos de Roberto Fernández Retamar: “Somos hombres de transición y quizá sólo los muertos no lo sean”.

El futuro combinado

Romina Freschi precisa que “el modo de producción es el verdadero trabajo del escritor; cómo uno moldea el mundo y sus circunstancias para hacer salir una escritura o cualquier creación particular”. La poeta, docente, traductora y directora de la revista Plebella recuerda que Barthes recomendaba “cosas que pueden parecer mínimas”, como la diferencia entre usar una birome retráctil o una con capuchón, “y el sacar y poner el capuchón como algo tedioso capaz de quitarnos tiempo precioso de escritura”. “Las nuevas tecnologías, con todo lo que efectivamente resuelven en términos prácticos y también todo lo que ocultan en función de esa apariencia de facilidad, parecieran ahorrar tiempo; tanto lo ahorran que me parece que desapareció. La falta de tiempo no es el problema hoy, sí lo es la velocidad que a veces confundimos con falta de tiempo. Todo es ya, ya, ya.” Freschi continúa: “El siglo XXI será indudablemente adicto a la informática, con todo lo bueno y lo malo que tiene una adicción. La tecnología está en nuestras manos para poner el tiempo de nuestro lado. El trabajo de hallar un modo de producción, de moldear el mundo y sus circunstancias, seguirá siendo inalienable, como lo es para cada poeta hallar(se) (en) un lenguaje”. Desde la perspectiva de la poeta, la tecnología por ahora afecta “más los modos de circulación y los mercados que al trabajo del escritor en sí mismo”. Sin embargo, la poeta plantea que todo está variando “en este instante”. “Avanzamos los humanos –los poetas también– hacia la cultura digital. Salvo excepciones que son destellos, no conozco una poética sustantiva de la red, pero no tengo dudas de que algún día existirá, quizá como un nuevo arte combinado, independiente de todos los demás, incluso de la literatura.”

La pared digital

Otro tópico que promete tela para cortar en el festival es el de los circuitos de la poesía, la multiplicación de ediciones, Internet y otras yerbas jugosas como blogs, Twitter y Facebook. Rodolfo Edwards confiesa su pasión por el asunto. “Es evidente que la aparición de nuevas tecnologías democratizó el campo cultural, pero trajo como consecuencia la puesta en crisis de varios conceptos: las ideas de ‘autor’, de ‘valor’, de ‘gusto’ quedaron súbitamente anquilosadas como las máquinas de escribir o los vendedores de ballenitas”, asegura el autor de Culo criollo y Mosca blanca sobre oveja negra, entre otros, que publica regularmente sus poemas en su blog El rey de la Boca. “En todas las disciplinas el objeto artístico pasó a ser algo inestable, efímero, no trascendente. El ‘todo vale’ ha limado las dos caras de la moneda y ahora da lo mismo ser derecho que traidor, igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida... un poeta de una pretérita generación lo dijo clarito. Disuelta la unicidad y al existir tantos centros, es muy difícil hacer foco en algo. La abundancia de información ha esclerosado todo el sistema y las cosas se atascan, se enciman, se superponen. El desorden perceptivo permite sólo visiones parciales, todo es un vertiginoso zapping y sólo Dios sabe qué irá a quedar de todo esto.”

Edwards advierte que quizá se ha cumplido la profecía del viejo conde de Lautréamont cuando decía aquello de que “la poesía debe ser hecha por todos”. “Para mí, a riesgo de sonar post-post moderno, esto ha beneficiado a la poesía en algo, porque ha mermado la presión de los monopolios que redactaban un canon, un canon espurio y arbitrario que ha dejado de tener el sentido que tenía en otros momentos. El elitismo clasista, que todavía algunos pocos mantienen, fue arrasado por la autogestión, por el just do it. A los medios ‘prestigiosos’, que en otra época legalizaban la pertenencia o no a la primera división, hoy nadie les cree, se cayeron a pedazos”, sentencia el poeta y crítico. “Gracias a las redes generadas por la tecnología, ahora cualquier pibe se atreve y eso está bueno; se acabaron las presiones consagratorias que sentía un joven cuando empezaba a escribir. Lo más importante es que se recuperó el placer de escribir porque sí, de compartir con otros una lectura en voz alta, sin pedir permiso, sin que venga alguien a decir si es bueno o no, o a ‘juzgar’ como le gusta tanto hacer a la Academia”.

“La poesía la estamos haciendo entre todos como en un cadáver exquisito, de versos infinitos en un poema que no se acaba nunca, suspendido en el tiempo como un grito que se alimenta de millones de voces”, asume Edwards. “Escribimos en blogs, Twitter, Facebook, sms; los dedos nos están quedando mochos pero hay manchas en un mural que está quedando lindo y es de todos y de nadie.” Surfeando en la net, el poeta comenta que encontró una frase –ciertamente provocadora– que define bien el nuevo espíritu: “Escribir poemas malos es más lindo que leer poemas buenos”.

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“Cuando logro un poema, junto mis partes sueltas”, afirma Ancalao.

El festival está dedicado al poeta Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

Antonio Cisneros abrirá el festival.

“La poesía te va a pedir más de lo que te va a dar”, dice Muleiro.

Edwards, apasionado del blog.

Trejo, “el monstruo sagrado”.
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