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Martes, 3 de agosto de 2010

TEATRO › LA PUESTA DE LA VIDA ES SUEñO DE CALIXTO BIEITO

Clásico con transgresiones

La versión del catalán actualiza la estructura formal de la obra de Pedro Calderón de la Barca y pone a prueba conceptos sobre la sumisión y la voluntad despótica. Actúan Muriel Santa Ana, Joaquín Furriel y Patricio Contreras.

 Por Hilda Cabrera

El “gracioso” característico del teatro del Siglo de Oro español es aquí un personaje desenfadado y proclive a las descripciones caóticas; adopta posturas de torero y orina a Segismundo cuando éste, promediando la obra, discursea sobre el honor. Segismundo pasa de prisionero en una torre a príncipe, mostrando inclinación homicida en su primer despertar en palacio. Quitadas las cadenas, arroja a un criado enano por un balcón y amenaza a su tutor Clotaldo, quien viste un contemporáneo traje de militar. Escenas como éstas atraviesan el drama del hijo encadenado por su padre Basilio, el rey astrólogo que creyó ver en el príncipe “un compuesto de hombre y fiera” que lo destruiría. Ese vaticinio, en caso de derrota, lo convertiría, y no simbólicamente, en un rey desnudo. El otrora niño y hoy joven ha crecido en soledad y arrastra cadenas, pero ésta y otras violencias no generan vértigo. La violencia –como la amenaza– decanta y abre paso a la humorada o al patetismo que trasluce el enternecido rey Basilio al surgir desde las sombras cargando en sus brazos un caballito de juguete.

La vida es sueño deviene en esta puesta del catalán Calixto Bieito en interesante mezcla de asuntos filosóficos y actos comunes que se potencian al incorporar técnicas y estilos actorales diversos. Sucede, entre otros ejemplos, cuando se inserta música flamenca desafiando climas, pues la acción transcurre en Polonia y el autor es madrileño. También, al yuxtaponer el lenguaje poético-filosófico con las vulgaridades del “gracioso”, cuya función es aquí enredar conflictos, incluido el irresuelto drama entre padre e hijo. ¿Cuánto habrá influido en Calderón el hecho de haber padecido a un padre tiránico?

Ante el montaje de Bieito habrá que ejercitar la imaginación sobre qué es una torre convertida en prisión y qué un palacio, pues la escenografía es producto de una inspiración minimalista: un espejo con marco barroco de grandes dimensiones, un sillón-trono de madera y un piso cubierto de pedregullo y arena. Esos detalles, a su vez, proponen interrogantes visuales en consonancia con un diseño de luces que contrapuntea los colores brillantes (el vestuario de las damas y el manto real) con los claroscuros, confiriendo al conjunto una atmósfera onírica. Ese clima es necesario en una historia que adquiere peso a partir de la puesta en práctica de la estrategia de Basilio, el rey de Polonia que interpreta con variedad de tonos Patricio Contreras y ejecuta Clotaldo, el ayo/militar que compone Osvaldo Santoro. A éste le toca convencer a Segismundo (Joaquín Furriel en una actuación destacada) que su estadía en palacio sólo ha sido un sueño. Clotaldo es quien, junto a la apasionada Rosaura (papel en el que se luce Muriel Santa Ana), no padece el desengaño que genera la realidad.

¿Vale la pena ser justo? El desprecio del “gracioso” Clarín (papel a cargo de “Pacha” Rosso, integrante de Los Prepu) respecto de algunos códigos reverenciados de la época, como el honor, la fidelidad y la prudencia, y la puesta en primer plano de frases tales como “la inanidad de las glorias mundanas” no perturban a este príncipe dispuesto a desafiar al público desde el escenario, luego de un acto inmisericorde: ensañarse con otro súbdito (el soldado que interpreta Enrique Federman). Segismundo preguntará entonces “qué los espanta, cuando mi maestro fue un sueño”. ¿Se trata de una excusa por haber arrojado a una celda a quien participó en su liberación, defendiéndolo como legítimo heredero al trono de Polonia?

¿Quién ganó y quién perdió en esta historia de título engañoso? Título que no significa que la vida sea un sueño, sino que los valores de este mundo sólo tienen una realidad semejante a los sueños. Un leit motiv del barroco europeo, como la muerte, esa visita que traspone todas las puertas. Segismundo “sueña” mientras se halla en palacio, y “sueña”, cuando, administrada la pócima que lo duerme, despierta en la torre convertida en cárcel. ¿Aprenderá la lección? ¿Será prudente? La historia parece refutar el aprendizaje y nutrirse de gatopardismo: la paradoja de cambiar para que nada cambie.

No es menor en esta pieza de bellos versos el descubrimiento que hace Segismundo de la mujer, que para él toma la forma de Estrella (Ana Yovino) y Rosaura, la moscovita dispuesta a vengar el agravio del ambicioso Astolfo (Lautaro Delgado). La intriga se desarma respetando las jerarquías y resguardando la broma, utilizada incluso en circunstancias ásperas. Los versos de La vida es sueño atrapan y es probable que el espectador se tiente, los extracte y quiera recordarlos. En cuanto a las esperadas trasgresiones de la puesta, existen pero no alarman: actualizan la estructura formal de la obra y ponen a prueba conceptos sobre la sumisión y la voluntad despótica que genera males pero no presagia desintegración.

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Santa Ana y Furriel se lucen en la puesta de Bieito.
 
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