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Sábado, 8 de enero de 2011

TEATRO › ENRIQUE PINTI ARREMETE CONTRA LA CLASE POLíTICA

“Admito que cargo con un porcentaje de gorilismo”

El actor presenta en Mar del Plata Antes de que me olvide, obra en la que le escupe al público las lonjas de realidad que interpreta. Todo un Fórmula 1 de la verborrea, a los 71 sigue en pista, pero baja un par de cambios cuando se mete en ciertas curvas.

 Por Facundo García

Desde Mar del Plata

“Ahora soy medio anarco”, confiesa Enrique Pinti cuando la charla entra en los escarpados territorios de la definición política. El capocómico está presentando Antes de que me olvide, de martes a domingo en el Roxy (San Luis 1750); y como buen teatrero se levantó no hace mucho. De cara al sol del mediodía marplatense, el inesperado libertario destila su batería de indignaciones acerca del presente nacional, justo antes de partir para mostrarles sus camisas hawaianas a unos colegas de la revista Caras que evidentemente buscan otro tipo de nota.

Se lo ve vital: anoche, el actor estaba bailando sobre el escenario, escupiéndole al público las lonjas de realidad que interpreta. Pinti es un Fórmula 1 de la verborrea, que a los 71 sigue en pista, pero baja un par de cambios cuando se mete en ciertas curvas. “Estoy en guardia frente a los efectos del tiempo, por eso elegí ese nombre para el espectáculo”, revela. Antes de que me olvide aborda asuntos lejanos e inmediatos, domésticos e internacionales. “Cuando siento que me sirven para ilustrar las ideas generales que quiero transmitir, meto elementos de mi vida cotidiana en el show –asegura–. Eso sirve, de paso, para demostrar que los problemas de cada cual no son nuevos ni únicos. El otro día una pelotuda de la televisión presentó la noticia de los boqueteros que asaltan bancos diciendo que ‘lo que antes pasaba en el cine hoy es parte de la realidad’. Una estupidez, porque los robos a los bancos son viejísimos y si llegaron al cine con películas como Rififí es porque estaban ahí desde antes. Yo no puedo dejar pasar eso.”

–El periodismo suele caer en exageraciones así.

–A los argentinos nos cuesta ubicarnos. Me hace acordar a un programa que hice en el año ’92. Pinti y los pingüinos, se llamaba...

–Un nombre profético.

–Sí. Lo que pasa es que Daniel Tinayre, que era el productor y director, me dijo: “A vos te veo como un pingüino que habla frente a otros pingüinos”. La idea estaba bien, porque los argentinos somos bastante pingüinescos. Vivimos en el sur, de lejos parecemos gente elegante, pero de cerca no somos tan lindos y no se sabe bien qué clase de animal somos.

–De todos modos, en su obra usted se compara con un elefante. ¿En la vida real también se siente así?

–No, en la vida real me identifico con los osos.

–¡Qué confesión! Mire que son feroces.

–Sí, pero parecen buenos. Y ése es el grave error que comete la gente. El oso Yogui y el oso Humprey, aunque me encantan, nos han creado un imaginario falso. Yo los veía y sentía que eran ingenuos, que los cagaban siempre, y entonces me identificaba con ellos. Después descubrí cómo son los osos de verdad. Y evidentemente, cuando subo al escenario me esfuerzo por hacer algo divertido. Pero no tenga dudas, algo de ferocidad también hay.

–En el show arremete contra todo el espectro político. ¿No hay nadie rescatable?

–Casi nadie, por no decir ninguno. En escena expreso mi desesperación al ver la falta de coherencia de los que están arriba, que se hacen amigos y enemigos en menos de lo que dura un pedo en un canasto. No me olvido de cuando Clarín era el boletín oficial del Gobierno. Esa andá a contársela a la concha de tu madre, flaco. Ni el Grupo Clarín ni el Gobierno son inocentes. Entonces, a mí no me van a convencer los de un lado ni los del otro.

–De todos modos, durante ese conflicto la sociedad logró avances, como la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

–No se podía estar más con ley anterior, es cierto. De todos modos, siento que eso no le interesa a la gente, como tampoco le interesa el tema de los derechos humanos. Le importa una mierda. ¿Y sabe por qué? Porque las causas pierden prestigio cuando los que las defienden no mantienen una conducta intachable.

–Usted habla directamente de “mierda”. Mierda de derecha, de centro y de izquierda. ¿Pero acaso es la misma “mierda” la de Carrió, la de Duhalde y la de Cristina?

–¡No, por favor! Son mierdas distintas. No los ponga a todos en la misma bolsa porque el olor no se aguanta. Cada uno tiene sus fallas. Le digo, ideológicamente, soy más amigo de la Carrió y de Kirchner que de Duhalde, pero las cagadas que se han mandado unos y otros son equivalentes. Y lo que me indigna es que cuando cuestionás te responden con trampitas. Si digo que hay cosas malas de este gobierno, enseguida sale uno que me tilda de facho. Eso es alarmante. Para el menemismo, yo era comunista. Para el kirchnerismo, soy sospechosamente crítico.

–Llama la atención que cuestione tanto a la clase política, mientras se refiere bastante menos al Grupo Clarín y las grandes corporaciones. ¿Dónde cree que está el poder real en la Argentina?

–En la clase política. Los políticos son los que están en la acción.

–¿Le parece?

–Cuando vos llevás adelante acciones irreprochables, no hay medio que pueda hacerte mella. Perón lo decía: “Cuando tenía los diarios en contra, arrasé en las elecciones; cuando tuve todos los diarios a favor, me echaron a patadas”. Los grupos que te quieren sacar del poder siempre se aprovechan de las manchas. Pero las manchas están, no jodamos.

–No hay gobiernos perfectos, dicen por ahí.

–Sí, pero necesito ver cambios más palpables. Crecí durante el gobierno de Perón, y era un gobierno autoritario que te hacía estudiar La razón de mi vida y los planes quinquenales. Encima, a mi papá lo quisieron obligar a llevar brazalete de luto cuando murió Evita. Como se negó, no lo ascendieron nunca más. Paralelamente, yo vivía en un barrio con conventillos, corralones y casas pobres, y había visto las modificaciones concretas en la existencia de esas personas. Esas contradicciones me hacían pensar.

–En cuanto a La razón de mi vida y los planes quinquenales, vale la pena analizar el contexto mundial de la época: en Francia asomaba De Gaulle, en Estados Unidos el macartismo y en la Unión Soviética nada menos que Stalin.

–Sí. En la actualidad el contexto mundial también es horrible. Admito que por haber nacido en mi casa siempre cargo un porcentaje de gorilismo. Convivo con eso. Convengamos, de todos modos, en que no es gorilismo el no querer comerse más sapos. No puedo tragarme a Moreno como la izquierda argentina se tragó a López Rega. Basta. Tengamos memoria.

–Pero no va a comparar a Moreno con López Rega.

–Ni hablar. Aquello era una cosa inenarrable. Pero pare, explíqueme qué hacen Moreno o De Vido en un “proyecto nacional y popular”. ¿Colaboran? En la oposición, lo mismo. El otro día escuchaba al hijo de Alfonsín. Qué bárbaro, parece bueno. Pero en su discurso me pide que me olvide de las cagadas que se mandaron los radicales, un partido que históricamente ha demostrado inutilidad, falta de decisión e inoperancia.

–El riesgo es que un diagnóstico así de sombrío impulse a no participar.

–Yo me harté. No es que un árbol me impide ver el resto del paisaje; es que si me ponés un árbol jodido ahí en el medio, a mí me estás arruinando el bosque. A mi edad, no me banco ninguna. Me he vuelto medio anarco, al final.

–¿Y no siente que eso lo deja afuera de un montón de espacios?

–Sí, pero veo lo que está “adentro” y me alegro. Además, tampoco es que me aíslo. Cuando se presentó la ley de matrimonio igualitario estuve ahí sentadito en el Salón de los Héroes Latinoamericanos. O sea que no soy enemigo acérrimo de nadie. Me opongo, eso sí, a la falta de acción real. Después de votar a la Alianza como un nabo, al piripipí no me lo creo más.

La puesta que encabeza Pinti satiriza con dispar fortuna los tópicos de la clase media local. La inseguridad, la admiración injustificada por lo extranjero, la queja permanente. Y en medio de ese fárrago de descripciones y bromas, la juventud queda contorneada como un colectivo apático, descomprometido y bruto.

–Su descripción de los jóvenes es un poco sombría, Pinti.

–No hablo de toda la juventud. Sólo de los chicos que no tienen ideología y están todo el día metidos con las estupideces de Gran Hermano.

–Simultáneamente, hay un crecimiento de la militancia. En el velorio de Kirchner, por poner un ejemplo evidente, había una franja de 20, 25...

–Si eso genera una mayor participación, lo saludo y me alegra. Yo no hubiera ido ni en pedo. No niego que Kirchner hizo cosas importantes por el país, se la jugó y planteó una serie de movidas interesantes, por supuesto. Simplemente no me gusta que se glorifique a los que fallecen. Aclaro, de todas maneras, que mi distancia está relacionada con que soy un señor ya grande al que se lo cogieron cincuenta millones de veces.

–Tan mal no le fue.

–No soy un mártir. De plata y de popularidad me fue bien. Lo que perdí fueron esperanzas. Otra gente se suicidó, se mató o la mataron. Por eso repito: prefiero esta militancia que estamos viendo a la apatía. Hay que meterse, mojarse. Adelante con eso, siempre y cuando no se caiga en el fanatismo. No compremos la Disneylandia que describe el oficialismo ni el Vietnam que nos cuenta Clarín.

* Antes de que me olvide se presenta los domingos, martes, miércoles, jueves y viernes a las 21. Los sábados, además de la función corriente se agrega otra a las 23.30.

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“No soy un mártir. De plata y de popularidad me fue bien. Lo que perdí fueron esperanzas. Otra gente se suicidó, se mató o la mataron”, afirma Enrique Pinti.
Imagen: Santiago Pandolfi
 
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