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Martes, 29 de marzo de 2011

TEATRO › LA OBRA EL CENTéSIMO MONO ABORDA UN CRUCE ENTRE EL TEATRO Y LA MAGIA

Jugar al misterio y la comprobación

Osqui Guzmán es el dramaturgo y director de este espectáculo en el que actúan Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldua.

 Por Sebastián Ackerman

Osqui Guzmán ya está listo, y Marcelo Goobar, Pablo Kusnetzoff y Emanuel Zaldua, los tres magos que actúan en El centésimo mono, definen que será Kusnetzoff el que también charle con Página/12 sobre la obra, que narra qué es lo que imagina un mago que está siendo operado y se acerca a la muerte. “Uno no deja de ser mago nunca, ve todo desde un punto de vista mágico”, dice Guzmán, que comprendió esa mirada después de muchas charlas entre los cuatro. “Entonces pensábamos que lo más rico era creer que un mago, en el momento de su muerte, piensa que va a trabajar. Y ahí se despiertan sus deseos, sus pasiones, sus frustraciones, sus obsesiones”, adelanta. A su lado, Kusnetzoff explica que entre los tres muestran diferentes calidades, ideales y pensamientos de mago, “con sueños diversos”. “Creo que ayuda a dar un abanico más grande de las características de los magos, y lo que quieren y desean hacer con su magia”, destaca sobre el espectáculo que se presenta los jueves a las 21 en La Carpintería Teatro (Jean Jaurès 858).

El desafío que se plantearon los magos, y le acercaron a Guzmán para que hiciera la dramaturgia y la dirección, fue cruzar el teatro con la magia. Kusnetzoff recuerda que la intención no era hacer un show de magia entre los tres, sino dar “un salto” en la experiencia artística. “Nos propusimos este cruce que se ve casi imposible porque son mundos, a priori, bastante dispares”, ya que, analiza, “la acción dramática avanza contando una historia, y la magia tiene el riesgo de cortar eso, porque en el espectador el efecto mágico puede generar que se detenga a pensar cómo lo hizo”. “Pero si por miedo a eso la magia queda en un nivel muy bajo de impacto, puede que la gente no viva esa sensación mágica, que quede como un efecto especial de una obra de teatro”, completa. Y Guzmán agrega que al trabajar con actos de magia que “tienen su propio mundo”, tuvieron que encontrar qué situación dramática abría la puerta para un efecto mágico, y qué efecto mágico abría la puerta para una situación dramática. “De esa manera es que fuimos tejiendo la obra”, explica.

¿Cómo hacer de la muerte una comedia? “Lo patético es lo inevitable, cuando ves el rumbo pero al mismo tiempo pensás que es ridículo. Su destino es trágico, pero no deja de motivarte risa”, apuesta el director sobre lo que define como “una obra de teatro con experiencia mágica”. “Hago cosas antes de entrar a función, como calentar la voz, y si traslado eso al hall del teatro sería ridículo, patético, porque si me ven, se ríen, pero para mí es vital, importantísimo”, confiesa. “Es un destino trágico vivido de una manera tan trivial, tan mundana, que se vuelve patético. Y ellos plantearon esas cosas que hacen antes de salir a un show... Qué sé yo, ¡Copperfield se tirará spray en el pelo!”, bromea Guzmán. Y Kusnetzoff dice que el repertorio mágico, de muy buena factura, “fue infinitamente trabajado no sólo porque sea interesante y original sino para que contara la obra. No hay efectos porque sí”, asegura.

Aunque el personaje de Zaldua asume el rol de narrador, en la puesta en escena los magos no pueden verse ni escucharse, a pesar de que comparten el mismo espacio: esa multiplicidad de personajes es utilizada como una ventaja para de- sarrollar la historia. “Si tengo que hacer que haya magia entre ellos, la puesta plantea un procedimiento mágico: no se ven, no se tocan ni escuchan, aunque parezca que están en el mismo lugar; pero están en distintos lugares y nosotros vemos que les está pasando lo mismo”, argumenta. Eso sucede con la teoría del centésimo mono: cuando un comportamiento es adoptado por el ejemplar número cien de una especie (“monos, pájaros o magos”, ejemplifican), esa misma acción es aprendida inmediatamente por todos los de esa especie, se encuentren donde se encuentren. Hacen lo mismo sin ponerse de acuerdo. Y eso les ocurre a los personajes, que comparten la preparación previa al show que deberían realizar. “La teoría del centésimo mono está activada, porque los estamos viendo en diferentes lugares”, se entusiasma.

El mago que es operado finalmente muere, y ese recorrido es el que transcurre con los personajes en escena. También es un paralelismo que realizan entre la magia y la muerte. Frente a la Parca, Guzmán asegura que hay cinco etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. “El espectador pasa por los mismos sentimientos”, afirma. Y compara: “El mago dice que va a hacer magia y el espectador dice ‘La magia no existe’; luego la rabia (‘Qué guacho, ¿cómo lo hace? ¡No lo puedo descubrir!’); después negocia (‘Te aplaudo, cumplo mi rol, pero te voy a descubrir’); más tarde viene la depresión, cuando uno se suma al montón a aplaudir y ya no piensa si existe o no existe la magia, y al final la aceptación (‘La magia existe’). Ese es el trabajo que hace el mago con el espectador, y es el que hace la Muerte con el mago”, anticipa. “La muerte es misterio; la vida es comprobable. La magia está hecha de esas dos cosas, misterio y comprobación. Es la mezcla de las dos cosas, y en esa mezcla estamos jugando”, concluyen, mágicamente, casi a dúo.

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Goobar, Kusnetzoff y Zaldua buscaron a Guzmán para dar “un salto” en su experiencia artística.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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