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Martes, 29 de marzo de 2011

CULTURA › EL ESCRITOR EGIPCIO KHALED AL KHAMISSI HACE UNA LECTURA DE LA ACTUALIDAD DE SU PAIS

Reflexiones en el pico de la polémica

El autor de Taxi, un libro de crónicas que se adelantó a la caída de Hosni Mubarak, dice que “la revolución estuvo organizada por individuos de la clase media para arriba; recién más tarde se unió el resto de las clases sociales”.

 Por Facundo García

Egipto marchaba hacia la hecatombe. A la crisis de la economía se le sumaba la falta de espacios para la participación política y una desigualdad más añeja que las pirámides. Entonces Khaled Al Khamissi se puso a escribir un libro sobre los taxistas, que según él son el termómetro de su país. Las crónicas de Taxi, publicadas recientemente por Editorial Almuzara, ganaron brillo a medida que sus vaticinios se iban cumpliendo. Y hoy, desde la convulsionada ciudad de El Cairo, el autor cuenta cómo es la experiencia de los choferes que se ganan la vida del otro lado del mundo, y explica por qué sus relatos se adelantaron a las encrucijadas que enfrenta Medio Oriente.

Al Khamissi pone primera y avisa que los ánimos están caldeados. El sábado, los egipcios votaron por el “sí” en un referéndum para modificar su Constitución. Las señales de una nueva etapa se multiplican; sin embargo el escritor apunta que lo que pasó se venía cocinando mucho antes. “2005 –el año en que comencé Taxi– fue un punto de clivaje, porque hubo elecciones parlamentarias y presidenciales que fueron un fraude absoluto. El pueblo estaba harto”, plantea. La estrategia del gobierno era simple: las masas tenían que apoyar a Hosni Mubarak, que llevaba un cuarto de siglo en el poder. Si no querían, a cantarle a la esfinge. “Recuerdo un lechero que vivía en un callejón de mala muerte. Vino la policía y le dijo que tenía que poner 1000 libras egipcias –alrededor de 250 dólares– para financiar un cartel que iban a colgar ahí. Cuando el tipo argumentó que no tenía plata le dieron un ultimátum, asegurándole que si no pagaba le iban a cerrar el negocio. Efectivamente lo clausuraron, hasta que reunió las 1000 LE a través de un préstamo. Recién entonces pudo volver a abrir.”

Situaciones así se reflejaban cotidianamente en los parabrisas de los más de ochenta mil taxis que surcaban El Cairo. “A mediados de la década pasada, la sensación era que se iba armar algo grande. Desafortunadamente llegó tarde, pero es mejor tarde que nunca”, se lamenta el entrevistado, que dedicó su obra “a la vida, que habita las palabras de la gente sencilla”. El avance de los meses y las protestas le darían una tonalidad profética a ese intento por prestar oídos a la voz popular. Con aristas sorprendentes, porque si en la Buenos Aires de la crisis no era raro toparse con choferes que parecían salidos de un cuartel SS, allá el matiz lo marcaban los revolucionarios.

Es lógico, por lo tanto, que pocos se hayan planteado un estudio etnográfico o literario de los taxistas: son tan distintos como las urbes que transitan. Horacio González tanteó el asunto en El arte de viajar en taxi (Buenos Aires, Colihue, 2009), y el estadounidense Jim Jarmush investigó desde su perspectiva en el film Night on Earth (1991). En cambio no se consiguen ensayos que provengan del otro extremo del mapa. A los tacheros de Oriente, en consecuencia, se los caracteriza arrancándoles dimensiones y complejidades, como si se los grabara en un jeroglífico. (Y sí, es injusto. Pero al menos no tienen que soportar que Arjona les dedique canciones.)

–¿Por qué eligió a los taxistas egipcios como tema?

–En Egipto los taxistas provienen de orígenes muy diversos. El desempleo es uno de los principales problemas que tenemos, y son muchos los que recurren al taxi como segundo empleo para complementar su sueldo. Hay empleados públicos, maestros y camioneros que son además taxistas, y podría ampliar esa lista hasta el infinito. Algunos tienen masters, otros lograron solamente un diploma de secundaria y otros no saben leer. Ellos son el pulso de la calle, y las calles son el pulso de cualquier sociedad. Al Khamissi no idealiza. Comenta que los choferes no participaron orgánicamente en las movilizaciones contra Mubarak. “La revolución estuvo organizada por individuos de la clase media para arriba. Hace tiempo que esos sectores reclamaban derechos. Ningún partido los representaba, y si se unían a una organización no tenían ninguna chance de acceder al poder. Se sentían sin ayuda en esto de luchar contra la corrupción y el nepotismo, y temían por las generaciones futuras. Más tarde, obviamente, se unieron el resto de las clases sociales”, detalla. No obstante, su libro deja claro que la nube de descontento andaba dando vueltas desde hacía mucho.

Siempre abierto a las lecciones que pudiera ofrecerle el intercambio, el autor se cruzó con conductores alegres, malhumorados, chantas y honestos. Incluso en uno de sus viajes conoció a un señor mayor, semejante a “un monje budista, un asceta del desierto o un santo”, que le dejó enseñanzas “para siempre” mientras lo llevaba a destino. “Encontré de todo. No puedo meter a los taxistas en la misma bolsa. Sí sé que los elegí porque sentí que representaban a los sectores más pobres”, especifica.

–Taxi revela aspectos de Egipto que los lectores de acá desconocen. ¿Qué otras cosas cree que deberían tener en cuenta los su-damericanos para ayudar en los procesos sociales que está atravesando Medio Oriente?

–La traducción cumple un rol fundamental en el entendimiento entre los pueblos. En ese sentido, la política puede aprender mucho de la literatura. Es difícil que dos grupos humanos se relacionen satisfactoriamente si no poseen una literatura que circule entre ambas y las ayude a comprenderse. Cuando eso se consigue, la política se vuelve más racional. Por eso me ilusiono con que se lea más literatura árabe, para que nos puedan interpretar mejor. Supongo que gran parte de los malentendidos provienen de los medios, que son simplistas y utilizan términos muy vagos para caracterizar a las culturas que no conocen. “Ayudar”, me dice usted. La ayuda más crucial que nos pueden dar ahora es saber quiénes somos.

–¿Y en cuanto a los intelectuales egipcios? ¿En qué debates están?

–Los intelectuales contribuyeron activamente a la revolución, en un arco que va de la extrema derecha a la extrema izquierda y atraviesa el ámbito del cine, la literatura, la música y las artes plásticas. Hubo un gran número de encuentros y una verdadera explosión de creatividad, con cantos y poemas compuestos en plena revuelta. Y la disputa está lejos de haber terminado. Actualmente estamos en el pico de la polémica entre revolucionarios y contrarrevolucionarios.

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“Los intelectuales contribuyeron activamente a la revolución”, señala desde El Cairo Khaled Al Khamissi.
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