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Domingo, 3 de abril de 2011

TEATRO › NUESTRO FIN DE SEMANA, OBRA EMBLEMATICA DE ROBERTO COSSA

Espiar la sociedad por una hendija

En la obra que se acaba de reponer en la sala El Duende, no son necesarios los grandes conflictos para revelar el alma de una serie de personajes de clase media que llevan como pueden su existencia en la Argentina de los ’60.

 Por María Daniela Yaccar

La vigencia de las situaciones que suceden sobre el escenario da cuenta de un tema universal.

Evidentemente, las “pequeñas tragedias del hombre común” que siempre movieron a Roberto “Tito” Cossa son argentinas, universales e irrefutables. Eso, además de políticas, económicas, amorosas, sociales. Si no, ¿cómo se explica que Nuestro fin de semana, escrita entre 1958 y 1962, todavía guste y –además– genere empatía e incomodidad? Son efectos muy bien logrados por la nueva versión del director Lizardo Laphitz (en Teatro El Duende, viernes y sábados a las 21 y domingos a las 19), quien respeta a ultranza las coordenadas de tiempo y de lugar del original (la Argentina de los ’60). Así y todo, ese mundo, al que la platea accede a través de la intimidad de una casa de San Isidro, es antiguo pero no lejano. De él es ¿víctima? la clase media, en la obra vacía y egoísta, el combo heterogéneo que en la actualidad es capaz de apoyar desde una toma en defensa de la educación pública hasta un lockout patronal agropecuario. Aquí brota su cara más oscura.

Más que abrir una ventana a la sociedad de una época, la obra invita a espiarla por una hendija, porque lo que el espectador conoce es apenas la cotidianidad de unos personajes que son, precisamente, “hombres comunes”. A ellos, sobre todo a Raúl (Julián Echezarreta), un asalariado que sueña con convertirse en vendedor independiente de máquinas de escribir (“crearse una posición”, “ser alguien”), les tocó en su momento hacer carne un contexto. La obra, ópera prima de Cossa, llegó a escena en 1964 –la protagonizaron Juan Carlos Gené y Federico Luppi en el Teatro Río Bamba–, cuando gobernaba el país Arturo Illia. En palabras de su autor, está atravesada por “la desilusión de Frondizi y los ímpetus de la revolución cubana”. La opinión sobre un país desesperanzado y detenido se materializa en el bloque ínfimo y sagrado de tiempo que es un fin de semana desde la vivencia subjetiva, en el que Raúl invita a sus amigos nada más que a pasar el tiempo.

En la obra hay una obsesión por evadir, como si el fin de semana pudiera limpiar cinco días de esfuerzo, frustraciones y mediocridad con comida y alcohol. En tal sentido, la versión de Laphitz refuerza el rico contraste entre los amigos de Raúl: por un lado está Daniel, interpretado por Alejandro Fain, un tipo que sí que sabe divertirse y que tiene el auto que Raúl quisiera tener. En cambio, Carlos (Pablo Zani) alcanza la salvación individual escapando a la rutina, con changas en las casas de sus amigos. En una obra que carece de un conflicto central pero que tiene por tema el trabajo –y la compulsión como característica de la clase media, con el afán de alcanzar el éxito–, Carlos es el símbolo de otro tipo de autosuperación. Es el único que ha burlado al sistema capitalista, el modelo que Frondizi profundizó y que la obra ataca. No es casual, entonces, que Fain aporte humor a la pieza con sus sucesivas borracheras, mientras que Zani entrega diálogos cargados de poesía y de filosofía. Jorge (Emiliano Delucchi), el tercer amigo, también está carcomido por el sistema y sólo encuentra placer jugando a las bochas.

En las mujeres de la obra se evidencia que, afortunadamente, los tiempos han cambiado. Beatriz (María Marta Giménez), la esposa de Raúl, se pasa el día levantando los vasos de la mesa. A la triste Sara (Alicia Godoy) lo único que le interesa es mirar televisión. Silvana Sabetta, que es Alicia, la mujer de Daniel, inyecta una implacable energía a la obra, y triunfa en la dicotomía de actuar algo distinto a lo que su personaje siente. Ante la ausencia de un conflicto troncal que pida ser desatado en las sucesivas escenas, Laphitz construye una obra de relaciones, con una carga escénica bien repartida y personajes delineados y hasta exagerados (como el de Sabetta, o el de Claudia Cuis, quien compone a Elvira, la hermana de Beatriz), que exhiben en cada momento el conflicto que los aqueja. Ya sea consigo mismos, con los demás o con un entorno que es frustrante y gris, aunque no falte el vermut.

En la versión de Laphitz la época es omnipresente: está en la escenografía, modesta y cuidadosa, compuesta, entre otras cosas, por una de esas emblemáticas heladeras Siam. Desde lo que el texto propone, los sesenta están en la obsesión de Sara (mirar televisión en lo de Beatriz, porque no tiene) o el sueño de Raúl (vender máquinas de escribir). También en un bandoneón que aparece de tanto en tanto. Es indudable que, desde temprano, Cossa mostraba su habilidad para croniquear su tiempo, pero buceando en almas, construyendo seres que todavía pueden poblarse de vida. Esta obra fue, en efecto, llamativa en su época: “Si bien ésta es la primera obra de Cossa, su trabajo impresiona como el de un veterano”, apuntaban las críticas. Diría Ricardo Monti que el teatro le habla a una platea (burguesa) de culpables. Eso ha hecho entonces Nuestro fin de semana, y eso hace también ahora.

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