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Miércoles, 27 de abril de 2011

TEATRO › LUIS ZIEMBROWSKI, ANALIA COUCEYRO Y LAS ISLAS, LA OBRA QUE SE ESTRENA HOY

“El narcisismo nos lleva al todo o nada”

En el Teatro Presidente Alvear, el dúo protagoniza la obra de Carlos Gamerro, que a pesar de asumir un tono delirante no pierde de vista la cantidad de cuestiones que aún quedan por debatir en la sociedad sobre la guerra de Malvinas.

 Por Hilda Cabrera

El profesor Citatorio recibe al público con el propósito de reflexionar sobre el compartido amor por las islas Malvinas y revelar las razones por las que son codiciadas. El discurso del personaje presentador de Las islas mezcla de forma audaz realidad y ficción. Este es uno de los protagonistas de esta pieza del escritor Carlos Gamerro, traslación de su novela de igual título. La obra, delirante en más de un aspecto, se estrena hoy en el Teatro Presidente Alvear, dirigida por Alejandro Tantanian. En diálogo con Página/12, en un palco del teatro, la actriz Analía Couceyro –en el papel de una ex militante que traba una relación sexual con su torturador– y el actor Luis Ziembrowski –quien compone a un empresario de hábitos fastuosos y siniestros– coinciden en que no hubo suficiente discusión sobre el desembarco del 2 de abril de 1982 en Malvinas ni sobre la derrota del 14 de junio, que no descabezó rápidamente a la cúpula militar, pero quebró el apoyo de la población. “La idea de patria fue exaltada en esas fechas y después quedó en el olvido. No hubo resarcimiento para las víctimas”, puntualiza Couceyro. “En aquel contexto histórico, todavía bajo la dictadura, la visión de patria era terrorífica y lineal, y el debate, imposible, aplastado por una propaganda que llevó al país a meterse en una guerra sin tomar en cuenta que no había preparación militar para sostener ese enfrentamiento.”

–En la obra, el personaje presentador repite aquello de “el argentino ama las Malvinas. El que no ama las Malvinas no es argentino”. La toma de las islas tuvo en la población un componente emocional fuerte, como se dice también aquí, alimentado desde “la más tierna infancia”.

Analía Couceyro: –Sí, pero debiéramos preguntarnos por qué esas emociones no fueron “más adultas”. Se olvidó a los soldados. Aun dentro del horror, los secuestrados y desaparecidos durante la última dictadura militar tienen un lugar de reconocimiento en la sociedad. No pasa lo mismo con las víctimas de Malvinas.

–Es cierto que algunos tomaron esta guerra como si se tratara de un partido de fútbol. ¿Cree que eso contribuyó al olvido? ¿Por qué recordar al que pierde?

A. C.: –En el caso de los secuestrados y desaparecidos, hubo gente que luchó desde el primer momento para que se revisara la historia. Sobre Malvinas se produjeron muchas controversias y nunca a fondo. Por eso me parece increíble que hoy algunos hablen de olvidar el pasado, cuando, en realidad, todos estos temas siguen presentes. Que haya juicios y se pague por lo que se hizo es importante también para los jóvenes que no han sido marcados por esos años. Yo tengo bastante registro de Malvinas por un familiar que fue enviado a las islas, y también de la represión y los desaparecidos. De todo esto tengo conciencia desde que era chica.

–Una particularidad de Las islas es la reiteración de la crueldad. Gloria, por ejemplo, reúne en ella todas las desgracias...

A. C.: –Mi personaje es muy interesante y muy bello, porque tiene escenas de gran fuerza, en las que debo trabajar mucho la palabra. Una escena es la de la fábula final y otra, el primer monólogo, el relato del secuestro de Gloria y su unión con el torturador. Ese monólogo es tremendo. Me costó acercarme a ese horror. Necesité ayuda y la encontré leyendo detenidamente la novela de Carlos (Gamerro). Esto me dio detalles para comprender al personaje. Pasó algo similar cuando filmé El pasado, de Héctor Babenco, sobre la novela de Alan Pauls. Otro libro que me permitió profundizar aún más en Gloria fue Ese infierno, que reúne las memorias de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA (Munú Actis, Cristina Aldini, Liliana Gardella, Miriam Lewin y Elisa Tokar). Me horrorizaba el posible vínculo entre la mujer torturada y su torturador. Leyendo este libro, entendí la dinámica de los vínculos que se formaban entre aquellos que tienen poder sobre la vida de los otros y las víctimas de ese poder. La escena en que Gloria cuenta su fábula a Felipe Félix (Diego Velázquez) es un momento de descanso, de reposo, como otros que comparte con él. Felipe, que estuvo en Malvinas, es un ser derrotado, dañado, como Gloria. Ellos no van a recuperarse, pero se acompañan.

Con retraso para la nota, el actor Luis Ziembrowski ingresa a la platea del Alvear disculpándose. En Las islas protagoniza a Tamerlán, nombre asociado a caudillo e imperio, lejano en el tiempo y la geografía. Pero ¿quién es aquí Fausto Tamerlán?, se pregunta, y el actor responde: “El fundador de una dinastía de negocios inmobiliarios, con un hijo desaparecido en Malvinas. Tiene poder, encarna el mal, es despiadado, misógino, sodomiza... A partir de la desaparición de ese hijo (del mismo nombre), pide a Felipe Félix –ex soldado en las islas, ahora convertido en hacker– que le averigüe datos sobre aquella desaparición. Pero Felipe sufre amnesia. No recuerda ese pasado. La obra trasunta, barrocamente, una cantidad de ideas sobre la guerra de Malvinas y la Argentina de los ’90. Tamerlán es nazi, hijo de un nazi que llegó al país, hizo dinero y construyó un imperio que ahora a él se le está desmoronando.

–De todos modos, se enorgullece de ser argentino.

Luis Ziembrowski: –¿Por qué no? Si se convirtió en uno de los dueños del país. Quiere refundar Buenos Aires. Basa su mesianismo en fuentes filosóficas e históricas, en los estudios de Florentino Ameghino sobre la antigüedad del hombre en el Plata. Tamerlán cree que el origen del hombre se dio en estas tierras.

–¿Y qué hay de la fábula del tesoro escondido en Malvinas?

L. Z.: –Esa historia está fundamentada en un relato argentino. Se dice que el virrey Sobremonte, al huir con el dinero, dio vueltas hasta depositarlo en Malvinas, adonde los ingleses fueron a buscarlo. No es más que una alucinación farsesca.

–¿A qué se debe la ceguera de la frase “estamos perdiendo, pero ganamos”?

L. Z.: –Creo que en la búsqueda por descubrir nuestra identidad, los argentinos acabamos componiendo personajes narcisistas. Ese narcisismo nos lleva a querer todo o nada. Y así, frente a un hecho, vamos articulando algo que, sabemos, no podemos ganar, pero nos cuesta reconocerlo. La toma de conciencia se produce cuando ese hecho se presenta como tragedia.

¿Cuánto influyen las emociones?

L. Z.: –Algunos fenómenos, como el de la figura de Maradona en el fútbol, nos obligan a poner el corazón delante de los datos objetivos, y en ese tironeo aparece el juego de las pasiones, que nos conduce al desconocimiento de la realidad y a una acción que a veces bordea la fidelidad y otras, la traición.

–¿Por eso la construcción de mitos?

L. Z.: –Las fabulaciones extremas convierten en ley algunos pensamientos, como que Maradona muera en una cancha o Enrique Pinti haciendo su monólogo. Es lo que se dice “morir en su ley”. Esto es palabra hablada, no escrita. No tiene fundamento real. Depende de quién la reciba y cómo la capte. En esto hay una búsqueda permanente de lo suprahumano. Es la idea del superhombre o de la supermujer. Mi personaje, Tamerlán, por ejemplo, es tan superhombre que prescinde de las mujeres.

–¿A qué se debe la referencia a la Argentina de los ’90?

L. Z.: –En Las islas se habla de cuestiones sexuales, del deseo de lo prohibido y de la presión por cumplirlo. Eso tiene que ver con los ‘90, con una época en que se mediatizó la política y quedamos con la ñata contra el vidrio, mirando cómo un modelo nos mostraba cómo era la vida.

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“La idea de patria fue exaltada y después quedó en el olvido. No hubo resarcimiento para las víctimas.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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