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Lunes, 8 de mayo de 2006

TEATRO › EL CIRQUE DU SOLEIL EN BUENOS AIRES CON “SALTIMBANCO”

Cuerpos leves y gentiles

La compañía creada en Montreal en 1984 despliega su show en una carpa de 20.000 metros cuadrados. A diferencia del circo tradicional, el riesgo nunca es puesto en evidencia.

 Por Cecilia Hopkins

El esperado estreno de Saltimbanco, la primera presentación en Buenos Aires del Cirque du Soleil, tuvo lugar el viernes en la monumental carpa que la compañía canadiense instaló sobre unos 20.000 metros cuadrados, en plena Costanera Sur. Si la noche del debut fue cita obligada de famosos y funcionarios, el ensayo del día anterior estuvo consagrado a los alumnos de las escuelas de circo locales y a un nutrido grupo de chicos de bajos recursos, algo que ya es costumbre en cada gira –dado que los precios de las entradas oscilan entre 90 y 450 pesos– según habían anunciado los responsables del espectáculo durante la conferencia de prensa que ofrecieron en el Malba en marzo pasado.

Creado en 1984 en Montreal, el Cirque du Soleil ha influido en gran medida en lo que hoy se conoce como Nuevo Circo, modalidad interdisciplinaria que integra al número tradicional circense, la gimnasia artística, la danza contemporánea y la música en vivo. En nada parecido a los otros espectáculos que se ofrecen en las sedes permanentes que la compañía mantiene en Amsterdam, Las Vegas y Orlando, Saltimbanco, la cuarta producción del Cirque.., reúne una gran variedad de destrezas propias del género: trapecio en solos y dúos, acrobacia, malabarismo, mástiles chinos, columpio ruso, cuerda floja, correa elástica y payasos. El elenco incluye 55 artistas de 15 nacionalidades diferentes, cuyas edades oscilan entre los 9 y los 51 años.

Pasada con creces la hora anunciada para el inicio de la función, una decena de payasos abrió el fuego dispersándose por los pasillos de la platea con la intención de aflojar a los espectadores y predisponerlos al juego. Hablando en grammelot, esa jerga clownesca que sintetiza sonidos de varias lenguas, la colorida troupe debió vencer la resistencia de algunos espectadores que se negaron a levantarse de sus asientos para responder a sus módicos pedidos de participación. Por suerte para todos, hubo quienes aceptaron sin reservas entrar en el juego y ser requisados por los intérpretes, quienes simulaban extraer de los bolsillos todo tipo de objeto fuera de lugar. Agotada la instancia clownesca, el espectáculo presenta a modo de obertura una impactante secuencia de habilidades acrobáticas, por momentos lindante con el contorsionismo. Basada en una sucesión de ritmos y evoluciones sutiles sobre piso y mástil, el movimiento general pierde allí la cualidad gimnástica para transformarse en una trama continua que lo asimila a la danza. Este primer cuadro sintetiza el espíritu de un espectáculo que sorprende en tanto lo prodigioso aparece en escena sin la carga de adrenalina que suele brindarle marco al circo tradicional.

Dividido en dos secciones separadas por media hora de intervalo, Saltimbanco presenta una estudiada alternancia de habilidades físicas y escenas cómicas, éstas a cargo de experimentados mimos y clowns. La primera parte cerró con un número de boleadoras, a cargo de la argentina Adriana Pergorele, un momento de poca relevancia en función de habérsele quitado a la destreza criolla su energía originaria en pos de una versión fashion, amén de aflamencada. A lo largo del show, los números nunca se presentan aislados aunque se establece claramente un orden jerárquico en razón del lugar que cada uno ocupa. Ya sea que los artistas en sus evoluciones abran espacios aéreos o se mantengan a nivel de piso, por debajo de los trapecios y las cuerdas o bien alrededor de su área de actuación, habrá siempre una troupe de coloridas criaturas con máscara neutra, trabadas en excéntricas relaciones físicas. Por sus texturas y colores, el vestuario del espectáculo entrega una impresión de homogeneidad aún en su variada inspiración: hay personajes que parecen salidos de comics retro o de las páginas de antiguos libros de cuentos fantásticos, en tanto que otros recuerdan tribus urbanas o, fragmentariamente, al Ballet Triádico que Oskar Schlemmer dirigió en la Bauhaus.

Contundente y por momentos particularmente descriptiva, la música ejecutada en vivo domina la carpa merced al sonido cuadrafónico, pero sin abusar de estridencias ni efectos especiales. Saltimbanco no evoca en nada la mística circense elaborada a partir de la expresa exposición de la voluntad, la fuerza y la habilidad. Aquí no está presente el sonido del redoblante que subraya los momentos de máxima tensión, ni hay otros signos puestos en función de alentar en el espectador esa cuota de inquietud que suele despertar la posibilidad del error fatal. Saltimbanco despliega un sosegado circuito de escenas que presentan con naturalidad unos cuerpos livianos y gentiles, con la intención de cautivar al espectador tal como lo hace la danza clásica, disimulando los rigores del esfuerzo físico, ignorando las leyes de la gravedad. Así entonces, la resistencia y la extraordinaria fuerza que los trapecistas y acróbatas ponen en juego en cada acto se expone ante la platea con la contundencia de las imágenes salidas del terreno de lo fantástico. Claro que el riesgo del error existe pero aquí esa situación no se capitaliza en función de los efectos en la apreciación del espectáculo. Ya no se trata, entonces, de exponer al hombre y la mujer de circo en su lucha por superar a la física y trasponer los límites impuestos por el propio cuerpo, esfuerzo éste que, en los años ’20, el movimiento vanguardista del Futurismo italiano tomó como metáfora de la superación del hombre. Saltimbanco, en cambio, presenta un mundo sin conflictos, donde lo imposible adquiere, como en los sueños, unos ribetes de naturalidad impensables.

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El Cirque du Soleil, como la danza, no expone el esfuerzo sino que lo torna natural.
 
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