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Domingo, 1 de julio de 2012

TEATRO › EL LABORATORIO TEATRAL DEL CONSEJO ITALIANO PARA LOS REFUGIADOS

Cómo poner en escena las propias llagas

Dos directores colombianos, Nube Sandoval y Bernardo Rey, llevan adelante talleres teatrales con refugiados, hombres y mujeres que huyen de la miseria y las guerras, pero que arriba de un escenario logran expresar el dolor de esas experiencias.

 Por Elena Llorente

Desde Roma

Son de Senegal, Costa de Marfil, Nigeria, Somalia, Pakistán. Hombres y mujeres que han huido de sus países luego de haber sido torturados por militares, por grupos armados, por participantes activos en guerras sin fin. Hoy son refugiados y viven en Roma. Casi no hablan italiano, pero un grupo de dieciséis de ellos, guiados por dos directores de teatro colombianos, Nube Sandoval y Bernardo Rey, fueron capaces de poner en escena una obra en la que de alguna manera se representan a sí mismos, en la medida en que es el producto de un trabajo de recuperación de la propia identidad y de su adaptación a un mundo nuevo.

La obra, Exodus, mentre il corpo c’e e non trova reparo (Exodo, mientras el cuerpo está y no encuentra refugio), fue presentada el martes pasado en la Jornada Internacional de Apoyo a las Víctimas de la Tortura. Patrocinado por la Unión Europea y el Ministerio del Interior Italiano, además del Consejo Italiano para los Refugiados (CIR), el proyecto de un laboratorio teatral para la recuperación psicosocial de los torturados nació en 2005 y está a cargo de los dos directores colombianos que, por lo demás, son marido y mujer. El laboratorio cada año recibe a los refugiados que, sugeridos por médicos y psicólogos del CIR –“porque el teatro puede hacer lo que no logra la medicina ni la psicología”, dice Nube a Página/12–, aceptan hacer teatro para facilitar su recuperación e inserción.

“Una de las cosas más difíciles para quien ha vivido la tortura es insertarse en un mundo donde no se habla su misma lengua, donde no existen las mismas costumbres de su país. Por suerte, algunos vienen de ex colonias francesas o inglesas y eso facilita nuestra tarea porque hablamos esos idiomas. Pero se ha demostrado que el teatro puede crear otro lenguaje. Un lenguaje universal que va más allá de las palabras. El lenguaje del ritmo, de la danza, de la acción, y eso nos permite explicar a todo el mundo que el arte no es un instrumento sino EL instrumento de integración, de mediación, de sanación”, añade. Tanto Nube como Rey saben de qué hablan.

En Colombia, fundaron en 1992 el Teatro Cenit y trabajaron en las cárceles, en las escuelas de periferia, con los niños de la calle, con los huérfanos de guerra y sobre todo con los desplazados, campesinos y sus familias que escapaban de los conflictos armados.

Cada año asisten al laboratorio teatral del CIR una media de 14 personas. Ninguno de ellos se ha vuelto a su país de origen pero a veces han dejado Italia, que a menudo es tomada como un trampolín, para después terminar en Francia, Alemania o Inglaterra. “No podemos pretender que se queden con nosotros, porque no han venido a Europa para hacer teatro. Aunque debo decir, con mucha satisfacción, que uno de nuestros alumnos está terminado su carrera teatral en la Universidad La Sapienza de Roma”, se enorgullece Sandoval.

Este año, dieciséis jóvenes y no tan jóvenes refugiados trabajaron en el laboratorio teatral del CIR cuya labor –de cuatro a seis meses, tres veces por semana– se hace en una barcaza anclada en el río Tíber, muy cerca del centro histórico de Roma. La historia de este año se inspiró en un caso verdadero de un joven refugiado que pasó por el CIR hace algunos años, pero el título se basó en la poesía “Tortura”, de la escritora polaca Wislawa Szymborska, premio Nobel de Literatura 1996. Sandoval y Rey crearon una historia en torno a Amin, un campesino genéricamente definido como “africano”, que un día descubre que puede ser inmensamente rico porque en sus campos hay petróleo. Una fortuna que se transforma en su desgracia y la de su aldea, porque llegan las multinacionales del petróleo, con sus mentiras y persecuciones, y terminan usurpando esas tierras y expulsando y persiguiendo a todos los campesinos que viven allí.

“Con la historia de Amin hemos querido afrontar un problema recurrente en Africa: la lucha entre las multinacionales que se disputan los recursos naturales y los hombres inermes, disputa que a veces se transforma en una cuestión política y en una guerra”, dicen los directores. Las multinacionales, representadas con enormes máscaras –construidas a su vez por otro laboratorio de refugiados dirigido por Rey– terminan persiguiendo a tiros a los pobres campesinos que escapan con cara de terror. Al final, los campesinos africanos llegan a Italia, donde un contralor de migraciones de mal genio y harto de que no entiendan el italiano, repite de mala gana, “¡Nombre, nombre!” y “¡País de proveniencia!”, ante los ojos asustados de los inmigrantes que no saben qué contestar.

Por esa situación pasaron en la vida real todos los actores de esta obra. Zahui, por ejemplo, viene de Costa de Marfil y tiene 22 años. Contó a Página/12 que le gusta el fútbol. Vivió en Francia entre 2008 y 2010. Pero su padre estaba en política y en 2011 fue detenido y asesinado en su país. Zahui y su familia escaparon a Ghana, pero él quiso venir a Italia para inventarse un futuro mejor. Ahora tiene una oferta para jugar en el Club Pescara. Samira viene de Pakistán, más precisamente de Karachi. Llegó a Italia en 2010, pero antes había estado en Suecia. Es católica y, tal vez, fue esa la razón de su huida a Europa. Samira casi no quiere hablar de los motivos de su dolor. Pero reconoce que el teatro la ayudó mucho, porque ella era “muy tímida, no quería ver a la gente”. “Y esta experiencia nos da coraje, es buena, muy buena.”

Paco tiene 39 años y –con un nombre tan español– viene sin embargo de Senegal. “En Senegal, el nombre Paco es muy común”, señala. “El teatro nos ha ayudado mucho a resolver nuestros problemas. Cuando llegamos acá no teníamos nada. Hoy todavía no puedo hacer muchas cosas porque he vivido cosas muy duras. Pero cuando tenga mis papeles quiero buscar un trabajo y rehacer mi vida.” Paco es el cantante de la obra y, con una voz dulce y cristalina, a veces en árabe y en otros idiomas de su región, fue llevando al público, como de la mano, por el camino de las historias que contaban sus amigos. “En Senegal, sólo cantaba de niño, sobre todo canciones religiosas musulmanas”, cuenta Paco.

Al concluir el listado de los recién llegados, el contralor malhumorado de la obra lee un edicto policial que dice: “Atención ciudadanos, están llegando gentes de otros países, hablan lenguas que no se entienden. Ha habido casos de violaciones, atención a las mujeres, no transitar por calles oscuras. Son sucios y malolientes, durante varias semanas usan la misma ropa. A veces alquilan una habitación para dos y a la semana siguiente son cuatro, ocho, diez”. Firmado: Jefatura de Policía de Nueva York. 1912. El texto, que es verdadero, se refiere a la llegada de los italianos a los Estados Unidos. Pero usa casi las mismas palabras que hoy adoptan muchos europeos para calificar a los inmigrantes.

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Este año, dieciséis jóvenes y no tan jóvenes refugiados trabajaron en el laboratorio teatral del CIR.
 
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