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Domingo, 7 de octubre de 2012

TEATRO › POTENTE PUESTA EN EL CERVANTES

El poder de la sátira

 Por Hilda Cabrera

Elemento disgregador como pocos, la credulidad inducida prende en los integrantes de un micromundo doméstico, dispuestos a hostigar al pretendiente de una joven de familia acomodada, adjudicándole el mote de “mufa”. Ese acoso es el núcleo de Jettatore...!, obra de Gregorio de Laferrère, quien, según sus biógrafos, la escribió para solazarse de la ausencia de pensamiento crítico en la sociedad porteña de su tiempo. La víctima es Don Lucas Gómez, declarado “mufa” por Carlos, el tarambana enamorado de su prima Lucía, a quien sus padres no vacilan en ofrecer en matrimonio al maduro Gómez, que acredita un buen pasar económico. La estrategia armada por el primo para impedirlo dispara la acción y el ataque al desprevenido Don Lucas, que los intérpretes de esta puesta del director Agustín Alezzo manifiestan de modo diverso. Mientras unos se ajustan a gestos y actitudes propias del teatro tradicional, con abundancia de exclamaciones y grititos (recurso muy utilizado en las escenas en las que interviene un grupo de mujeres) o insisten en “la risa porque sí”, que practica y contagia Doña Camila y resuelve con cantarina voz Lidia Catalano; otros suman estereotipos afines a la comedia bufa; hacen gala de un histrionismo clownesco (es el caso de Claudio Da Passano y su desopilante composición de Pepito) o intentan frenar tanto chisme, como Aldo Barbero protagonizando a Don Juan.

El texto ágil, aun cuando reitera conceptos, retrata con ánimo festivo la encrucijada en la que se encuentra Don Lucas por querer introducirse en un sector social que el autor conocía desde su costado más elegante, tal como se aprecia en el vestuario diseñado por Graciela Galán. Esta es la típica familia que cede su hija siempre que el candidato asegure bonanza económica y futuro promisorio. A su vez, el pretendiente es el clásico señor maduro que aspira a formar hogar con una mujer-niña y alcanzar otro estatus en un contexto social donde el prejuicio tiene rango de ley. En este punto, la crítica de Laferrère no es agresiva, tampoco su burla sobre los crédulos y supersticiosos. Por el contrario, resta dramatismo a la difamación con el pretexto de que se está salvando la continuidad de un gran amor. Es notorio que la opción de Laferrère no ha sido ahondar en un asunto serio sino divagar sobre la jettatura y las explosiones que ésta produce en el ánimo de los personajes. Explosiones de las que es posible tomar distancia a través de la parodia.

Estrenada el 30 de mayo de 1904, en el Teatro de la Comedia, por la compañía de Jerónimo Podestá, y convertida en película en 1938, con guión y dirección de Luis Bayón Herrera, la puesta que ahora se ofrece en el Cervantes satiriza a la totalidad de los personajes. Se sabe que Laferrère, hijo de hacendados (de padre francés y madre argentina) y miembro del aristocrático Club del Círculo de Armas, no ahorró dardos contra lo que consideraba criticable. Tampoco en los artículos periodísticos escritos bajo el seudónimo de Abel Stewart Escalada. “Hombre de comité”, como se decía entonces (su comité funcionaba bajo la denominación de Asociación Popular), creó el Partido Nacional Independiente y continuó estrenando obras, como Locos de verano, en 1905, año en que fundó el Conservatorio Lavardén, destinado a la formación de actores. En 1906 dio a conocer Bajo la garra, donde satirizó a su propio ambiente social y produjo escándalo, al punto de verse obligado a bajar la obra. En 1908 estrenó Las de Barranco, y en 1911 Los invisibles, una burla sobre la práctica del espiritismo. En Jettatore...!, la sugestión se apodera de sirvientes y señores. El ejemplo extremo es Pepito, carrerista de alma, novio de la también casadera Elvira, que clama por una ley para acabar con los “mufa”, y desvaría imaginando que el casamiento de Don Lucas y Lucía produciría un semillero de jettatorcitos.

La búsqueda permanente del humor esconde el drama de la maledicencia que transforma la vida de Don Lucas Gómez. Crédulo al fin, como si no fuera la víctima del ensañamiento, pone en práctica el supuesto “poder telepático” que lo convence de poseer el falso médico que compone con solvencia Francisco Prim, en una secuencia que provoca aplausos en la platea. Una vuelta de tuerca que le azuza la imaginación y da lugar a más situaciones disparatadas, entre otras, la escena en la que intenta hipnotizar a Benito, el criado gallego (Miguel Moyano), y aquélla en la que relata su lucha cuerpo a cuerpo con un perro enfurecido. Secuencias tragicómicas, propias de un personaje envalentonado al que se le escapa el sentido del engaño en que ha caído y cuya consecuencia inmediata es la marginación y la soledad. Con afinada sensibilidad, Mario Alarcón da vida a este personaje, destacándose sin alardear en escenas donde los aportes dirigidos a la platea juegan un papel fundamental.

La dirección de Agustín Alezzo, atenta a cada detalle, favorece la receptividad de este “divertimento” que abre camino a la entrega y el entusiasmo de los intérpretes, cuyos desplazamientos entre paneles traslúcidos (según el enfoque o la dispersión de la luz) remiten a aquello de “las paredes hablan”, pero no a causa de los graffiti sino por la transparencia. Esta disposición –que devela algunas de las reacciones que se producen entre bambalinas– constituye un acierto de la escenógrafa Marta Albertinazzi y el iluminador Chango Monti, facilitando, además, el recorrido de una “procesión” que intenta “sanar” la casa que ha visitado Don Lucas, el gran negador, castigado con el mote de “mufa” por su pretensión de adquirir status y no advertir la mentira en las palabras de los otros.

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