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Domingo, 9 de febrero de 2014

TEATRO › GUSTAVO BERGER INICIO LA TERCERA TEMPORADA DE UN RUBIO PERONISTA

El humor en función de la militancia

En su unipersonal aparecen nombres de la política y de los medios de la Argentina, y también los de su padre y su madre, como si la historia propia y la del país no pudieran separarse. Uno de sus personajes más aplaudidos es el opositor serial.

 Por María Daniela Yaccar

Gustavo Berger nació rubio, de tez blanca y ojos celestes, y se crió en una casa del coqueto barrio de Olivos. De grande se reconoció víctima de una contradicción genética: era rubio, había sido educado en los mejores colegios (privados, alemanes) y, políticamente, su padre tiraba para la derecha. Pero él no... él era peronista. Después de trabajar durante muchos años como manager de Ignacio Copani, acompañando al trovador en sus giras, sufriendo escraches durante el conflicto del Gobierno con el campo y haciendo algún número en los intervalos de los recitales, Berger eligió comenzar un nuevo camino: el del humor político. Su unipersonal, Un rubio peronista, va por su tercera temporada.

Lo primero que hace al pisar el escenario del teatro Bambalinas es bromear con que las terceras temporadas nunca son buenas. Hace alusión, claro, al tercer gobierno de Perón. La sala está que explota, estallará de risa y la jornada terminará con dedos levantados en V. Evidentemente, el treintañero tiene un público cautivo, gente que le sigue los pasos porque, como está apoyado en la coyuntura, el show no es nunca el mismo.

Al final de la función le piden fotos. Su Facebook está lleno de mensajes de cariño y agradecimiento. Los políticos también lo siguen (lo vieron, entre otros, Jorge Taiana y Juan Cabandié). Estuvo en 6, 7, 8 y tiene una foto con Víctor Hugo Morales.

Berger hace stand-up –admira a George Carlin y a Ricky Gervais–, pero no únicamente: utiliza recursos de la actuación, también. Tira un chiste tras otro, sin respirar. En su discurso aparecen los personajes nefastos de la política y de los medios de la Argentina, con nombre y apellido, y también su padre y su madre, como si la historia propia y la del país no pudieran separarse. No pueden, eso demuestra Un rubio peronista. Berger repasa los entredichos con su padre, un gorila –“pero no tanto como se ve en el show”, aclara en la entrevista–, y la curiosa historia de su madre, quien pidió el divorcio al enamorarse de una mujer. “Tengo una mamá lesbiana”, dice el comediante en la mitad de la obra, y aprovecha su biografía para referirse a la Ley de Matrimonio Igualitario y a otras que cambiaron la Argentina en los últimos años.

Vestido serio, como los mejores standuperos (camisa a cuadros, pantalón sobrio), dedica un tiempo de su espectáculo a Enrique Santos Discépolo. La iluminación se vuelve tenue y el artista pronuncia textos de Mordisquito, que parecen escritos ayer nomás. De las jodas no se salva nadie: Macri, Michetti, Lanata, Olmedo, Carrió, Menem, etcétera, etcétera, etcétera. Parece tener una obsesión con Eduardo Feinmann.

“Para mis vecinos, Dios puso al hombre con la mujer, a Chiche Gelblung con la dictadura y al peronismo con los negros”, dice, al recordar a ese niño que sorprendía porque “jugaba con el hijo del portero”. Uno de sus personajes más aplaudidos es el opositor serial, que se encarga de desarticular los lugares comunes en los que caen quienes se ubican en la vereda de enfrente al kirchnerismo.

El primer sábado de esta nueva temporada lo acompañaron los actores cordobeses Max Delupi y Beto Bernuez, con sus personajes Thelma y Nancy, dos jubiladas de clase media que se oponen en todo al Gobierno.

–¿En qué momento descubrió su vocación?

–Contaba chistes desde muy chiquito, desde los ocho años. Siempre sentí una necesidad imperiosa de comunicarme: en la secundaria probé taller de radio, de periodismo, de literatura. Y contaba muchos chistes, era bastante hinchapelotas. Unos compañeros del secundario me pidieron que armara un show y que, después, no les contara chistes nunca más. A los quince copié un show de un video, El señor del baño, de Rudy Chernicoff, y lo representé para mis compañeros en un bar.

–¿Cómo era su vida antes de Un rubio peronista?

–Animaba eventos empresariales, hablaba de temas cotidianos, de nada demasiado profundo. Durante el conflicto con el campo me di cuenta de que quería decir un montón de cosas. Con Copani trabajé diez años. Ignacio siempre me dejaba actuar en sus shows. Fue el mayor entrenamiento: hacíamos ciento y pico de funciones por año, muy dispares. Actuábamos en unidades básicas, casinos, una plaza con 10 mil personas... En 2008, en la época de “Cacerola de teflón”, sufríamos escraches en algunos pueblos. En ese momento decidí poner el humor en función de la militancia. Sentía que mis shows eran vacíos. Y a su vez veía mucho show de crucero como para dejar la cabeza en un tupper.

–¿Se refiere a la situación actual del stand-up?

–Sí. Caló en la clase media y nadie quiere ofender a nadie. Es muy light. Con esta decisión que tomé, me pierdo una gran porción de público. Pero el que viene lo agradece mucho más y es más fiel. Se identifica con algo puntual. Todos hablan de sexo. A veces ves minas que están buenísimas que dicen “tengo mala suerte, nadie me quiere voltear”. Flaca, no te creo. Todo depende de cómo se aborda, pero todos lo abordan desde el mismo costado. El abordaje es “yo soy un loser”.

–¿Su padre vio el show?

–No, creo que si lo ve me deshereda. Tratamos de no hablar de política. Es una persona influenciada por los medios. Yo descubrí a Copani, a Víctor Heredia y a Gieco por mi viejo. No es facho ideológicamente, es facho porque le dicen que hay que serlo. Tiene este discurso que muchos sostienen, de que cuando estás mal es por el Gobierno y cuando estás bien es por tu esfuerzo personal. En algún punto es envidia. Está pasando ahora, con el Progresar. Yo no voy a pedir un subsidio para que mi hijo vaya a la escuela...

–¿Y si su hijo sale facho?

–Eso no va a suceder. La ideología política y el cuadro de fútbol no se negocian.

* Un rubio peronista se presenta los sábados y domingos a las 19 en Bambalinas, avenida Corrientes 1743. Es a la gorra pero hay que reservar la entrada enviando un mail a [email protected]

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Como está apoyado en la coyuntura, el show de Berger en el teatro Bambalinas nunca es el mismo.
 
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