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Viernes, 14 de noviembre de 2014

TEATRO › EDUARDO “TATO” PAVLOVSKY REGRESA CON ASUNTOS PENDIENTES

“La indignación debe estar acompañada por la acción”

El actor, dramaturgo y médico psicoanalista repuso en el Teatro Caliban la obra que había estrenado el año pasado y que debió postergar por una dolencia. En la entrevista lo acompañan los actores Susy Evans y Eduardo Misch y opina la directora Elvira Onetto.

 Por Hilda Cabrera

Eduardo Pavlovsky, Eduardo Misch y Susy Evans son parte del elenco de Asuntos pendientes, que completa Paula Marrón.

¿Hasta dónde quiere experimentar el personaje que en Asuntos pendientes se confiesa, inventa historias y escarba en horrores y tabúes mientras sospecha que le ha llegado el tiempo de la despedida? Aurelio perturba y se transforma. Quienes se interesan por las obras y las actuaciones de Eduardo “Tato” Pavlovsky reconocieron esas perturbaciones cuando Asuntos... fue estrenada en 2013, en el Centro Cultural de la Cooperación. Una propuesta que hoy se aplaude en el Teatro Caliban, de Norman Briski, luego de un largo intervalo, pues el regreso estaba previsto para abril de este año en el C.C. de la Cooperación. “Nos esperaron, pero tuve problemas de salud”, apunta el actor, dramaturgo y médico psicoanalista en esta entrevista, junto a Susy Evans (Ella, mujer de Aurelio) y Eduardo Misch (el Pibe, el hijo comprado a una familia pobre del Norte argentino). Ellos son parte de un elenco que completa Paula Marrón (el personaje testigo) y dirige Elvira Onetto, quien no pudo asistir a la cita y participó por vía telefónica (ver recuadro).

En su casa ajardinada del Bajo Belgrano, Pavlovsky describe el padecimiento que le causó el herpes zóster (“culebrilla”), dolores que al ser atenuados con opiáceos lo afectaron seriamente. Recuperado, descoloca nuevamente al espectador desde el lugar que lo hace sentir pleno: el escenario. Y en un espacio como Caliban, donde “la cercanía con el espectador convierte a éste en testigo”, apunta Misch, actor, director, autor y asistente, coordinador en 2010 de un festival con obras del dramaturgo, algunas inéditas. Pavlovsky ironiza sobre el cambio de sala y bromea sobre el término traición, al tiempo que agradece a Juano Villafañe (director artístico del C.C. Cooperación) y a Briski por haber ofrecido sus espacios para una creación compleja que fluye entre la realidad y la fantasía. De ahí la dificultad de descifrar el pensamiento de un Aurelio que puede “devenir otro” en cada escena.

Evans niega que este Aurelio desbordado sienta culpa, y comparte con sus compañeros de equipo la alegría de haber superado un período de incertidumbre ligado a la dolencia de Pavlovsky. Un tiempo que en el plano social y desde el estreno de 2013 “presenta situaciones que se han agravado o siguen difusas”. Señala que hubo pequeños cambios en el texto: “Algunos párrafos relacionados con el incesto fueron descartados por ser demasiado crudos”. Frases que tal vez no inquieten tanto como el monólogo inicial en su avance sobre el horror. Ese monólogo es, acaso, uno de los segmentos más difíciles de sobrellevar en una puesta que requiere un “tiempo teatral intenso”, único en un autor que en el transcurso de la entrevista pone el acento en “el abandono en que se encuentran los seres socialmente débiles, y en la compra y venta de niños pequeños o bebés a familias pobres”. Los bebés fueron también el centro de un trabajo de rescate en Sólo brumas, obra de 2008, donde llevó a escena una denuncia originada en Tucumán en 2004, referida al cruel abandono que se practicaba sobre los nacidos vivos con un peso inferior a 500 gramos.

El Pibe de Asuntos..., comprado a pocos días de haber nacido, tiene un pasar exitoso. Es un conocido empresario de películas pornográficas. Y esto gracias a la inclasificable guía de Aurelio y una madre que lo adoptó e inició sexualmente. Hechos que el muchacho no les recrimina. “Al contrario –observa Misch–, el hijo agradece que le hayan enseñado a pensar como empresario. Es un famoso productor de videos en una provincia del Norte. ¿Qué hubiera sido si de bebé quedaba en el rancho junto a sus hermanitos y una madre que no los podía alimentar y murió por infecciones? El Pibe, mi personaje, es calco de muchos otros chicos y jóvenes, porque las situaciones de abandono se multiplican.”

Pavlovsky insiste en la necesidad de trabajar sobre la miseria, las actitudes cotidianas, las circunstancias que conducen a la violencia y la creación de espacios para el debate, porque en esto de “atravesar aspectos de la vida no hay que perder la función crítica”. Propuestas que lo impulsan a diseñar nuevos proyectos, distanciado ya del “estado de confusión” que atribuye a los medicamentos. Ahora es otro asunto el que lo ocupa: “El boceto de una obra sobre la subjetividad de los jóvenes y los chicos marginados y marginales, como esos a los que dan dinero para que tiren piedras a los coches, los detengan y puedan robar. Porque una cuestión es condenar el delito y otra distinta meterse en la cabeza de esos chicos. ¿Cómo hacer esa revolución cultural que convenza a un pibe para que estudie, si en minutos gana robando lo que no puede conseguir de otra manera? Quiero meterme en esos fenómenos que produce la marginalidad y llevan más miseria y más mortalidad a una subcultura que tiene sus complicidades y códigos”.

Pavlovsky, premiado y homenajeado a nivel nacional e internacional (sólo este año recibió seis distinciones, suman Evans y Misch), evalúa el clima que predomina en varios sectores al afirmar que “a la sociedad no le importa qué les pasa internamente a esos chicos, y que la indignación no es suficiente si no está acompañada por la acción”. Reacción que –insiste– escasea en el teatro, donde “debe ser expresada con sentido estético”. Esta opinión incorpora otros títulos a la entrevista. Obras y personajes no necesariamente relacionados con chicos marginales. “Aurelio toma el papel de víctima, como el apropiador de Potestad (1985)”, observa Pavlovsky. El componente siniestro dentro de una familia no se halla distante de Telarañas (1977), asociado entonces al fascismo, y el “aquí no pasa nada” podría aplicarse a El señor Galíndez (1973), el torturador que fuera de su “tarea” lleva una vida en apariencia normal. En este recorrido, y más allá del episodio que siguió al estreno de Telarañas, en el Teatro Payró (allanamiento de su casa y consultorio), Evans recuerda que aquellas obras “trajeron problemas de incomprensión; no se entendía hacia dónde iba Tato”, y menciona la vigencia del “acostumbramiento”: “La costumbre de ver que hoy existen el hambre y los daños neurológicos nos hace indiferentes”.

Asuntos... es un hecho cultural que atrapa, y es natural que durante el diálogo con sus protagonistas surjan anteriores experiencias. Imágenes de Rojos, globos rojos (1996), “una puesta de Rubens Correa y Javier Margulis diferente a lo que venían haciendo”, cuenta Pavlovsky. “Les dije que para mostrar a un viejo actor en decadencia, mi personaje, pensaran en el teatro de Dringue Farías y Pepe Arias, artistas populares, intuitivos, y cómicos de la revista porteña.” Una obra que –adelanta– le gustaría reponer. Ese anhelo origina un comentario jocoso de Evans, quien entonces, junto Elvira Onetto, componía a una de las desvalidas bailarinas que acompañaban a aquel viejo actor. Las referencias se multiplican y aparecen La Gran Marcha (2003) y Poroto (la huida permanente), de 1996. “Estas obras partieron de conversaciones con Norman”, recuerda el dramaturgo, deteniéndose nuevamente en la obligación de todo intelectual “de ser crítico y no caer en la tentación de la irresponsabilidad”, a la que se refiere Jean-Paul Sartre en ¿Qué es la literatura?, y a la excelencia crítica de una personalidad como el escritor, músico y filósofo palestino Edward Said. “No tenemos que quedarnos sólo en nuestra tarea; comprometerse en el teatro es meterse con lo invisible de la vida y ponerle voz al cuerpo”, resume Pavlovsky.

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