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Domingo, 1 de febrero de 2015

TEATRO › SERGIO AMIGO REGRESA A BUENOS AIRES CON EL REESTRENO DE VENUS Y ADONIS

“Me fui a Londres por Shakespeare”

Amante incondicional de la obra del Bardo, Amigo viajó a Inglaterra a estudiar a Shakespeare y se quedó. Allá dirige un teatro y además da clases en un colegio y en cárceles británicas. Y sus clases son sobre... Shakespeare.

 Por María Daniela Yaccar

“Me fui a Londres por Shakespeare”, dice Sergio Amigo. A juzgar por lo que acaba de mostrar, no exagera: un tatuaje debajo del cuello, con la tinta un poco gastada. Un tatuaje del rostro del dramaturgo y su firma debajo. Además, en esta mañana porteña, Amigo –que es director teatral– luce una remera negra con letras blancas, en la que todos los títulos de las obras de Shakespeare forman su rostro. A principios de este siglo su desazón por la situación de la Argentina y sus ganas de esquivar las traducciones y de leer a su autor predilecto en la lengua original lo llevaron a Londres. Inicialmente el proyecto era instalarse tres meses, pero se quedó. Se sigue quedando. Allá dirige un teatro, junto a otro argentino y dos ingleses, y además da clases, en un colegio y en cárceles británicas. Sus clases son sobre Shakespeare.

Amigo está de visita en Buenos Aires por el reestreno de Venus y Adonis, que ocurrirá a partir de este domingo a las 19, en el Teatro del Abasto (Humahuaca 3549). Se trata de un unipersonal que protagoniza Bernardo Forteza. Venus y Adonis es el primer texto escrito, en su adolescencia, por Shakespeare, una pieza lírica que aborda el cortejo al que la diosa del amor somete a Adonis. “Es un poema de juventud. No es nada político, trata de las relaciones amorosas, de cómo la diosa del amor se encuentra con un joven muy hermoso y se enamora perdidamente de él. El autor explora el deseo, como siempre. Ella comete el error de sentirse muy segura y de lanzarse: el texto trata de los intentos desesperados de esta pobre mujer, cayendo cada vez más en el desprestigio”, explica Amigo.

Sobre su partida a Londres y el Shakespeare eternizado en su piel, cuenta: “Venía dedicándome a Shakespeare y no lo sabía leer en inglés, no me sentía bien como profesional. A su vez, estaba desilusionado con el país. Allá, enseguida aprendí: me di cuenta de que podía leer las obras completas y gané una cátedra. ¡Era muy loco enseñar Shakespeare a los ingleses! Doy clases en el Morley College, que fue muy prestigioso. Ahí dio clases Virginia Woolf. Cuando pasaron los años, presenté una aplicación para ser ciudadano británico. La ceremonia por mi ciudadanía fue el 23 de abril de 2008. Es el día en que nace y muere Shakespeare. En homenaje, me hice el tatuaje”.

–¿Desde chico le gustaba Shakespeare?

–No, me empezó a gustar de grande. Me entrené como actor en los setenta, en la escuela de Alezzo. Lo estudiamos como a muchos otros autores, pero algo me capturó. Quería saber por qué era el más grande. Es innegable que creó personajes abarcadores e inolvidables, pero estoy más interesado en cómo describe la génesis, el apogeo y la caída de los procesos políticos. Y del deseo.

–¿Cómo es la experiencia del teatro en Londres?

–Se llama Calder Bookshop & Theatre. En la parte de adelante es una librería, donde vendemos textos de teatro, política y filosofía, con orientación marxista. Y atrás tenemos un pequeño teatro de cincuenta localidades. Nuestras obras son siempre políticas. Traducimos Teatro x la Identidad, en conjunción con las Abuelas de Plaza de Mayo, y tenemos grupos de teatro del oprimido. Lo último que hicimos fue un espectáculo sobre fondos buitre, bien didáctico. Está muy bien ubicado, pero cuesta acercar al público. Somos una cooperativa sin fines de lucro. Hay que remar para interesar y producir un debate.

–¿Qué lo hizo quedarse en Londres?

–Fui con una obra y me quedé. Lo primero que me hizo quedar fue mi edad. Tenía, ya, 41. Entonces, pensé: “Aprendo ahora o nunca”. Y era un momento muy difícil en el país. Reinaban la antipolítica, la decepción, el descreimiento. Llegamos a Londres con la obra y decidí quedarme cuando me di cuenta de que podía conseguir una visa como estudiante, aprender el idioma y trabajar. Volví a la Argentina en 2007, ya trabajaba en Londres como actor y profesor, había dirigido algunas cosas y me había dirigido a mí mismo, con una selección de sonetos de Shakespeare en español, que llevé a Turquía, España, India... Cuando volví, en 2007, me encontré con otro país, para mi alegría. El contraste, en siete años, fue notable. Néstor Kirchner me devolvió mi interés por la política. Empecé a pensar qué podía hacer con las herramientas que tenía. Y así se dio mi trabajo con los prisioneros.

–¿Cómo es el trabajo en las cárceles?

–Empecé a trabajar como voluntario durante seis meses y enseguida me dieron un contrato. Es interesante, es intenso. Hacemos un poco de todo, creo mis propios programas. Trato de unir teatro y política. Usamos Shakespeare como training, sobre todo con la palabra. En Inglaterra tenemos niveles muy altos de analfabetismo, entonces jugamos con las palabras y la música de Shakespeare. Tomando a Boal y Freire, lo que intento es democratizar el teatro. La mayoría de mis alumnos son negros o musulmanes. Casi todos, sin excepción, de lo que fue la clase trabajadora.

–¿Cómo surgió volver con Venus y Adonis?

–El actor, Forteza, es mi amigo desde hace siglos. Le propuse este poema porque contábamos con una traducción extraordinaria (de Mariano de Vedia y Mitre). La hicimos en 1999 y en 2000. La traducción es una de las pocas que respeta el original, en la métrica y la rima. La idea era que Forteza hiciera los tres personajes: Venus, Adonis y el narrador, que es Shakespeare. Ahora, tras encontrar un espacio para hacerla, queremos darle otra oportunidad.

–¿Por qué optó por un unipersonal y un espacio casi vacío?

–Usamos un actor, un banco y un atril. En aquella época, por penurias económicas, pero también fue una elección: queríamos poner en primer lugar el valor de la palabra. Había sido por muchos años maltratada en el teatro y hasta despreciada. El texto es primordial. Tenemos que negociar con la resistencia que ese texto nos pone enfrente para que el teatro suceda. Hay que hacer saltar las palabras y lo que hay atrás en la profundidad del texto. Como dicen los ingleses: “From the page to the stage”.

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“¡Es muy loco enseñar Shakespeare a los ingleses!”, reconoce Sergio Amigo.
Imagen: Pablo Piovano
 
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